Diego Battiste
Ahora mismo hay más de 300.000 uruguayos que viven en la pobreza, y un número mayor de nuevos pobres, tal vez cerca de un millón, debido al apagón socioeconómico, que tienen dificultades para acceder a lo más básico.
Lo mejor que puede ocurrir, y es lo que se procura en todo el mundo, es que el virus circule lenta pero seguramente, con la menor cantidad posible de saltos. Son los grandes picos los que saturan los servicios médicos y alientan la muerte.
El reinicio de las obras de construcción, desde Punta del Este a Paso de los Toros, contribuirá a difundir el coronavirus, como cualquier actividad. Pero también dará sustento y sentido a la vida de muchas decenas de miles de familias humildes, que dependen de esa industria.
Camilo Dos Santos
Son las empresas y los trabajadores quienes financian los seguros de desempleos y otros planes de sostén social, no los Estados. Los Estados sólo administran y transfieren recursos de un sector a otro, bien o mal; pero los Estados no pueden mantener el tinglado: todo el mundo en casa, sin producción ni servicios.
El inicio de las clases en casi mil escuelas rurales, aunque representan una parte ínfima del alumnado, forma parte de un plan de apertura gradual. Los niños son menos vulnerables, pasarán mejor el contagio y liberarán a sus padres, que están prisioneros en casa.
Los maestros también tendrán que padecer el coronavirus, tarde o temprano, para pasarse al sector de los inmunes.
Claro que habrá enfermos graves, y habrá muertos, tal vez centenares en Uruguay: casi siempre gente mayor a la que el coronavirus dará el último golpe. Pero al cerrar el balance del horror, también se deberán contar los 400 homicidios de cada año, y los 400 muertos por accidentes viales, y otras 32.000 defunciones por toda clase de causas.
Y habrá que hacer un recuento de la caída de los ingresos, los desempleados, las empresas quebradas, las familias en la miseria, las tensiones sicológicas, el endeudamiento del Estado o la fuga de capitales.
Pero, ante todo, habrá que recordar a los 3,5 millones de uruguayos sobrevivientes, y a una humanidad de 8.000 millones de personas que emergerá del encierro, movida como es habitual por sus miedos y esperanzas.
La apertura titubeante, con avances y retrocesos, en procura de un contagio gradual de la sociedad, no es un invento uruguayo. Es el concepto que están aplicando muchos otros gobiernos en el mundo: desde Pekín a Copenhague.
La vida sigue y habrá que ganársela, como siempre. Las personas deberán volver a las aulas, a las obras, a las fábricas, a los comercios, a las oficinas, a los vehículos y a las calles, entre otras cosas para pagar los salarios de los funcionarios, las pasividades, las materias primas, los subsidios a los desempleos, y los planes sociales que sostienen a las legiones de pobres y excluidos.
Volver gradualmente al trabajo, y aceptar el contagio, será la solidaridad de los activos con los pasivos; ya no sólo del personal de la salud, de los servicios esenciales y de los productores y distribuidores de alimentos, como ahora.
En algunos partidos y sindicatos hay obstruccionismo sectario y dogmatismo político: oponerse al gobierno de cualquier forma. Hay un comunicado asombroso del MLN, del lunes 13, que hace como que no fueron gobierno hasta ayer mismo.
Al fin, es probable que le entreguen al nuevo gobierno, aunque haga las cosas más o menos, una gran victoria ante los ojos de la opinión pública, que no aceptará pasivamente caer en masa en la miseria y la desesperación. Porque hay un mañana, y está a la vuelta de la esquina. Y porque en Uruguay los recambios de elites políticas deberían ser asunto habitual y nada trágico.
No es el capitalismo el culpable, como repite un puñado de tontos y fanáticos. Las pestes más mortíferas, que mataron a mayores porcentajes de la población mundial, se produjeron mucho antes de la irrupción del capitalismo.
La peste negra liquidó hasta el 30% de la población de Europa en el siglo XIV. Los problemas con el riego y las magras cosechas a menudo acababan hasta con la mitad de la población de China hace unos cuantos siglos. El coronavirus apenas se ha llevado al 0,000014% de la humanidad, aunque ciertas cifras puedan estar subvaluadas.
Ha sido el capitalismo liberal, precisamente, a pesar de sus limitaciones y porquerías, el que preparó mejor que nunca a la humanidad para bancar sus pestes: más medicinas, más alimentos, más seguros sociales, mejor distribución, más educación.
Cuando el capitalismo comenzó a imponerse en su rincón del mundo, después de las guerras napoleónicas en Europa, la humanidad solo sumaba 1.000 millones de personas. Luego, en apenas dos siglos, se multiplicó por ocho, gracias a la explosión de recursos materiales, libertades y derechos.
A pesar de los pesares, y de nuestros déficits culturales, nunca hubo una menor proporción de seres con hambre en la historia. Muere más gente por obesidad que por hambre; y la alimentación sana es más barata que la comida chatarra.
En todo caso, el problema es que ya hay demasiadas personas en este planeta, con el consiguiente estrés sobre los recursos y los modos de vida.
Es probable que, en el largo plazo, la crisis de coronavirus sea solo un rasguño en la corteza de la historia, al lado de los males infinitamente más mortíferos que diezmarán a la humanidad.