19 de enero de 2012 20:04 hs

No es maravilloso que simulen pelear por las Malvinas mientras le entregan toda la cordillera a las mineras multinacionales?”, escribió ayer en su cuenta de Twitter el periodista y escritor argentino Marín Caparrós. “¿Tan malos tiempos se vienen que ahora el gobierno peronista lanzó otra ronda de malvinización?”, se preguntó más tarde. “Siempre fue un último recurso...”, sentenció.

La disputa diplomática por las islas Malvinas entre el gobierno británico y el argentino ha tenido en los últimos meses una relevancia cada vez más ascendente en la agenda de Cristina Fernández. Por estos días, los intercambios entre el canciller argentino, Héctor Timerman, y el primer ministro británico, David Cameron, copan las tapas de los diarios.

El miércoles Cameron acusó a Argentina de “colonialismo” por reclamar la soberanía de las Malvinas y exigió que se respete “la autodeterminación de los habitantes de las islas”. Ayer el diario británico The Times reveló que El Reino Unido planifica desplegar próximamente más militares en las islas.

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El aumento de la tensión presenta en el horizonte tres mojones. En los primeros días de febrero, el príncipe Guillermo aterrizará en las Malvinas para realizar un entrenamiento militar de seis semanas como parte de su carrera en la aviación inglesa. En marzo una petrolera británica llegará a las islas para comenzar las tareas de perforación. Y el 2 de abril se cumplirán 30 años del desembarco argentino que dio inicio a la guerra de las Malvinas, en la que los británicos aplastaron a las milicias enviadas por el dictador Leopoldo Galtieri.

Camuflar problemas internos
Ante la acusación de colonialistas, el vicepresidente argentino, Amado Boudou, salió al cruce. “Cameron habla sin vergüenza de colonialismo”, expresó. Y luego, el insulto diplomático: "Nos deja impresionado tanta ignorancia". Timerman prefirió tomarse la acusación en broma: “Cameron no leyó ninguno de los libros de historia ingleses”. Luego, el canciller se puso serio. “No vamos a contestar ningún agravio de tono militarista de Cameron”, dijo en referencia al incremento de las tropas británicas en el archipiélago.


Luego de que se solucionó el conflicto con Uruguay por la instalación de la planta de celulosa Botnia (hoy UPM), el gobierno argentino encontró un viejo enemigo propicio para despertar el patriotismo nacional y olvidar, al menos temporalmente, reyertas internas. Reivindicar la soberanía de las Malvinas, incluso cuando los kelpers, sus pobladores, rechazan el reclamo kirchnerista, es un discurso que unifica a los argentinos. Pero no es más que eso.

Dick Sawle, miembro de la Asamblea Legislativa del gobierno británico en las Malvinas, reclamó ayer a Argentina que “respete el derecho de autodeterminación” de los kelpers, ya que pretenden “quedar bajo la soberanía de Gran Bretaña” y que los argentinos los “dejen en paz”, según consigna el diario La Nación.

Del lado británico, el discurso antiargentino funciona de forma similar, como un mecanismo retórico de unificación que distrae a los medios y a los ciudadanos ante otros problemas más concretos. Cameron está embretado en una serie de conflictos diplomáticos, con Escocia y el eje franco-alemán que dirige la Unión Europea. En el primer caso, los escoceses buscan independizarse del Reino Unido, mientras que en el segundo, la insularidad geográfica de Gran Bretaña podría tornarse también política, puesto que el primer ministro es el único mandatario de la Unión Europea que se opone a la reforma de los tratados propuestos por Francia y Alemania. Comparado con estos conflictos, más cercanos y más importantes para el comercio y la identidad británica, concentrar la atención mediática sobre unas islas con 3.000 habitantes en el Atlántico Sur es absurdo. Tan absurdo como cuestionar, desde el Reino Unido, el ímpetu colonialista de Argentina, o pretender que los kelpers canten el himno peronista.

No es maravilloso que simulen pelear por las Malvinas mientras le entregan toda la cordillera a las mineras multinacionales?”, escribió ayer en su cuenta de Twitter el periodista y escritor argentino Marín Caparrós. “¿Tan malos tiempos se vienen que ahora el gobierno peronista lanzó otra ronda de malvinización?”, se preguntó más tarde. “Siempre fue un último recurso...”, sentenció.
La disputa diplomática por las islas Malvinas entre el gobierno británico y el argentino ha tenido en los últimos meses una relevancia cada vez más ascendente en la agenda de Cristina Fernández. Por estos días, los intercambios entre el canciller argentino, Héctor Timerman, y el primer ministro británico, David Cameron, copan las tapas de los diarios.
El miércoles Cameron acusó a Argentina de “colonialismo” por reclamar la soberanía de las Malvinas y exigió que se respete “la autodeterminación de los habitantes de las islas”. Ayer el diario británico The Times reveló que El Reino Unido planifica desplegar en próximamente más militares en las islas.
El aumento de la tensión presenta en el horizonte tres mojones. En los primeros días de febrero, el príncipe Guillermo aterrizará en las Malvinas para realizar un entrenamiento militar de seis semanas como parte de su carrera en la aviación inglesa. En marzo una petrolera británica llegará a las islas para comenzar las tareas de perforación. Y el 2 de abril se cumplirán 30 años del desembarco argentino que dio inicio a la guerra de las Malvinas, en la que los británicos aplastaron a las milicias enviadas por el dictador Leopoldo Galtieri.
Camuflar problemas internos
Ante la acusación de colonialistas, el vicepresidente argentino, Amado Boudou, salió al cruce. “Cameron habla sin vergüenza de colonialismo”, expresó. Timerman prefirió tomarse la acusación en broma: “Cameron no leyó ninguno de los libros de historia ingleses”. Luego, el canciller se puso serio. “No vamos a contestar ningún agravio de tono militarista de Cameron”, dijo en referencia al incremento de las tropas británicas en el archipiélago.
Luego de que se solucionó el conflicto con Uruguay por la instalación de la planta de celulosa Botnia (hoy UPM), el gobierno argentino encontró un viejo enemigo propicio para despertar el patriotismo nacional y olvidar, al menos temporalmente, reyertas internas. Reivindicar la soberanía de las Malvinas, incluso cuando los keplers, sus pobladores, rechazan el reclamo kirchnerista, es un discurso que unifica a los argentinos. Pero no es más que eso.
Dick Sawle, miembro de la Asamblea Legislativa del gobierno británico en las Malvinas, reclamó ayer a Argentina que “respete el derecho de autodeterminación” de los keplers, ya que pretenden “quedar bajo la soberanía de Gran Bretaña” y que los argentinos los “dejen en paz”, según consigna el diario La Nación.
Del lado británico, el discurso antiargentino funciona de forma similar, como un mecanismo retórico de unificación que distrae a los medios y a los ciudadanos ante otros problemas más concretos. Cameron está embretado en una serie de conflictos diplomáticos, con Escocia y el eje franco-alemán que dirige la Unión Europea. En el primer caso, los escoceses buscan independizarse del Reino Unido, mientras que en el segundo, la insularidad geográfica de Gran Bretaña podría tornarse también política, puesto que el primer ministro es el único mandatario de la Unión Europea que se opone a la reforma de los tratados propuestos por Francia y Alemania. Comparado con estos conflictos, más cercanos y más importantes para el comercio y la identidad británica, concentrar la atención mediática sobre unas islas con 3.000 habitantes en el Atlántico Sur es absurdo. Tan absurdo como cuestionar, desde el Reino Unido, el ímpetu colonialista de Argentina, o pretender que los keplers canten el himno peronista.

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