11 de abril de 2011 19:05 hs

El nuevo gobierno cumple 100 días. Las continuidades y cambios (respecto al anterior), las confirmaciones y sorpresas (en función de las expectativas creadas) y las enunciaciones y decisiones (a la luz de lo ocurrido) han sido, a esta altura, largamente comentadas. Pero también cumplen 100 días los otros, los partidos de oposición. Ahí también hay tela para cortar a la hora del análisis político.

Todo el mundo reconoce que el gobierno ha tratado, en estos tres meses, con respeto y consideración a la posición. Negoció con ella, con lealtad y sin “chicanas”, la integración a los directorios de los organismos públicos, y mostró buena voluntad (aunque flexibilidad variable) en las comisiones programáticas interpartidarias. Mujica, en particular, mostró una excelente disposición para reunirse sin hacer alharaca con los dirigentes de los otros partidos. A su vez, la oposición adoptó una actitud diferente a la de cinco años atrás. Vázquez, en su momento, no tuvo ni un minuto de tregua. Durante los primeros meses de gobierno sus rivales ya habían descargado artillería pesada contra varios de sus colaboradores más cercanos. Entre otros, fueron alcanzados por las ráfagas del fuego opositor José Díaz (por el proyecto de ley de Humanización y Modernización del Sistema Carcelario), Marina Arismendi (por discrepancias en el diseño y lentitud en la implementación del Panes), Reinaldo Gargano (entre otros asuntos, por las evidentes contradicciones en el gobierno acerca de la ratificación del Tratado Bilateral de Inversiones con EEUU), María Julia Muñoz (por la destitución del director del Instituto de Radiología del Pereira Rossell) y Gonzalo Fernández (por intentar compatibilizar su actividad profesional con el desempeño del cargo de secretario de la Presidencia). Este tono se mantuvo durante todo 2005. Según consta en el Informe anual de la propia presidencia, entre marzo y noviembre de 2005, se registraron “cuatro interpelaciones, un llamado a sala en régimen de comisión general, y setenta y seis (76) presencias de Ministros y/o Subsecretarios en Comisiones parlamentarias (lo cual significa, promedialmente, una comparecencia ministerial cada tres días y medio)”.

El trato hacia Mujica y su gobierno es bien diferente. Los blancos, que habían sido los opositores más intransigentes hace cinco años, muestran niveles claramente superiores de buena voluntad. Es cierto que Luis Alberto Lacalle criticó con mucha firmeza algunas decisiones, como la reforma del secreto bancario anunciada por el MEF. Pero la oposición sistemática, como política, parece haber sido descartada. El trato es especialmente piadoso hacia el nuevo presidente entre la gente de Larrañaga. ¿Afinidad temperamental entre dirigentes cortados por la tijera caudillista? ¿Empatía ideológica por las comunes raíces blancas? Difícil saberlo. Como enseñaba hace un siglo Max Weber, la acción social suele ser una mezcla compleja y cambiante de tradiciones, emociones y razones, de rutinas, convicciones y cálculos. En tren de arriesgar, diría que una de las hipótesis explicativas más robustas es la que sostiene que el viraje en la estrategia de los blancos se debería, además (y no en vez de) al aprendizaje político realizado a partir de su propia experiencia. Es posible que el “new deal” entre los blancos y el FA tenga, entonces, un fuerte componente de cálculo político. El PN parece haber aprendido que el electorado queda demasiado desconcertado cuando ve a los dirigentes oscilar a toda velocidad desde el extremo del discurso del diálogo y la unidad nacional (en tiempos electorales) al del malhumor y la pierna fuerte (al día siguiente de perder la elección).

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La estrategia de la dirección del PC no es muy distinta a la del PN. Es cierto que los colorados cuestionaron con mucha severidad la decisión de Mujica de dar “luz verde” a Néstor Kirchner para la secretaría de la Unasur. También es cierto que Bordaberry fue todavía más enfático que Lacalle en la crítica a la flexibilización del secreto bancario propuesta (argumentó que, con esta iniciativa, “el gobierno del FA se termina de bajar los pantalones y entrega la soberanía frente a la presión de los países ricos”). Como Lacalle, el nuevo líder colorado critica habitualmente la falta de realizaciones del nuevo gobierno. Sin embargo, también hace esfuerzos muy visibles por destacar las decisiones y políticas que le parecen acertadas (como el viraje hacia la “mano dura” en la política de seguridad ciudadana).

Se cumplieron los 100 días. Llegaron a su fin las negociaciones por los cargos en la administración. Cabe preguntarse si estaremos asistiendo a los últimos episodios de la nueva estrategia opositora, la de poner al presidente frenteamplista entre algodones. Me pregunto, para terminar si, a partir de ahora, colorados y blancos optarán por diferenciarse entre sí también en esta cuestión decisiva.

(Esta columna de opinión fue publicada por El Observador el 9 de junio de 2010).

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