24 de enero de 2013 13:32 hs

En parte por el avance de la agricultura y la forestación, en parte por una apuesta vinculada a diferentes estrategias ganaderas y lecheras, lo cierto es que las praderas de leguminosas y gramíneas que simbolizaron el cambio tecnológico en la ganadería desde 1960 hasta 2006 van cediendo espacios desde ese año a otras variantes forrajeras de más corto plazo. Cada vez más productores prefieren una explosión de pasturas durante seis meses a un mejoramiento más caro, más gradual en su crecimiento, que dura en promedio en Uruguay cuatro años.

En 2012, de acuerdo a los datos que acaba de divulgar Dicose, los productores sembraron 265 mil hectáreas de praderas convencionales, 13 mil menos que en 2011 y 153 mil menos que en 2006, cuando el futuro agrícola no era tan claro y la ganadería estaba en plena apuesta. La tendencia comenzó pues en 2007, cuando la expansión de la agricultura empezó a captar hectáreas de las mejores zonas ganaderas.

Con la menor siembra anual va bajando el stock de praderas. Desde 2006 hasta el año pasado la superficie ocupada con praderas cayó en 424 mil hectáreas. En ese momento eran 1,4 millones de hectáreas. En el presente menos de un millón.

Más noticias

En una tecnología vinculada a la producción de carne y lácteos, su descenso no obedece ciertamente a un desánimo de los productores de esos rubros, que desde aquel entonces han aumentado la producción por hectárea y han estado recibiendo precios mayores a los históricos. En estos siete años ha aumentado la producción lechera casi 50%, mientras que la producción vacuna se ha mantenido estable con menos superficie ocupada y también menos superficie empraderada.

Básicamente parece haber un cambio de estrategias. Porque casi lo mismo que se pierde de praderas por un lado, se gana de verdeos por otro.

En contrapartida al menor uso de mejoramientos plurianuales, los anuales, habitualmente llamados verdeos, marcaron un nuevo récord el año pasado, cruzando por segundo año consecutivo las 500 mil hectáreas, de 503 mil hectáreas en 2011 pasaron a 531 mil el año pasado. En 10 años la superficie con este tipo de mejoramientos breves pero explosivos se ha más que duplicado. De modo que se sembraron 13 mil ha menos con praderas, pero 27.246 más con verdeos, habitualmente avena, raigras o sorgo.

Las praderas duran promedialmente cuatro años antes de que las especies menos valiosas nutricionalmente pero más rústicas ganan la competencia y reconquistan el terreno. Por lo tanto la siembra anual tiene por objetivo mantener un “stock” de praderas que vienen de años anteriores y reponer aquellas áreas reconquistadas por las malezas y la flora nativa. Pues la siembra de los últimos años no resulta suficiente para lograr la reposición. Con una siembra anual de praderas que ha caído por debajo de las 300 mil hectáreas, la superficie total de praderas va en descenso. Lo que se siembra no alcanza para reponer lo que se va.

El cambio estratégico tiene que ver con una menor percepción de riesgo. Con las condiciones iniciales dadas, el verdeo suele tener un desarrollo satisfactorio. Su vida esperada no supera los seis meses. En cambio una pradera a la que el clima no acompaña en el arranque irá a los tumbos, se enmalezará pronto y en vez de cuatro años durará poco más de dos. O no vendrá en absoluto. Son plantas de crecimiento inicial lento y a las que después de sembradas hay que dejar descansar hasta que puedan ser pastoreadas.

Caben otros argumentos. Una hipótesis apunta a los cambios de reglas de juego que han ocurrido o que se anuncia pueden ocurrir. El argumento postula que una pradera es una inversión a cuatro años. Es difícil saber cuánto será el impuesto a la Renta en 2017 dada la actual puja entre economistas de distintas áreas del gobierno al respecto. O que nuevo impuesto al estilo ICIR se inventará.

Es factible que sea un factor, porque una inversión en praderas es de más largo plazo que en los cultivos forrajeros anuales. Aunque sea de más corto plazo, los datos de 2012 parecen mostrar que sí hay una apuesta ganadera.

Por un lado hay un fuerte aumento en el consumo de granos forrajeros y raciones. Por otro, los mejoramientos extensivos como coberturas y siembras con zapatas crecieron. Y en el caso de las coberturas fueron los mayores de los últimos años. La siembra de coberturas, 71 mil hectáreas, fue 44% mayor a la de 2011, y la mayor desde 2007.

Otro factor que cabe postular para explicar la baja en la siembra de praderas es el cambio climático. Una apuesta climática a seis meses, sembrando luego de alguna lluvia favorable es menos arriesgada que una a cuatro años. La posibilidad de una sequía importante al segundo verano de una pradera es un riesgo de que la inversión realizada no pueda redituar.

Para el crecimiento de los verdeos hay otra razón. Mientras la agricultura quita hectáreas a las praderas que son permanentes, los verdeos se instalan en los breves períodos que van entre un cultivo y otro. Los llamados puentes verdes cumplen funciones de protección de los suelos agrícolas y eventualmente ayudan en la fertilización. De modo que seguramente tienen margen para seguir creciendo.

¿Volverán las praderas?

Aunque es ya una tendencia que lleva varios años, las praderas tienen un espacio importante para aumentar su superficie.

En primer lugar porque hay muchas zonas de campo natural todavía. Por otro, hay zonas donde hace ya varios años que se viene realizando agricultura y que precisarán más temprano que tarde el regreso de las praderas. Las regulaciones vinculadas al uso de suelo que comienzan en este otoño llevarán a una mayor necesidad de praderas para proteger a los suelos.

La firmeza de los precios de lácteos y carne deben llevar a que sistemas exitosos que ya están implantados y probados desde hace varios años convenzan finalmente a los escépticos respecto a los buenos resultados que permite una pradera persistente y de alta producción.

Tanto por el forraje que produce y la carne y leche que genera, la parte visible del iceberg, como por el aumento en la materia orgánica de los suelos, que es el capital invisible que una pradera va formando y que muchas veces se pierde con sistemas de producción no tan amigables hacia los suelos.

Por ahora predomina la lógica de corto plazo: mejoramientos forrajeros breves que en seis meses permiten una ecuación de riesgo leve y que caben en los huecos de las rotaciones agrícolas.

Las razones para el regreso de las praderas. Año tras año, en forma gradual, los ganaderos siembran un poco menos de cultivos forrajeros plurianuales y un poco más de los que duran unos meses, una tendencia persistente.

Te Puede Interesar

Más noticias de Argentina

Más noticias de España

Más noticias de Estados Unidos