6 de agosto 2014 - 10:35hs

Apareció el nieto de Estela de Carlotto. La emoción es inevitable casi para cualquier ser humano con un mínimo de sensibilidad. Hoy fue este hombre, ayer fueron otros y, ojalá, mañana sean todos. Los de allá y los de acá.

Pero incluso con la emoción, y la siempre presente incredulidad de que un horror tan inimaginable haya pasado en este país, hay preguntas que quedan flotando: ¿Y los 35 años para atrás? ¿Qué pasa con la vida que vivió ese hombre? ¿Y con la vida de Carlotto? La mujer fue públicamente una militante de la causa, pero siempre viviendo una vida desgarrada por la angustia de no saber qué fue de ese bebé, que se habrá dormido miles y miles de noches con el asesinato de su hija en la cabeza. Con volver a abrazarla, a sentir su olor… Por eso la sensación es ambigua.

La emoción aprieta el pecho. Y las palabras de cada abuela que recupera un nieto son una piña en la cara para todos. Para todos los que permitieron que esto pasara, para todos los que de alguna manera fueron parte. Y para todos los que hoy siguen trancando las posibilidades de investigar, de buscar, de saber.

Esta es una alegría triste. Porque la vida robada no se recupera.

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