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Mano dura en las fronteras

Legiones de desesperados marchan sobre los países más ricos y los gobiernos tambalean

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24 de junio de 2018 a las 05:00

Mañana seiscientos millones de amarillos, miles de millones de amarillos, negros, morenos, desembocarían en tropel en Europa... y en el mejor de los casos, la convertirían. Y todo lo que les enseñaron, a él y a los que se le parecían, todo lo que habían aprendido, desde entonces, los hombres de su raza, todos los valores por los cuales había vivido, morirían de inutilidad".

La vieja profecía, en este caso repetida en clave literaria por el francés Albert Camus, cobra nuevos bríos. Europa, más segura y rica que nunca, resucita el fantasma de las invasiones bárbaras. La suspicacia tiene rostro de africano, asiático o latinoamericano, pero sobre todo tiene una religión: el Islam.

El temor al Islam y a sus guerras santas –y ahora al terrorismo– cuenta más de 1.300 años, casi tanto tiempo como el temor de los musulmanes a los cruzados europeos.

Dinamarca acaba de aprobar una legislación que prohíbe que en los espacios públicos, incluidos los centros de enseñanza, las mujeres cubran sus rostros con un velo integral, como la burka o el nicab. Es similar a lo resuelto por Francia, Bélgica o Austria, y pretende facilitar en el largo plazo la integración de los musulmanes y reducir la exclusión de las mujeres.

La medida no incluye al hiyab, el pañuelo típico que cubre la cabeza y el pecho de las mujeres musulmanas, que en Europa es tan común como la niebla y el frío.

Europa occidental y Estados Unidos, los dos destinos de mayor atracción para los migrantes del mundo, marchan resueltamente hacia políticas de mano dura en sus fronteras.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que lleva una guerra privada contra los mexicanos, los chinos o el Islam, puso fin a la separación forzada de las familias de inmigrantes en la frontera debido al repudio nacional e internacional. Pero promete una política de "tolerancia cero" ante la inmigración ilegal.

Estados Unidos, con más de 40 millones de pobladores nacidos en el extranjero, casi el 13% de sus habitantes, es de las naciones más diversas del planeta. También fue la que recibió más solicitudes de asilo en 2017, al superar a Alemania por primera vez desde 2013.

En el mundo, entre 200 y 250 millones de personas viven legal o ilegalmente fuera del país en que nacieron. Europa occidental es el principal receptor de inmigrantes, con casi 70 millones, alrededor del 14% de su población.

La política migratoria, más que la economía o el empleo, está poniendo en apuros a algunos de los personajes más poderosos del mundo.

La canciller alemana Angela Merkel, quien gobierna desde 2005, enfrenta la rebelión de sus aliados de la CSU de Baviera, un partido cristiano y conservador, que le exige la expulsión de los inmigrantes ilegales. En los últimos años Merkel aceptó más de un millón de solicitudes de asilo, lo que acabó con la paciencia de muchos alemanes.

Este domingo los principales estados de la Unión harán una cumbre urgente para tratar el asunto.
Los países en primera línea: Grecia, Italia y España, están bajo fuerte presión y reclaman que el resto de los socios de la Unión Europea acepten una parte de los refugiados. Algunos de los líderes más influyentes, como Merkel o el francés Emmanuel Macron, están de acuerdo en fijar cuotas. Pero otros gobiernos no quieren nada. El de Hungría se niega a las cuotas obligadas, e incluso habla de incluir en su Constitución una cláusula que obligue a la "defensa de la cultura cristiana".

Polonia, República Checa y Austria, entre otros Estados, también se niegan a recibir más refugiados. De hecho, sus gobernantes ganaron las elecciones a caballo de propuestas anti-extranjeros.

Un torrente de pobres en busca de un mejor destino ha cambiado la fisonomía de las ciudades europeas y renovó la demografía. Entre los países con mayor porcentaje de extranjeros se cuentan Austria, Irlanda, Suecia, Alemania, Francia y España. Los Estados europeos temen un empujón migratorio catastrófico, similar al que ocurrió en 2015, aunque no se ponen de acuerdo sobre cuál es la mejor solución. Mientras tanto, la extrema derecha crece, desde Italia a Suecia, pasando por Austria o Hungría. Los británicos simplemente se marchan de la Unión.

En lo que va del siglo XXI las potencias europeas y Estados Unidos contribuyeron a la desintegración de viejas autocracias árabes y estados islámicos. Pero las guerras civiles consiguientes: en Siria, Libia, Irak o Afganistán, unidas a la pobreza en la mitad norte de África, estimularon la huida de millones de personas hacia Europa, en pos de su velloncino de oro.
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