2 de julio 2023 - 3:52hs

Hay un Piriápolis alternativo, que en realidad no existe pero se puede aprender a querer fácil: el que crea y encierra la trilogía de Puerto Vírgenes, un proyecto que el escritor y publicista Claudio Invernizzi (66) cerró hace algunas semanas con la publicación de su última parte, Algo tan luminoso como una derrota. Invernizzi sueña con ese Piriápolis que se cruza con el de su infancia y en la última novela, a caballo del protagonista Sergio Arrantes y una serie de proyectos e ideales que retoman la figura de Artigas y el Federalismo, lo lleva hasta el 2050. Sí, al futuro. Y es curioso: escribió sobre hipervigilancia y problemas con el agua, y la realidad se le estampó en la cara días después de que el libro llegar a librerías. Él pide medio en broma, medio en serio, que el lector tenga en cuenta los procesos de los libros: su distopía no debió pasar a ser así de real tan rápido. Pero en algún sentido pasó.

Hombre de vidas varias, a Invernizzi el pasado lo atraviesa en la literatura y también ahora: mientras está sentado, hablando en su oficina repleta de libros, evocando la casa abierta de sus padres; mientras pasa de su escritura a su trabajo, del período en el que estuvo preso durante la dictadura, a lo que siente hoy tras la filtración de los Archivos del Terror; de la figura de un prócer que lo convence, a su historial como asesor publicitario de Tabaré Vázquez, con quien ganó, y Daniel Martínez, con quien perdió. Todo eso es Invernizzi, todo ese pasado, esa memoria. Ese hombre largo, de pelos grises, habla pausada y risa ancha. Todo lo que sigue, también.

¿Cuándo fue la primera vez que identificaste que la comunicación era un campo en el que te podías mover cómodamente?

Nunca racionalicé mis primeros actos de comunicación, pero recuerdo perfectamente la necesidad, que hoy veo como un estímulo que me dejó la ausencia, de escribir acerca de un perro, que mis padres, creo que con muy buen criterio, habían decidido regalar. Yo lo había encontrado abajo de un puente y lo había sentido muy propio, pero ya había perros y gatos en casa, por lo cual, a través de una historia probablemente fantasiosa y fabulada, me convencieron de que lo largara. Yo tenía siete años y escribí pensando en mis padres, y con la plena convicción de que mi tristeza los iba a mortificar. Quiere decir que había entendido todo: ellos tenían que pagar su parte en toda esa historia, y en el acto algo espontáneo de sentarme a escribir ya aparecía mi parte literaria. Pero mi parte comunicadora también, porque sabía cuál era el objetivo y el propósito de esa granada que estaba tirando, lo que quería lograr. Todo lo pensé posteriormente, claro, pero de todas maneras creo que había cosas que estaban muy apegadas a mi cotidianidad, como la literatura, la cultura en general.

Más noticias

¿Recordás cómo era la biblioteca de la casa de tu infancia?

Era una biblioteca muy caótica, grande, con muchos libros de arte, de poesía, de autores conocidos e ignotos. Había muchas novelas de la colección Séptimo círculo, algo de ciencia ficción, muchos clásicos. No demasiada literatura política, pero la había, y aunque había un orden presumido, siempre estaba en desorden porque era una biblioteca en actividad, muy usada. Tenía muchos libros prestados y muchísimos libros no devueltos. Yo me abalancé sobre esa biblioteca después de salir de la cana. No fui un lector hasta los 18 años. Habría leído dos, tres, cuatro libros. A partir de los 18 o 19 años, estando preso, me transformé en un lector voraz. E hice un aprovechamiento de esa biblioteca que había desaprovechado durante tanto tiempo, y de la qu ahora queda parcialmente en casa. Hicimos una distribución de la biblioteca entre amigos que ya se habían apropiado de los libros, que sentimos que era el camino natural que tenía que tener. También ha tenido un refreshing, digamos, por los libros que se han ido agregando. Las bibliotecas siempre han ejercido una particular atracción sobre mí. Cuando visito casas hay dos lugares inevitables a los que voy: la biblioteca, si es que la hay, y la heladera, si es que me dejan acceder a cocina. 

¿Abrís heladeras ajenas?

Sí, es una costumbre, un hábito de la infancia. Ahora me he vuelto un poco más pudoroso, pero no perdono mucho. Digo "a ver qué tenés por acá", y son como palabras mágicas. También me arrimo a ver cuadros, aunque cada vez hay menos en las casas. Toda la vida fui mal dibujante y por lo tanto no intenté ser pintor, pero soy un seguidor, soy un tipo que disfruta del arte, a mi sensibilidad la siento muy cercana a las artes plásticas.

Foto: Leonardo Carreño.

¿Y esa sensibilidad la rastreas a tu padre? (Ndr: Invernizzi es hijo del artista plástico José Luis «Tola» Invernizzi)

Sí. Tengo una sensibilidad vinculada a mi padre, pero a mi madre también. En mi familia la arquitectura ha sido todo un tema, lo sigue siendo hasta el día de hoy. Uno de mis hijos está terminando la carrera, mi sobrino es arquitecto, mi vieja fue arquitecta, así que es un tema en el que además de todo me siento un compulsivo espía. Espío heladera, bibliotecas, cuadros, pero también fachadas de casas, plantas de casas. Son intereses. Y lo vinculo también con la casa de mi infancia, que era una de muchísima diversidad en el sentido de que era muy habitada. Era efectivamente de puertas abiertas. Hubo 40 años en los que no se supo dónde estaba la llave de la puerta. La gente entraba, salía, se quedaba en verano. Y entre ellos había gente muy vinculada a literatura, muy amigos del viejo, vinculados a la pintura, a la música. El viejo era muy convocante, y la vieja estabilizaba la familia. Mi madre era una muy buena anfitriona y trataba de mantener en orden aquellos tumultos que se generaban. La diversidad que había era fenomenal porque no era una casa de elitismos. Se hablaba de fútbol, de paredes bien hechas o mal hechas, de ladrillos que no habían salido buenos, de libros que se habían editado, de muestra que se habían hecho, de películas recientes o viejas, y todo el mundo participaba. 

Es curioso que mencionaras hace un rato que no fue hasta después de la cárcel que te refugiaste en la palabra escrita. Al mismo tiempo, lo que te llevó a estar preso, en algún punto, también fue eso: la escritura. Te agarraron pintando un graffiti contra la dictadura en Piriápolis.

Sí. La palabra para mí ha sido protectora, salvadora. Leí hace poco a alguien que citó a Ray Bradbury, y él decía "hay que vivir borracho de escritura para que la realidad no te destruya". Yo he vivido borracho de lectura y de escritura. A mí la realidad nunca intentó destruirme, ni cuando era niño, ni cuando era un preadolescente... 

¿Ni siquiera cuando estuviste preso?

Bueno, ahí yo me refugié en la palabra. Fueron mis años de lectura. Ahí me transformé en un lector de poesía, en un pésimo escritor de poesía, y creo que recuperé los años perdidos. No podía acceder a toda la literatura que quería porque no la había y porque los libros entraban o no dependiendo del antojo del censor. Pero la cárcel era un lugar muy estimulante para la palabra, también para la conversación. La conversación te envuelve, te protege, y yo lo vivía de esa manera. Y fue una inmersión acelerada en la lectura, que luego me proyectó hacia la biblioteca de mi casa. Y así fue el resto de mi vida. Pensé en un momento que nunca iba a leer todo lo que había leído estando preso, pero ya lo he superado con creces, por suerte. 

El último tomo de la trilogía de Puerto Vírgenes, Algo tan luminoso como una derrota, se mete en el futuro: llega al año 2050. Y plantea una discusión por el agua que insólitamente tiene mucho eco por estos días. 

Pero qué cosa absurda, ¿no? Cada vez que quería pensar en la perspectiva científica y tecnológica, y me inspiraba investigando y estudiando, cuando llegaba a escribir algo a propósito de ese futuro, ya estaba sucediendo. Entonces, simplemente tiré algunos adornos en el 2050 e hice que el personaje fuera a hacer a los mandados en un rosillo, porque en realidad creo que parte de la ficción y de la fantasía no está en la perspectiva distópica con la que se maneja el futuro, sino en la necesidad de algunos regresos a lo natural. Fijate si estaremos en tema con cosas que yo trato en la novela para 2050: la hipervigilancia ya está y estuvo aconteciendo, se publican archivos de cuestiones que me niego a llamar de inteligencia porque no lo son (Ndr: en referencia a los Archivos del Terror de la dictadura), ¡y el agua! Me siento violentado por la realidad, porque me achica el margen de ficción. Me hace sufrir, le quita margen a la creación, ¿no? Y me hace aclarar que no fue inspirado por esta situación (risas). La verdad es que me divertí mucho imaginando a Puerto Vírgenes en el 2050. Disfruté mucho escribiendo. En general lo hago. Me pongo tenso cuando termino, porque vienen las etapas más duras. La etapa de la tijera, la etapa de sacar. La etapa más burocrática. La etapa de cómo pude ser tan pelotudo de haber escrito esto. Y la necesidad del tiempo como gestor del buen trabajo. 

Foto: Leonardo Carreño.

El libro tiene a la figura de Artigas en el centro y a una idea de Neofederalismo que reúne a los personajes. ¿Hubo muchas lecturas sobre el tema en el camino?

Sí, muchas. Toda mi vida compré el mito de Artigas y lo sigo comprando. Es un personaje que me conmueve, que me convence. Pero curiosamente, en este libro no lo abordo desde el mito. Creo que en algún punto incluso me río de todo eso, como me río también de otra cosa que me ha apasionado y es la política. No solo me río: me duele, la descreo, la cuestiono.

Justamente, sobre el final el protagonista se lleva una desilusión con la política y en ese momento la novela es muy crítica con el poder. ¿Eso parte de algún mal sabor de boca que te dejó tu vínculo con ese mundo?

Mirá, siempre fui un militante y lo sigo siendo. Yo no me acerqué a la comunicación política por ser un hombre del marketing político. Yo era un creativo publicitario que se acercó por militante. Me fue bien y me fue mal, como sucede con estas cosas. Hoy sigo con el bicho picándome por dentro, pero naturalmente no descubro nada sobre la política en esta novela, ¿no? Sobre sus mezquindades o incluso sus bondades, acerca de la piedad o del infierno. Escribí sobre lo que escribimos todo el tiempo, pero le puse personajes. Son personajes que disfruto mucho escribirlos, cuando los describo, y a veces me pierdo en ellos y se nota, pero que se joda el lector. Que aprenda a disfrutarlos también o que cierre el libro y no lo lea (risas). Y el periplo del personaje principal es casi una metáfora artiguista. El libro no cuestiona a los traidores, habla de ellos y se cuida mucho cuando habla de las traiciones. Tampoco queda muy claro a quién le asiste la razón en esta historia. Lo que hago es hablar de la gran inestabilidad afectiva de la política, aunque no sea un libro político, y de la gran inestabilidad afectiva en las relaciones de los hombres y las mujeres.

¿No hay más espacio para la actividad política en tu vida al margen de la militancia?

La verdad es que creo que hay gente que lo está haciendo muy bien. Una campaña política es un sacudón, es una tormenta para la cual nunca se está preparado del todo. A veces ni los candidatos saben lo que les espera. Creo que solo se mantienen parados porque navegan sobre su propia adrenalina y así llegan al final. Como te decía: hoy hay gente que se ha preparado específicamente para eso y lo está haciendo muy bien. Y yo me corro. Es muy probable que alguna ramita arrime al fuego, porque me nace y porque me van a llamar, y yo me voy a poner nervioso y no me voy a poder contener. Pero no está en mi proyecto de vida involucrarme a fondo en una campaña otra vez.

Volviendo a Puerto Vírgenes, ¿cuál es el Piriápolis que refleja?

Puerto Vírgenes es un espejo roto donde se refleja un Piriápolis que ya no existe, digamos. O que tal vez no exista más que en estos libros. Yo he declarado muchas veces mi amor por ese lugar, y esta fue una forma de hablar de él sin acotar mi marco de creación.  Hubo un comentario creo que sobre el segundo tomo de Puerto Vírgenes que decía que se sentía un agotamiento  en la creación de espacios literarios, de las ciudades literarias, que lo había agotado el Boom. En realidad eso pertenece a la literatura en general, a Dostoievski, a Faulkner. A mí lo que más me gusta es la idea de que la gente que la gente busque asociaciones, porque es parte de la comprensión, parte del llamado a la acción que vos hacés como escritor. Pero yo no quiero que Piriápolis se transforme en Puerto Vírgenes de ninguna manera.

Foto: Leonardo Carreño.

A pesar de la mencionada idea del futuro, el pasado y su peso en la vida de las personas es un tema transversal a las tres novelas de la trilogía. ¿Qué lugar tiene la reflexión sobre el pasado en tu día a día? ¿Cómo te vinculás con él?

Al principio de esta novela hay tres citas a modo de epígrafe, una de ellas de Constantino Cavafis, que es un poeta impresionante. Él explica, plagiando al maestro Tabárez, que lo importante no fue llegar a Ítaca, sino hacer el viaje. Creo que no es el pasado lo que me llama una y otra vez, sino el viaje que lleva hasta él. Fijate que en mi vida diaria, tal vez porque tengo hijos muy jóvenes, o porque mi propia actividad profesional me lo exige, estoy obligado a la contemporaneidad, a la cotidianidad. Sobre todo para no perder pie, porque la publicidad es moda. Y la tecnología me hace vivir más en el futuro que en el pasado. Sin embargo, el día que te quedas sin viaje, te quedas sin nada. El viaje te mantiene el movimiento; el pasado es algo que ya fue. Ahora, el pasado es hijo de algunas reflexiones que en esta novela aparecen. No spoileo si digo que esta historia arranca con los viejos de siempre, de más de 90 años, pero también con un amigo que está desahuciado, al que le quedan pocos meses de vida, pero todos ellos son capaces de pensar 25 años más adelante. Y yo quería escribir sobre eso: sobre cómo la especie y los individuos somos capaces de trascendernos a nosotros mismos a través de cosas que jamás vamos a ver. ¿Con qué tiene que ver eso? ¿Con una idea de la inmortalidad? ¿Con un acto de generosidad? ¿Con un acto de egoísmo? ¿Por qué quiero dejar fijada mi huella? Creo que en realidad tiene que ver con el instinto de supervivencia de la especie que también se traslada a los individuos. La idea, la necesidad, el instinto de trascendencia. 

Hoy en Uruguay, además, tenemos el pasado encima y pareciera que nos está hablando. De la polémica con la simbología del águila del Graf Spee, de lo que escribiste en tu Twitter, hasta el hallazgo de más restos de detenidos desaparecidos a 50 años del golpe de Estado. Estamos viviendo ese pasado, discutiéndolo, es parte de lo que somos.

Sí, y eso pasa porque, entre otras cosas, lo que sucede en el viaje no queda en el viaje. La memoria es insoslayable en todos los planos. Lo que queda son las señales de lo que sucedió y sobre eso se hacen las autopsias, y es una referencia al simbolismo del águila o a otros simbolismos que están por allí. Creo en los símbolos, creo en las señales, creo que tienen que formar parte. Me siento tentado, pero no quiero hacerlo, a hablar de los Archivos del Terror, y no quiero hacerlo porque es un tema tremendamente delicado.

¿Tentado en qué sentido?

Parte de mi historia, la de mi familia, de mis amigos y de mis compañeros están ahí. 

Esos archivos también son otra muestra de ese pasado que habla.

Claro, ¿viste? Es brutal, es una cosa... Y está apareciendo porque no quisieron que apareciera antes, está apareciendo lo que debía haber aparecido en el año 85. Y ahí yo tengo mi posición formada, naturalmente, y es que la memoria es clave. La verdad es insoslayable para sostener la memoria. Y creo que la justicia es la única manera de que la verdad y que la memoria se sostengan por un larguísimo tiempo para que nunca más vuelva a suceder lo que sucedió. Si todo esto se hubiera hecho antes... Esto no termina de cerrar. Justamente por eso es memoria: porque nunca termina de cerrar.

Temas:

Claudio Invernizzi libros Member

Seguí leyendo

Te Puede Interesar

Más noticias de Argentina

Más noticias de España

Más noticias de Estados Unidos