24 de febrero de 2022 5:02 hs

Nació en 2003 en San Francisco, California y se crio con su progenitora y su abuela en el exclusivo barrio de Sea Cliff, donde fue una estudiante estrella de la San Francisco University High School (una escuela privada con una matrícula anual de 54.000 dólares) y hace poco fue aceptada con honores por la Universidad de Stanford, entre más de de 2,1 millones de aspirantes en todo el mundo.

A los 3 años comenzó a practicar esquí, y en la adolescencia comenzó su carrera profesional en este deporte, en el que, desde que irrumpió en las competiciones internacionales a los 15 años, ha sido la atleta dominante en las tres modalidades en las que compite. Actual campeona mundial de dos de esas tres categorías, con apenas 18 años, acaba de colgarse dos medallas de oro olímpicas en los Juegos Olímpicos de Invierno que se están disputando en Pekín por estos días. 

Sólo por estos atributos su historia ya sería destacable, pero ocurre que, por encima de todo lo dicho, Eileen Gu ha quedado hoy en medio de una gigantesca batalla geopolítica.   

Desde 2018 y hasta enero de 2019, cuando ganó su primer Mundial Juvenil, Eileen integraba el equipo de los Estados Unidos y sus entrenadores sabían que tenían una gema que podía brillar en los Juegos Olímpicos de Invierno de Pekín en 2022. Pero sólo un mes después, en febrero de 2019, ya aparecía en primera fila de los atletas chinos que posaron con el líder del país, Xi Jinping, en la presentación oficial de los juegos.  

Meses más tarde anunció oficialmente que iba a competir por China en vez de Estados Unidos, argumentando que quería hacer crecer el deporte. “La oportunidad de inspirar a millones de jóvenes durante los Juegos Olímpicos de Invierno Pekín 2022 promocionando el deporte que amo, en la ciudad donde nació mi madre, es única en la vida” publicó en su página de Instagram. “Espero que, por medio de mi pasión por el deporte extremo, pueda mejorar la interacción, el entendimiento y la amistad entre los pueblos de China y Estados Unidos”, agregó luego. 

Odd ANDERSEN / AFP Eileen Gu con una de sus dos medalla de oro ganadas en Pekín

Hija de padre norteamericano y madre china residente en Estados Unidos desde hace más de 30 años, Gu habla mandarín a la perfección y durante toda su vida ha visitado China al menos una vez al año, acompañada de su madre o su abuela. Hoy, a menos de tres años de su inesperado giro, su cara aparece en las campañas publicitarias de las principales empresas chinas, desde la mayor teleoperadora del mundo (China Mobile), a Lukin Coffee (la competencia china de Starbucks), pasando por la tercera mayor marca deportiva del planeta (Anta Sports); y ha figurado recientemente en la portada de las ediciones chinas de “In Style”, “Vogue”, y “Cosmopolitan”. 

Gracias en gran medida a sus más de 20 patrocinadores chinos, hoy Eileen es la tercera deportista con mayores ingresos anuales en el mundo, sólo por detrás de las tenistas Naomi Osaka y Serena Williams. A las marcas referidas, hay que agregar a Red Bull, Estée Lauder, Cadillac, el Banco de China, y varias empresas chinas más. Entretanto en Occidente, a raíz de su penetración en el mercado chino, marcas de lujo como Louis Vuitton, Tiffany’s y Victoria’s Secret también la han contratado como modelo de sus campañas.  

Pero “la Princesa de las Nieves”, como la han bautizado sus más de 4.6 millones de seguidores chinos, no la tiene tan sencilla como luce a primera vista: su inesperado cambio de bandera ha despertado un nuevo frente de proporciones en el conflicto entre las dos superpotencias. Mientras en China la idolatran, muchos estadounidenses la atacan duramente, acusándola de anteponer sus intereses comerciales a de los de su país natal, en el que creció y se formó, y donde continuará su formación en el futuro.  

De momento Gu no concede entrevistas que puedan tener contenido político referido a su país de elección, y hasta ahora ha logrado evitar pronunciarse sobre los temas más sensibles para el gobierno chino, como lo presuntos abusos contra la minoría étnica uigur en Xinjiang o las protestas de Hong Kong. En cambio, sí ha expresado públicamente su apoyo al movimiento Black Lives Matter, y se pronunció en contra de la violencia contra los asiáticos en EE.UU. 

¿Está bien que, habiendo nacido y crecido, y habiéndose formado en los Estados Unidos, decida a último momento representar a China? Nada tiene de criticable que haya elegido el país de origen de su madre como bandera, pero, ¿lo hizo realmente por un sentimiento genuino de pertenencia, o por los beneficios económicos que le traería la elección de su nuevo emblema?  ¿La elección de un emblema olímpico, no implica un respaldo implícito al régimen del país que representa? Ser complaciente con el gobierno chino a cambio de cuantiosos beneficios económicos, y a la vez criticar al gobierno de los Estados Unidos aprovechándose de las libertades que éste le asegura, ¿no pone seriamente en cuestión, desde el punto de vista ético y de los valores que declara promover, la genuinidad de su accionar?

Éstas son algunas de las preguntas qué hoy se discuten en los medios y redes sociales de ambos mundos, que muestran, a nivel de las personas, la dimensión que ha alcanzado el conflicto entre ambas potencias.

Pero independientemente de las respuestas que demos a estas preguntas, hay una última reflexión que me queda dando vueltas en la cabeza: la discusión a la que estamos asistiendo, ¿hubiese cobrado el mismo voltaje si su cambio de bandera hubiera sido en favor de otro país que no respete las libertades democráticas, pero que fuese “amigo” de los Estados Unidos?

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