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6 de marzo 2024 - 5:04hs

Duna, el libro de ciencia ficción que el estadounidense Frank Herbert publicó en 1965, tenía fama de inadaptable. Una versión frustrada en la década de 1970 —que no pasó de la etapa de preproducción— y una versión estrenada en 1984 —que pasó a la fama más por algunas decisiones artísticas cuestionables y por ser un entrevero bastante difícil de entender— parecían ser las confirmaciones de esa cualidad.

Hasta que en 2021, y con la dirección del cineasta canadiense Denis Villeneuve, la tendencia se rompió. El estreno de la nueva adaptación rompió el maleficio de la novela, en buena medida por la decisión de partir la historia del libro en dos mitades.

Eso, para una historia tan complicada como la de este mundo de ciencia ficción —donde la religión y la filosofía se entrecruzan con las batallas épicas y las luchas de poder— con conceptos que se plantean sin demasiada explicación y con una mitología propia muy densa, permitió contar la historia con más calma. Así, la primera película tuvo un rol más introductorio, de presentación de personajes, universo y conflicto, y la segunda parte, que se estrenó el pasado jueves, va de forma más directa a los bifes.

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Duna: parte dos, retoma la saga del posible mesías galáctico en busca de venganza, Paul Atreides (Timothée Chalamet), directamente donde la dejó su antecesora. Como puntos a favor, esta segunda parte incrementa la acción y espectacularidad, con muy buenas y creativas secuencias de batalla, y un tono de epopeya que calza como anillo al dedo a esta historia.

Si bien la primera parte ya lo tenía, acá se nota no solo el incremento de presupuesto, sino también la mayor confianza del director para contar esta historia, con un despliegue visual y sonoro alucinante. Los parlantes llegan al límite de su potencia por momentos, y hay distintos pasajes de la película que logran generar una magia particular como solo lo puede hacer el mejor cine, incluyendo una escena al principio con soldados que flotan por el aire, y una secuencia de lucha de gladiadores que ocurre en un planeta donde todo queda pintado de blanco y negro.

Más allá del impacto audiovisual, Dune tiene como otro destaque el trabajo global de su elenco. A los nombres que ya vienen de la primera entrega (Zendaya, Josh Brolin, Rebecca Ferguson, Javier Bardem –que sin dudas la pasó bomba– y Stellan Skarsgard), se suman otras altas de peso como Christopher Walken, Lea Seydoux y otras dos figuras juveniles de Hollywood, Florence Pugh y Austin Butler. A pesar de reunir a tanta figura, todos tienen su destaque y cumplen sus roles con buena nota.

Lo que separa a esta versión de Duna de la posibilidad de aspirar a la calificación de “excelente” son sus problemas de ritmo. El problema no es su duración, de dos horas y 45 minutos, porque una película puede ser larga y no sentirse como tal. De hecho, el primer tramo de la película va sobre ruedas, con agilidad y llevando al espectador de la mano.

Sin embargo, una vez que toca encaminar el final la historia pisa el acelerador en exceso, se resuelven algunas cuestiones y duelos que acaban de ser planteados de forma muy rápida, y por lo tanto de una forma que pierde importancia y peso. Y al mismo tiempo, se hace todo un poco más pesado.

Esos reparos, de todos modos, no eclipsan que en cuanto a las películas “grandes” de Hollywood, es de lo mejor que se ha generado en los últimos años, además de ser una rara avis en cuanto a los blockbusters, más cerebral y cargado a nivel temático que otras películas taquilleras del estilo. Dado el pedigrí y el perfil de su director, responsable de películas como Sicario, Incendios y La llegada, y de tener caras conocidas en su elenco, la película logró atraer a un público más cinéfilo junto a los que van a comer pop y disfrutar del espectáculo.

Ese éxito seguramente le garantice un futuro a la saga Dune en Hollywood (hay otros cinco libros escritos por Herbert, además de infinidad de secuelas y precuelas hechas por su hijo). Más allá de los reparos que se puedan hacer, y de que es –como pasa con otras obras de Villeneuve– algo fría y distante, esta película es tan sólida como la piel de los gusanos gigantes que recorren las arenas de Arrakis, el planeta desértico donde se ambienta principalmente esta historia. Todo un logro que, además, y a pesar de que todavía falta un año para ello, tiene altas chances de pelear por varios Oscars en 2025.

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