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Los fenicios

Columna de opinión de Pablo Carrasco en El Observador Agropecuario

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23 de febrero de 2018 a las 19:00

Por Pablo Carrasco, especial para El Observador

Uno de los políticos más disfrutables de nuestro tiempo ha sido sin duda el doctor Enrique Tarigo. Un protagonista vital y maravilloso del tiempo que le tocó vivir: la transición entre la dictadura militar y la democracia.

En sus columnas del semanario Opinar nos deleitó abrumando intelectualmente a sus toscos contendientes en el terreno de la lógica y el humor. Una de las que recuerdo con mayor admiración se titulaba "Los fenicios" y refería a un estudiante que se presenta a su examen oral habiendo estudiado únicamente esta civilización. Así con independencia de la pregunta de la mesa una y otra vez iniciaba su relato sobre los fenicios.

En esa columna, Tarigo acusaba a los militares de responder siempre con los problemas de la guerrilla (los fenicios) a cualquier cuestionamiento democrático.

En estos días y a raíz de los reclamos de los autoconvocados, el Movimiento de Participación Popular salió a la cancha con un discurso coordinado y monolítico sobre el costo de las rentas de la tierra y su lugar central en la problemática del agro.

La solución que el MPP ofrece, a un problema que nadie planteó, está abandonando el terreno semántico para encaminarse a cierto activismo estatal peligroso. Veamos entonces el tema.

Un productor ganadero tradicional tiene tres diferentes tipos de activos con los que desarrolla su actividad: tierra, ganado y capital de trabajo. El valor de la tierra da cuenta de entre un 85% y 90% de la inversión total necesaria y cuando no se cuenta con este recurso en propiedad es posible ir al mercado para alquilarlo.

El valor de este alquiler no es caro ni barato, es un acuerdo voluntario entre los propietarios y arrendatarios y que varía con el valor de la tierra y con la bondad del negocio que se desarrolla sobre ella.

El negocio se ha deteriorado y el valor de la tierra también por el cúmulo de errores del gobierno y las rentas al día de hoy se han despeñado a la mitad de lo que valían un lustro atrás.

Aun siendo un acuerdo entre partes, es fácil determinar el valor objetivo del alquiler con relación a la inversión requerida para comprar tierra. Un campo que vale US$ 3.000 la hectárea se alquila hoy –bien alquilado– en US$ 60 por hectárea y por año. Esto es, el propietario obtiene una rentabilidad anual antes de impuestos de 2% cuando decide alquilar su campo. ¿Alguien puede acusarlo de enriquecerse a costa del productor?

Por otra parte, en la letanía tupamara se denuncia que los productores pagaron tres veces por el costo de la tierra de lo que pagaron al Estado: ¿Es que no se imaginaban que el costo de quien aporta el 90% del capital necesario, no fuera el mayor de los costos? ¿En serio imaginaban que el Estado se debiera llevar la parte del león contra nada, con el simple mecanismo violento y no discutible de los impuestos?

Mirando las alternativas del propietario que no consigue vivir del campo es bueno saber que, desde que las rentas se valorizaron, la decisión más frecuente de los que abandonan la actividad no requiere vender la tierra como en la crisis del año 2002, es posible alcanzar una vida digna en régimen de arrendamiento.

Todo esto está en juego en esta embestida y amenaza a la propiedad privada. La propuesta tiene la edad de Marx y consiste en ir terminando con la tierra en manos de privados por tratarse de un bien social. En oposición a la ausencia total de experiencias positivas desprendidas de la intervención estatal del mercado, sobran los ejemplos del daño que vivieron aquellos países que sufrieron el "rescate" iluminista del marxismo. Basta recordar que Cuba es una isla sin pescado, que la Union Soviética se quedó sin trigo en el auge de la revolución , que Angola perdió siete millones de hectáreas agrícolas y que Venezuela se quedó sin petróleo.

Basta con los fenicios.
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