El Observador | Daniel Supervielle

Por  Daniel Supervielle

Periodista, analista, director de comunicación estratégica y política de CERES
24 de febrero de 2024 5:01 hs

El gobierno marcó la cancha esta semana inaugurando el Centro de Servicios de Referencia “Aparicio Saravia” en el corazón del popular barrio Casavalle de Montevideo y pocos días después, entregando viviendas en Maldonado a más de 375 familias realojadas en el barrio Nuevo, provenientes del marginado barrio Kennedy de Punta del Este.

En ambas ocasiones se apreció al viejo Estado uruguayo en su máximo esplendor. Construyendo y otorgando casas, llevando alimentación y otros 16 servicios -incluyendo a un cajero del Banco República- a la cuenca de Casavalle donde más de 100.000 uruguayos se sentían olvidados por sucesivas administraciones de las últimas décadas.

La polémica en torno a la veintena de globos blancos y celestes que adornaron las carpas contra el sol abrasante y la lluvia en Casavalle modificaron y alteraron el curso de un análisis que parte los ojos y que merece detenerse en él.

Allí en el Casavalle, la plana mayor del Poder Ejecutivo y varios de los principales senadores oficialistas escucharon tres discursos. El de la directora territorial del Ministerio de Desarrollo Social vecina de la zona desde hace 46 años, Carolina Murphy, el del propio ministro Martín Lema y el presidente de la República, Luis Lacalle Pou. 

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Los tres reivindicaron el papel decisivo y esencial del Estado uruguayo.

Es comprensible que la oposición y algunos socios de la coalición republicana se enojasen por la forma en que se celebró la apertura del Polo Social. Estamos en plena campaña electoral. Fueron invitados, pero no fueron, lo que lo convirtió en un acto bastante blanco. No hay que negarlo. Igual la inauguración de este centro es una buena noticia. 

No había mallas oro en varios kilómetros a la redonda. En el Centro de Referencia, los ministros, los precandidatos blancos y varios parlamentarios escucharon definiciones fundamentales que explican el pensamiento y el accionar de este gobierno.

“Hay que dejar todo en la cancha para que el que venga tenga un país en marcha”, afirmó el presidente. También reafirmó su apuesta a “un Estado presente” en aquellos “lugares donde hay población con menos recursos que necesita este apoyo, porque no está en condiciones de ser realmente libre”.

Se trata de insumos fundamentales para una discusión teórica que nada le debe importar a los vecinos que estuvieron allí. A aquellos ciudadanos que integran la retaguardia del pelotón de uruguayos o que ni siquiera tienen bicicleta, poco les incumbe una discusión sobre el papel del Estado o el mercado o la libertad. Ellos vieron ese día cómo 16 servicios del Estado, que antes estaban desperdigados en el Centro de la ciudad a varios kilómetros pasaban a quedar a la vuelta de la esquina.

Esa misma reflexión más conceptual sobre el papel del Estado parece quedar lejos y hasta sonar inoportuna en estos tiempos. Pero guste o no se trata del eje de una discusión muy profunda que lleva décadas en el mundo entero y que tiene que ver con la ideología y muchas cosas que suceden en el Uruguay del 2024 cuando el país entra a la recta final de su último año y suenan fuerte los tambores de la campaña.

El presidente de la República reivindica la libertad del individuo como eje de sus políticas. Prometió en el discurso del primero de marzo de 2020, cuando asumió, que su objetivo es que los uruguayos fuesen más libres el día que deje el gobierno que cuando entró. No por repetido deja de ser cierto: La política de la libertad responsable aplicada durante la pandemia fue en esa dirección.

Los uruguayos la asumieron y la vivieron como propia. Hubo conexión entre la decisión política y la idiosincrasia del pueblo. El presidente, como político astuto que es, supo interpretar y actuar en consecuencia. Luego de superada la pandemia la relativizó. Dejó de mencionarla. Estos días retomó con vigor el discurso de la libertad

En la mirada del presidente se viene percibiendo claramente un reconocimiento muy grande y fundamental del Estado como aliado de la búsqueda de la libertad del individuo. Acá es donde quería llegar. Del otro lado del río de la Plata, en la Casa Rosada, Javier Milei, el presidente de los argentinos también reivindica la libertad, pero en su visión el Estado es el enemigo de esa libertad a la que deberían aspirar los ciudadanos.

“El Estado no es la solución, el Estado es el problema mismo”, sostuvo en el Foro de Davos.

Nuevamente de un lado y del otro del Plata hay diferencias conceptuales sobre los caminos para que los ciudadanos sean más libres. Mientras que para Lacalle Pou el Estado hay que usarlo como una herramienta para empujar a los ciudadanos a pisar firme y así tomar impulso para salir de la pobreza, para Milei el Estado es una organización delincuencial que roba a los ciudadanos al cobrarle impuestos y que solo genera más pobreza.

“El Estado es una organización criminal”, sostuvo en reciente entrevista a La Nación.

Uno podía pensar en afinidades ideológicas entre el gobierno de Milei y el de Uruguay, pero por lo dicho queda demostrado que no es así. Esto no quita que haya una buena vecindad, aspecto que brilló por su ausencia con los K.

Tal vez, luego de tantos años de gobiernos en ambas orillas manejando el Estado de manera diferente, la evolución de las cosas demuestra que nos alejamos de aquella máxima del historiador porteño Félix Luna que decía, palabras más palabras menos, que uruguayos y argentinos éramos un mismo pueblo expresado en dos nacionalidades diferentes.

En todo caso y como reflexión final se puede concluir que no hay solo un camino para la libertad de las personas y que justamente ahí radica la esencia de su búsqueda: que cada individuo le encuentre la vuelta a su propio destino.

Lo mismo pasa con los pueblos y sus gobiernos.

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