23 de abril de 2020 16:38 hs

Hace muchos años, en Pekín, quedé extático al ver desde un alto a millares de personas desplazándose en bicicleta a la salida de sus trabajos. Entonces casi todo, personas y carga, se movía en bicicleta. Era un torrente sin fisuras, uno junto a otro, y todos tocaban el timbre a la vez, para indicar su presencia al ciclista de al lado.

El caos no era una alternativa. Si uno solo de aquellos ciclistas caía, podría provocar un desmoronamiento en masa, por toda la ciudad, cual fichas de dominó. Ese desfile coordinado de millones de seres exigía una habilidad y una disciplina inconcebibles en América del Sur.

Ahora el derrumbe del precio del petróleo remite a aquellas calles de Pekín, como una alegoría. La economía mundial, finamente complementaria, es un río torrentoso que no puede detenerse, so pena de provocar atascos y derrumbes en cadena.

El petróleo tipo West Texas (WTI) cerró el lunes en Wall Street a precio negativo: -37,36, un absurdo histórico. Los productores estaban dispuestos a pagar para que se llevaran sus existencias, porque ya no tenían dónde guardarla.

Los compradores de petróleo “a futuro”, una forma de garantizar el precio, deben cargar ahora lo que compraron antes para refinar o para especular. Pero al no tener dónde almacenarlo, muchos prefirieron pagar para anular la compra, lo que llevó el precio a negativo.

Entre el martes y el miércoles el precio volvió a positivo, pero aún no paga siquiera el costo de extracción, que no baja de US$ 40.

Eso acontece, además, en medio de una guerra entre los otros dos grandes productores mundiales de petróleo: Rusia y Arabia Saudita, líder de la Opep, que inundaron el mundo de crudo desde principios de marzo a costa de grandes pérdidas, en una disputa por liderazgo.

No es que el mundo no requiera petróleo, sino que consume mucho menos de lo habitual, lo que provoca un gran exceso de oferta.

¿Y por qué no paran la producción?

Detener de golpe la extracción de petróleo provoca más daños en un pozo que vender a pérdida durante cierto tiempo. Además, la industria de petróleo y gas de esquisto en Estados Unidos y Canadá mediante fracking (estimulación hidráulica bajo la superficie) es compleja y cara. Detenerla quebraría una delicada cadena de pagos, créditos, tecnología y logística.

Una quiebra de la industria del fracking arrastrará a miles de empresas, incluyendo bancos.

Hace medio siglo muchos expertos y políticos aseguraban, sin pestañar, que el petróleo se acabaría a principios del siglo XXI. Las grandes trepadas de precios de 1974, 1979 y 2008 estimularon la búsqueda de nuevos yacimientos. Entonces aparecieron reservas gigantescas, desde el mar del Norte a las costas de Brasil. Casi todo el mundo tiene petróleo ahora. Hasta Uruguay podría tenerlo en su plataforma marítima, o bajo la chuchilla de Haedo. (De todos modos, eso podría ser más una pesadilla que una bendición, según la experiencia histórica de muchos países petroleros).

Las nuevas tecnologías convirtieron a Estados Unidos en el principal productor mundial de petróleo, por encima de potencias como Rusia o Arabia Saudita. Ya no necesita a Venezuela ni a otros proveedores, salvo como reaseguro.

Pero ahora la historia del petróleo parece decir que los peores días de la economía mundial están por venir.

El lockdown o apagón en que ingresó la humanidad en marzo atestó los puertos de barcos mercantes y cruceros de lujo, los aeropuertos de aviones en fila, y llenó los depósitos de excedentes industriales: vehículos cero kilómetros, prendas de vestir, artículos electrónicos, máquinas industriales —y barriles de petróleo, claro.

La humanidad consume mucho menos, salvo lo básico, porque está encerrada; y también porque miles de millones de personas redujeron sus ingresos, o los perdieron por completo. El desempleo y la pobreza están contribuyendo a profundizar la crisis, cual monstruo que muerde su propia cola.

Las personas no usan sus automóviles, o los usan muy poco, o desean venderlos cuando nadie compra. Con un desempleo global que trepó de golpe a 20% o 30%, hay centenares de millones de contratos de alquileres que pueden incumplirse, hipotecas, prendas e impuestos impagos, y bancos asustados.

Es la misma razón por la que padecen las aerolíneas, los hoteles, los taxis, los restaurantes, los estadios, los cines, las peluquerías, las limpiadoras, los shoppings o el transporte colectivo.

Esta nueva “Gran Depresión” petrolera afecta sobre todo a países muy dependientes de su monocultivo, como los del Golfo Pérsico, Nigeria o Rusia. Pero también hundirá a naciones latinoamericanas como Venezuela y Ecuador, y un poco menos a economías más diversificadas, como las de Colombia, México y Brasil.

El capitalismo, como las bicicletas de Pekín, no puede parar. De hecho, ningún sistema puede detener su marcha productiva sin provocar grandes catástrofes.

Una mala cosecha por razones climáticas, pestes, guerras, subdesarrollo o colectivizaciones forzosas, necesariamente significaba hambre a partir del otoño siguiente. Fue así en la Antigüedad o en la Edad Media; en la Rusia zarista y durante la colectivización forzosa bajo Stalin; en la China imperial y en la del Gran Salto Adelante de Mao.

En las últimas décadas la producción agrícola e industrial ha ido muy por delante del crecimiento de la población. Pero todavía hay excepciones, como en las regiones menos desarrolladas de África, Asia y América Central y el Caribe.

Hasta el 1800 Europa o Estados Unidos eran, básicamente, un conjunto de repúblicas agrícola-ganaderas, con pocos excedentes para comercializar entre regiones y países. La Revolución Industrial llevó la producción y el comercio hasta el infinito. Las tecnologías, desde el refrigerador a las vacunas, pasando por la mecanización agrícola, cambiaron la faz del mundo.

La diferencia abismal entre antes y ahora es de calidad, ritmo y volumen.

Hay fuertes tendencias a controlar el crecimiento, y el daño que provoca en el entorno; o a limitar las tensiones propias del capitalismo, su “destrucción creativa” y sus crisis cíclicas. Un virus microscópico hace tambalear las columnas que sostienen la bóveda celeste: a las familias y a los Estados, con sus ejércitos de funcionarios.

Ahora, como antes, la cadena de montaje puede enlentecerse por un tiempo, aunque no parar indefinidamente, bajo pena de colapsar, como los ciclistas de Pekín.

“¿Pero a dónde nos dirigimos?”, se preguntó en 1870 lord Salisbury, tres veces primer ministro de Gran Bretaña, en pleno frenesí de la Revolución Industrial.

Ese es otro asunto, mucho más peliagudo.

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