El Observador | Ricardo Galarza

Por  Ricardo Galarza

Internacionales
10 de diciembre 2021 - 5:01hs

Los tambores de guerra en Ucrania parecen ir bajando poco a poco la intensidad de sus repiques después de la videoconferencia que sostuvieron el martes Joe Biden y Vladimir Putin.

Hasta esa reunión virtual entre los gobernantes de Estados Unidos y Rusia, la escalada retórica iba en un crescendo de consecuencias impredecibles, con acusaciones cruzadas de que Rusia estaba a punto de invadir Ucrania por un lado, y de que Washington y Kiev habían cruzado varias “líneas rojas” del Kremlin por el otro. 

El punto más álgido de la crisis pareció alcanzarse el pasado viernes 3 de diciembre, cuando The Washington Post –otra vez con fuentes anónimas de inteligencia– sacó un extenso reportaje de primera plana donde advertía que Rusia planeaba para el mes de enero una “masiva invasión militar en Ucrania” con la participación de 175 mil efectivos.

Una vez más, el Kremlin negaba la versión. Pero la propia dinámica de lo que a todas luces parecía un ‘brinkmanship’ de Washington, orillaba al gobierno de Putin a responder con sus propias advertencias: a saber, dejar de cruzar las mencionadas “líneas rojas”, como seguir incumpliendo los Acuerdos de Minsk entre Kiev y el Donbass, que Occidente siga armando a Ucrania y empujando las fronteras de la OTAN, o que buques de guerra de Estados Unidos y la OTAN continúen navegando por el Mar Negro. Esto último, si se me permite la analogía, es como si barcos de guerra de la armada rusa estuvieran constantemente navegando por el Golf de México.

Como sea, la situación parecía insostenible. El solo hecho de que se estuviera hablando con esa ligereza de guerra otra vez en el corazón de Europa, aparecía como un acto de irresponsabilidad imperdonable.

Pero en el subtexto uno, más o menos, ya sabía de qué se trataba todo esto. Washington hacía meses que venía dejando claro ante sus aliados europeos (en tono más o menos duro, según la ocasión) que se oponía tajantemente al megagasoducto Nord Stream 2 entre Rusia y Alemania. Un reclamo insistente del gobierno Biden al que la entonces canciller alemana Angela Merkel había hecho caso omiso; al punto de que el proyecto ya está terminado y solo aguarda la certificación del ente regulador alemán para que la gasera rusa Gazprom empiece a bombear directo desde Ust-Luga, en Leningrado, por el fondo del Báltico, hasta Greifswald, al noreste de Alemania.

Ahora, con la era Merkel apenas concluida y la toma de posesión el miércoles pasado del gobierno de coalición encabezado por el nuevo canciller Olaf Scholz, podría suceder que la certificación del Nord Stream 2 no llegue nunca. Y no tanto por las presiones de Washington, sino más bien por Los Verdes (del partido ecologista), que integran el flamante Ejecutivo de Scholz y que también siempre se han opuesto al proyecto. 

En todo caso, las negociaciones en Alemania para la certificación o no del gasoducto, llevarán unos cuantos meses. Lo que ha dejado a Putin y a Biden un poco haciendo boxeo de sombra en Ucrania. 

Según lo que ha trascendido de una y otra parte, en la videoconferencia del martes, Putin culpó a la OTAN de las tensiones por estar armando a Ucrania y desplegando armamento en su frontera, y pidió garantías legales de que la alianza atlántica no se extenderá a su vecino país.

La versión de la Casa Blanca afirma que Biden dijo no poder ofrecer tales garantías; pero Yuri Ushakov, vocero de la Cancillería rusa, aseguró en rueda de prensa que luego Biden había prometido que hablaría al respecto con los demás líderes de la OTAN. Algo que el propio mandatario norteamericano pareció confirmar el miércoles, cuando en la Rosaleda de la Casa Blanca dijo a los medios que esperaba anunciar este viernes una reunión OTAN-Rusia “para conversar de las preocupaciones que Rusia tiene sobre la OTAN” y calmar un poco las aguas en lo que llamó “el frente del Este”. 

En la misma comparecencia, Biden aseguró –como ya había adelantado The New York Times– que le había advertido a Putin de “severas sanciones económicas y de otra índole” si invadía Ucrania.      

Sin anunciarlo directamente, Washington había dejado filtrar a la prensa las últimas semanas que podría excluir a Rusia del sistema financiero internacional (SWIFT, por sus siglas en inglés). Esto sería un golpe demoledor para el país euroasiático, que entre otras cosas, ya no tendría manera establecida ni de cobrar sus exportaciones. Y la Casa Blanca tiene el poder de hacerlo de un plumazo. Sin embargo, tengo para mí que es algo que Washington se reserva por si en algún momento Alemania certifica y finalmente se echa a andar el Nord Stream 2. No tanto por las tensiones con Ucrania –que es solo un peón en todo esto–, mientras no haya allí una invasión directa de tropas rusas, que yo creo que, de todos modos, nunca iba a ocurrir ni ocurrirá.

Al mismo tiempo, en rueda de prensa tras la reunión virtual del martes, el consejero de Seguridad Nacional, Jake Sullivan, dejó entrever que Washington estaría dispuesto a conversar las “preocupaciones estratégicas” de Rusia.

Así pues, todo apunta a una solución salomónica en la mesa de negociaciones: no habrá OTAN en Ucrania, al menos por ahora, pero tampoco Nord Stream 2 llevando gas a Europa. Lo que diga Ucrania importa poco. Pero habrá que ver en unos meses si Alemania tiene algo que decir al respecto.

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