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La vida de Navascués: conoció al Manco, jugó de 9, se angustió por su hermano en dictadura y trabajó con Lacalle

Jugó de 9 con el padre del presidente de la AUF, estuvo en una cena con Spencer en la sede de Nacional, le gustaba leer a Dostoievski, aprendió cine con los westerns, se angustió por su hermano en dictadura y trabajó con Lacalle: la vida de Navascués

Hernán Navascués es un pedazo de historia en Nacional

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04 de abril de 2021 a las 05:03

Cuando era niño, conoció al Manco Castro, jugó de número 9 en Central de Minas y compartió equipo con el padre del presidente de la Asociación Uruguaya de Fútbol, Ignacio Alonso. Viviendo en Salto, a los 7 años se hizo hincha de Nacional porque escuchó que todo el Estadio Dickinson gritaba “Atilio, Atilio”, por el legendario Atilio García. Estuvo con glorias de Peñarol como Juan Eduardo Hohberg y Alberto Spencer en una comida en la propia sede tricolor. Aprendió a querer los westerns gracias al cine, le gustaba leer a Dostoievski, se angustió unas horas por su hermano en la dictadura y estaba en el estudio de Luis Lacalle el día que comentó que había recibido tres botellas de vino que luego se supieron que tenían veneno y mataron a la esposa de Mario Heber. También le entregó la medalla de los 30 años de socio de Nacional al actual presidente de la República, Luis Lacalle Pou, a quien conoció de niño cuando, en aquellos años duros que vivió el país, se encontraba con su padre casi a escondidas.

La historia de Hernán Navascués va mucho más allá de Nacional, su gran amor y pasión, club que lo homenajeó en octubre de 2019 cuando festejó sus 80 años.

Nació en Durazno, pero por el trabajo de su padre que vendía lubricantes para Ancap, tuvo una niñez muy nómade. A los 2 años vino a Montevideo, luego se fue a Mercedes, Salto y Minas. “Nos acostumbramos bien, fue una niñez muy feliz”, dijo Navascués, contento porque se vacunó contra el covid-19 unos días antes de la charla con Referí.

Su padre era hincha de Nacional, pero no le inculcó que lo fuera. Tenía dos hermanos, el menor ya fallecido, y todos fueron de Nacional.

“Jugábamos al fútbol con pelota de trapo en el interior. El otro entretenimiento eran las matiné de los cines con cuatro películas. Íbamos a la escuela, pero a su vez, el fin de semana, estaba el cine y las ruedas de amigos, los picados, también jugábamos al básquetbol y había muchas plazas de deportes”, recuerda el exdelegado de Nacional.

De joven, al exdelegado tricolor le gustaba leer a Dostoievski

El relleno de la pelota lo hacían con mucho papel de diario y eso se envolvía con varias medias. Navascués dice que “muchos entienden que el pisador. aprendía primero con la pelota de trapo”.

Eran tiempos que tener una pelota de cuero era muy caro. Entonces hacían una colecta para comprar la número 3 y con el tiempo, vendían rifas para poder comprarse la número 5 que era la de mayor tamaño. Tanto él como sus amigos la cuidaban como si fuera de oro.

“Había que engrasarla por el lado de los tientos y también para que el cuero se conservara”, explicó.

Además, cuenta que cuando entraban a la cancha, le gustaba “jugar de 9". "En mi pretensión de ser centrofóbal, advertí con el tiempo que grandes errores que cometen los delanteros, es pegarle fuerte porque se le va por arriba. Si están solos, es solo tocarla para que sea gol”, explicó.

Dice que su familia era “de clase media típica, quizás a fin de mes disminuía un poco la comida, o lo que comíamos era más barato”.

Respecto a cómo jugaba, dice: “Queda mal que lo diga, pero tenía cierta intuición para meter goles, me jugaba mucho al error del defensa, siempre pensando que la pelota podía pasar aunque parecía que no”.

Llegó a jugar en la Tercera división de Central de Minas. El padre del actual presidente de AUF, Alonso, que es cuatro años mayor que él, llegó a jugar con su hermano y también con él en algún partido. “Aún lo recuerdo: el Colorado Alonso”.

En Minas conoció al padre del expresidente de Peñarol, Jorge Barrera, Juan Carlos Barrera, quien era hincha de Nacional.

Conoció a Juan Ramón Orlandi en esa misma ciudad, de quien fue muy amigo y lo dejó en su casa, minutos antes de morir. “Fui el último que estuvo con él después de un partido entre Nacional y Rampla que ganamos con un gol de Ruben Sosa. Me llevó a casa y cuando llegó a la suya, falleció. Había venido a jugar a Montevideo en Bella Vista y nos hicimos muy amigos. Antes de cumplir los 18, debutó en Nacional, con la delantera de Luis Ernesto “Mandrake” Castro, Walter Gómez, Atilio García, José García y Orlandi. Fue campeón uruguayo en 1946 y 1947, y cuando Nacional se encaminaba hacia otro título, el torneo de 1948 se suspendió por la huelga. Orlandi quedó fuera de Maracaná porque se lesionó una semana antes”, recuerda.

Uno de los clásicos que más recuerda Navascués fue cuando Martino le hizo tres goles a Peñarol

El otro gran entretenimiento en el interior era la radio y allí escuchaba a Carlos Solé.

Cuando niño, en verano viajaba hasta la capital a las casas de sus tíos y veían muchos partidos como ocurrió con la Copa del Atlántico en 1947 contra River argentino, que tenía arriba a Di Stéfano, Moreno, Loustau, Pipo Rossi, gran parte de lo que fue La Máquina de River. En Nacional ese día jugaron, entre otros, Walter Gómez, Schubert Gambetta, Aníbal Paz y Raúl Pini. Atilio no pudo jugar. Esa copa la ganó Nacional al vencer 5-4.

En 1947 en el Parque Dickinson de Salto fue a ver a Nacional con su padre. Tenía siete años y le sorprendió muchísimo que todo el estadio gritara “¡Atilio, Atilio, Atilio!” “y yo empecé a gritar también”. Era por Atilio García. “Él entró, bajó la cabeza y cruzó los brazos”, recordó Navascués. “A partir de ahí me hice hincha de Nacional”, agrega.

En 1965 en un clásico en la América estaba en la tribuna y cuando llegó Atilio, la gente se paró para gritarle, como recibiendo a un ídolo. Terminó 1-1 goles de Luis Ramos y Spencer.

Admite que la de Atilio García fue “una idolatría irrepetible. Claro, su figura se desdibuja para las generaciones que no lo vieron”.

Según comenta, Atilio estuvo muchas veces en la sede de Peñarol, lo invitaban a pasar, “era otra época y el fanatismo no llegaba a ver a un rival que hay que despreciar como puede suceder hoy. Me lo comentó (Luis) Latorre, delegado en la época de Cataldi. Contaba episodios, clásicos y Latorre dice que muchas veces caminó con Atilio por la calle. Atilio habiendo sido un gladiador como fue, no generó resistencia”.

Dice que también vio a Juan Eduardo Hohberg y a Spencer en la sede de Nacional en una comida. “Hoy es distinto porque las redes sociales provocan una agresividad que llevan a que la gente mantenga distancia”.

Sin embargo, “la muerte del Morro (García), mostró lo contrario con hinchas de Peñarol que expresaron su solidaridad y fueron al sepelio”.

El Manco Castro, Dostoievski y los westerns

Pocos grandes ha tenido Nacional en su historia como Héctor "Manco" Castro, ganador de tres Uruguayos como jugador y seis como técnico, incluyendo el quinquenio tricolor. Más allá de lo que significó para la selección nacional al conseguir los títulos de los Juegos Olímpicos de 1928, el Campeonato del Mundo de 1930 y las Copas América de 1926 y 1935.

“Al Manco Castro lo conocí porque un íntimo amigo de mi padre era amigo suyo y me llevó a hablar con él. Con su mano hábil sacaba la cajilla de cigarrillos, y con el brazo del muñón apretaba la cajilla, se ayudaba para sostener la cajilla contra su cintura, sacaba el cigarrillo y lo prendía. En ese momento ir a conocer al Manco Castro era conocer poco menos que a un Dios, porque era de la generación de los campeones olímpicos y del mundo. Fue por 1955. Él había sido técnico del quinquenio de Nacional y había ganado la Copa Montevideo cuando volvió en 1953. (Héctor) Rial -exjugador tricolor y gloria de Real Madrid- dijo en El Gráfico que el Manco era el mejor técnico que había tenido: ‘Ese uruguayo sabía una barbaridad’”, explica Navascués.

Navascués recordó otros tiempos cuando Abbadie y Spencer fueron a cenar a la sede de Nacional siendo jugadores de Peñarol

La anécdota con el Manco sigue viva en su memoria y no es para menos. “Me preguntó si jugaba y de qué jugaba y le dije que pretendía ser centrofóbal y él justo había jugado tanto de entreala como de centrofóbal. Cuando nos despedimos, me acarició la cabeza”.

Los recuerdos vívidos del Manco fluyen. Si bien no lo vio jugar, es de los historiadores del club y sabe que “cuando hizo los tres goles a Peñarol en el Uruguayo de 1933 que terminó en noviembre de 1934, empezó como entreala y pasó de centrofóbal. Ciocca le dijo ‘vamos a cambiar de posición porque yo soy más joven y puedo correr más. El Manco había hecho un gol, estaba 2-1 abajo, e hizo dos goles más para la victoria por 3-2. Era un fútbol más romántico”.

Leía mucho El Gráfico y comenzó a hacerlo cuando apareció Walter Gómez por primera vez en la tapa y por eso se hizo hincha de River argentino.

En su casa había una gran biblioteca y el gran entretenimiento era leer. “Me gustaba mucho Dostoievski, y leía ‘El príncipe idiota’, ‘Los hermanos Karamasov’ y ‘Crimen y castigo’”.

Iba mucho al cine y “con el tiempo aprendí a apreciar el western, no me gustaban tanto antes. Los grandes maestros del cine salieron de allí como John Ford. Tan es así que Orson Welles lo destacaba. ‘La diligencia’, ‘Un tiro en la noche’, con John Wayne y James Stewart, fueron películas notables. John Ford fue un gran maestro del cine. También estaban los italianos con Vittorio de Sica, Fellini y Visconti quienes fueron grandes maestros”.

Asimismo, películas como “A la hora señalada” o “El tren de las 3:10 a Yuma”, dice que las debe haber visto 12 veces.

Los ídolos: Atilio, Walter Gómez y muchos más

A partir de 1949, con su padre venían los fines de semana a Montevideo y veían tanto a Nacional como a Peñarol.

La primera delantera que vio de Peñarol fue nada menos que La Escuadrilla de la Muerte con Ghiggia, Hohberg, Míguez, Schiaffino y Vidal. Aunque recuerda que “aún con esa gran delantera, los tres primeros clásicos que vi, los ganó Nacional”.

Su primer clásico que vio personalmente y en el Centenario fue en Nochebuena, el 24 de diciembre de 1950 que ganó Nacional 2-0 con dos goles de José García y se llevó el Uruguayo.

El primer clásico que vio perder a su equipo de toda la vida, fue en 1956, que ganó Peñarol 3-1 con dos goles de Hohberg y uno de Montaño y el de Nacional de Juan Ángel Romero.

“Vi los tres goles de (Rinaldo) Martino para ganar 3-2 el clásico en lo que para mí fue la mejor actuación individual que vi en mi vida, el 6 de enero de 1952 por el Uruguayo de 1951. Terminó el partido y Schiaffino lo fue a saludar y lo felicitó”, dice con una memoria espectacular.

En vísperas de la final de la Copa 1964, Sanfilippo se fracturó en un amistoso ante Vasco Da Gama. “Ahí va un recuerdo a un gran amigo del fútbol, gran jugador y técnico, que fue Mariolo Bergara. Leo Horn le anuló un gol en la final contra Independiente. Con el tiempo Grondona dijo que Independiente le había pagado a Horn en un audio que salió a luz hace poco”.

Atilio García junto a Schubert Gambetta

A la hora de hablar de un ídolo (o de más) en Nacional, habla de varios: “Atilio era ídolo a pesar de que lo vi poco, pero mi primer gran ídolo fue Walter Gómez. Me dolió cuando se tuvo que ir a River por haber golpeado a un árbitro. Después, Javier Ambrois y Ciengramos Rodríguez, eran tremendos. Luego, Artime, Cococho Álvarez, Aníbal Paz, y en la generación de 1980 me siento consustanciado y amigo con casi todos. Alberto Bica quizás es el más amigo, pero también Rodolfo, Hugo De León y Victorino”.

Acerca de los campeones de la Copa Libertadores e Intercontinental de 1971, pese a que aún no estaba en el club, del 71 logró hacer amistad con Cacho Blanco, Brunell y Maneiro.

“Cascarilla Morales, ¡qué puntero! Es el tercer goleador en la historia de Nacional habiendo estado siete años en Austria, detrás de Atilio y Héctor Scarone".

En 1971 recuerda el partido contra Palmeiras en San Pablo porque si Nacional no ganaba, se despedía de la Copa y ganó 3-0, con dos de Artime y uno de Bareño, quien entró por Luis Cubilla.

“Le tiraron la pelota hacia atrás al arquero Peres, Artime se dio cuenta que quedaba corta por el barro, y con un pique corto increíble, tocó la pelota, se la quitó de las manos y entró despacito para el primer gol. Aún lo tengo en la retina, por eso digo que era un goleador único. Como dijo Perfumo, que era el más difícil de marcar, no se trataba de quitarle la pelota, sino que no llegara a ella, porque si llegaba, era gol”, sostiene Navascués.

En la final de la Intercontinental contra Panathinaikos, recuerda que “hubo un susto al final por el descuento de ellos, tras dos goles de Artime. Cascarilla (Morales) le dijo una vez a Munúa que dominaba muy bien la pelota: ‘Eso que hacés, Artime no lo podía hacer, pero con él entrábamos ganando porque siempre convertía’”.

Ganar esa Intercontinental “fue un gran desahogo, porque Nacional necesitaba esa copa para recuperar la historia porque esa década había sido adversa, con la quebradura y desgracia de Sanfilippo, que era el segundo mejor delantero de América detrás de Pelé. El gran esfuerzo que hizo Pons Etcheverry para traerlo se vio cortado por esa lesión”.

Navascués empezó a trabajar en 1980 con la directiva de Iocco y comenzó en la delegación en la AUF.

“Fue un año excepcional porque era un cuadro que estaba desahuciado y se ganó todo. La dupla Mugica y Gesto tuvo una gran gravitación. Nacional venía de perder el Uruguayo y luego la Liguilla ante Defensor”, cuenta.

Y añade: “Ganar esa copa de 1980 fue difícil desde el principio y sorteábamos todos los obstáculos. Estaban Internacional de Porto Alegre y River argentino Luque, Alonso, Ramón Díaz, Carrasco, Passarella. Recién en las semifinales comenzamos a pensar en el título. Aquel gol de De la Peña de volea ante Olimpia nos dio un aire bárbaro”.

Luis Artime vino especialmente a ver ese partido final ante Internacional de Porto Alegre y fue Navascués, quien a pedido del presidente Dante Iocco, lo fue a recibir, lo acompañó al vestuario a saludar sobre todo a sus amigos con un abrazo antes del encuentro, y con su esposa, lo vio a su lado y luego fueron a celebrar a la cena íntima.

“Tiempo después, en un programa argentino le preguntaron cuál fue el partido que más lo emocionó, y dijo la final entre Nacional e Internacional por la Copa. Le dijeron ‘pero tu no estabas en el equipo’ y él contestó: ‘Pero estaban mis amigos, Morales, Cacho Blanco, Espárrago y Juan (Mugica)’”.

Hernán Navascués tuvo como mayor ídolo a Walter Gómez, aunque cuando empieza a hablar de fenómenos de Nacional, no puede parar

De los ganadores de todo en Nacional 1988 se siente amigo y tiene “gran aprecio” con Jorge Seré. “Otro estupendo ser humano es el Vasco Ostolaza. Y quiero nombrar a Ruben Sosa. Mi último ídolo fue el Chino (Recoba). Y mi gran cariño por Fabián O’Neill que le deseo lo mejor”.

La final Intercontinental de Tokio 1988 la vibró “con mucha emoción, Trevor Francis nos hizo sufrir. Lo marcaba Espárrago. Espárrago merece un párrafo aparte porque le ganó a todo el mundo, no solo a los hinchas, sino al periodismo. Como decía El Veco, el premio a la inteligencia. Todos los técnicos lo quisieron y eso muchas veces me hace pensar. Ondino Viera, Roberto Scarone, Etchamendi, todos lo querían”.

El partido que más sufrió fue un clásico de 1988 que perdían 3-0 y faltaba mucho para el final. “Sufrí mucho porque era una gran angustia ya que faltaba mucho. Lo sufrí con mucha intensidad, pensé que la goleada iba a ser mayor”

Y de los tantos partidos que le vio ganar a su Nacional, dice que el que más sufrió fue la final de la Libertadores de 1980 ante Internacional de Porto Alegre en Montevideo, en el que se llevaron el título. “Ganábamos 1-0 y se nos vinieron con un notable Falcao, pero llegó una atajada notable de Rodolfo y se aguantó el resultado para ser campeones”.

Se recibió de abogado debido al Golpe de Estado de 1973

Para Navascués, el arquero es fundamental en el fútbol y Nacional tiene una larga lista de muy buenos en ese puesto: “Mazali, Aníbal Paz, Taibo, Roberto Sosa, Manga, Rodolfo y Seré, fueron arqueros que han ido marcando la historia de Nacional. El 1, el 5 y el 9 son trascendentes, y un buen 2 también”.

Ganar el Uruguayo de 1998 fue “muy importante” para que el eterno rival no alcanzara su sexenio.

“Veníamos de un quinquenio en contra y era fundamental ganar ese campeonato. Lo que es de lamentar que Hugo De León haya dejado de dirigir, porque tiene una sapiencia muy especial. Tengo mi anhelo de que algún día vuelva a tomar la dirección técnica”.

Cuando cumplió 80 años, Nacional le organizó un homenaje en el campo de juego y le entregaron una camiseta con la presencia de los jugadores. “Fue muy emotivo. Hay que estar bien del corazón en esos casos”, dice.

En Peñarol, admite que vio a grandes jugadores que lo “deslumbraron”. En esa lista nombra a Hohberg, Míguez, Schiaffino “quienes eran grandes jugadores y después, Pedro Rocha. En esos cuatro sintetizo lo mejor que le vi a Peñarol, y tengo que respetar a Fernando Morena por el gran goleador que fue y también como persona. Con Máspoli tuve un trato muy afable y con Abbadie también”.

Había dejado de estudiar luego que falleció su padre en 1964, y se reenganchó con la carrera de abogacía y cuando llegó el Golpe de Estado de 1973, se recibió.

“Fue un escapismo para ocupar la mente. La dictadura me afectó mucho porque era toda una tradición del Uruguay que había muerto”, explica.

Tuvo trato con el caudillo del Partido Nacional, Wilson Ferreira Aldunate, cuando era diputado. Lo conoció con 10 años cuando fue a Minas en la candidatura de Enrique Beltrán. “Me di cuenta quien era por el fútbol porque había ido como delegado de Uruguay en la Copa Rio Branco antes del Mundial de 1950”.

Después lo trató y lo veía cuando era ministro y cuando volvió se encontré con él el día del partido Uruguay-Chile en las Eliminatorias para el Mundial de México 86 y conversó con él algunos minutos.

En su juventud, Navascués jugó de 9 en Minas con el padre de Ignacio Alonso, presidente de la AUf

En la dictadura era uno de los asesores jurídicos del triunvirato del Partido Nacional de Gonzalo Aguirre y Luis Lacalle. “Tocábamos temas como el proyecto de la reforma constitucional. A veces nos reuníamos en casa de Lacalle o Aguirre. Un día, cuando estábamos en el estudio de Lacalle, nos comentó que en su casa había recibido tres botellas de vino y al poco tiempo falleció la esposa de Mario Heber, Cecilia Fontana, quien también había recibido tres botellas de vino, y había tomado de una”.

En la dictadura pasó un momento difícil por su hermano, por algunas reuniones que había mantenido en una casa, y debido a ello, estuvo detenido. “Lo quise acompañar y no me dejaron. Fueron unas horas de angustia, pero no pasó nada por suerte”, explica.

El triunvirato de entonces del Partido Nacional estaba formado por Mario Heber, Dardo Ortiz y Carlos Julio Pereyra. Era cuando Wilson aún estaba en el exilio.

Al actual presidente de la República, Luis Lacalle Pou, “lo veía de chico en esa época y le entregué la medalla de 30 años de socio de Nacional hace unos seis años”.

Fue vicepresidente de la Corte Electoral desde 1991 a 1996, “la máxima distinción que tuve”.

Hernán Navascués es mucho más que todo lo que se le conoce de Nacional. El hincha, el pasional, el abogado, el hombre que tuvo una vida para recordar.

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