25 de febrero de 2013 21:32 hs

La decisión de Benedicto XVI de renunciar a ser el guía de la Iglesia –algo que se concretará este jueves a las 8 de la noche– genera perplejidad por lo inédito. Porque es cierto que hubo algunos antecedentes, sí, pero también es real que esas abdicaciones de la Edad Media acontecieron en circunstancias difícilmente comparables.

Y si las circunstancias entre aquellas y esta renuncia las hacen distintas, lo mismo sucede con el contexto: no son pocos los líderes internacionales que, a diferencia de Benedicto XVI, al día de hoy se aferran al poder y se niegan a dar un paso al costado, así estén en peor estado que quien a sus 85 años se dijo “sin fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino”.

Uno de los tantos tuits que circularon ese 11 de febrero se refería a la nobleza de quien decidió cederle las riendas a otro y, tal vez sin quererlo, se convirtió en un ejemplo para todos los que se aferran al poder. “Humildad del papa de reconocer que no tiene fuerzas para ejercer su apostolado y soberbia de Chávez de querer gobernar en el lecho de muerte”, decía ese mensaje, en alusión a un presidente venezolano que desapareció de la escena pública el 10 de diciembre, pero que se resistió a ser dado de baja para que se convocara a unas nuevas elecciones, tal como establece la Constitución de su país. Sí, esa que él mismo ordenó editar en su versión “de bolsillo” para que todos los venezolanos pudieran tener a mano.

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También circuló una viñeta de los hermanos Castro, que ya cuentan con 54 en el gobierno de la isla comunista. “¡Qué bobo, cómo renuncia!”, dice Fidel, de 86 años. Y Raúl, de 81, le contesta “¡Y tan joven!”. No sirve de mucho atenuante el hecho de que el pasado domingo el menor haya anunciado que asumía como presidente por última vez, ya que reveló que su suerte de retiro anticipado le llegará cuando ya esté por los 86 años, después de 59 de su familia en el poder.

Los contraejemplos no son exclusivos de la región y se encuentran igualmente en otras partes del mundo, aunque algunos de ellos cayeron hace relativamente poco. Es el caso de los dictadores de países de Medio Oriente que fueron derrocados por las protestas de la llamada Primavera Árabe: el tunecino Ben Alí tardó unas semanas en caer tras 23 años de autoritarismo y Hosni Mubarak renunció a los 83 años de edad, después de 30 como faraón de Egipto.

Muammar Gadafi, en Libia, llevaba 42 años de arraigo en el poder y se resistió a dejarlo a causa de las protestas. Obstinado hasta el final, no cedió a la intervención de las tropas de la OTAN ni a las más de 50 mil personas que dieron su vida a favor o en contra de él y, así, su ansia de eternizarse lo llevó a la muerte menos deseada: en manos de los rebeldes y de un balazo en la cabeza.

En Siria, Bachar al Asad parece igual de obstinado y, a dos años de que comenzara el movimiento que pide su renuncia, todavía se aferra al cargo, sin ceder ni ante las 70 mil personas que fallecieron en el camino.

De Kim Jong-il se podría decir otro tanto. Era el Líder Supremo de Corea del Norte hasta que un buen día de diciembre de 2011 desapareció. A los dos días sus súbditos se enteraron que había muerto y a los 10 vieron cómo era confirmado como líder nacional su hijo Kim Jong-un, un joven del que no sabían ni su edad.

De todos los de la nómina, el papa es el único que ocupa un cargo vitalicio y que tiene la potestad de quedarse en su lugar hasta morir confortado por los santos sacramentos.
Pero solo él se dio cuenta de que su tarea exige unas fuerzas que ya no puede encontrar y es así el primero que se atreve, displicente con las páginas y páginas con las que el mundo pueda catalogar su decisión, a hacer lo que en conciencia considera que es lo mejor para la institución que dirige.

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