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Sebastián Morquio: "Los rusos me pusieron tres veces un revólver en la cabeza"

El exfutbolista contó a Referí momentos de su vida, desde su debut en Nacional hasta cuando lo acusaron de quedarse con US$ 1 millón de un pase

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30 de enero de 2021 a las 05:02

Patota y Sebita son la misma persona. Su nombre es Sebastián Morquio y tanto el apodo de hombre duro, pandillero, como el más tierno, le calzan a la perfección. El amigo del Rafa Di Zeo, líder de la barra brava de Boca Juniors, y el que se emociona al punto de las lágrimas cuando recuerda a su padre. Esta semana Morquio recorrió los medios de prensa (más en Argentina que en Uruguay, se quejó) a raíz de un tuit que publicó el 22 de enero, día de su cumpleaños número 45, pidiendo trabajo. ¿Cómo un exfutbolista profesional, intermediario de uno de los pases más importantes que hizo Nacional en los últimos años (la llegada de Gonzalo Bergessio), puede estar pidiendo trabajo por Twitter? Eso llamó la atención y generó una catarata de notas donde contó otro dato que muchos desconocían: a fines de 2020 estuvo un mes preso denunciado porque su perro arañó a su mamá en la cara, según él mismo contó.

Pero la historia de Morquio es mucho más que eso. Es la de un tipo “políticamente incorrecto” como él se denomina, la de un hincha que cumplió el sueño de debutar en la Primera de Nacional siendo un pibe, que aprendió los códigos futboleros de otra época, que en Rusia le pusieron el caño de un revólver en la cabeza, que siendo jugador de Huracán y estando suspendido, miró el clásico contra San Lorenzo subido al para-avalancha del estadio entre los hinchas de su equipo, que estudió en la Sagrada Familia, que cree en Dios, que fue millonario y hoy come gracias a la ayuda de sus amigos. Una historia con mil anécdotas.

El único que llegó

Pasó toda su adolescencia en Nacional y debutó oficialmente en Primera división el 14 de mayo de 1997, en un partido por la segunda fase de la Copa Libertadores frente a Colo Colo. El técnico era Miguel Puppo y lo puso de volante central. Nacional ganó 2-1, pero no le alcanzó para clasificar; en la ida había perdido 3-1. Morquio pasó por todos los puestos: jugó de 9 en inferiores, de volante y por último de zaguero, donde lo colocó Roberto Fleitas en la Liguilla de 1997.

Plantel de Nacional 1998. Morquio está parado al fondo, en el quinto lugar desde la izquierda.

Un año difícil aquel de Nacional, porque Peñarol logró el quinquenio. Pero él era un chiquilín que recién empezaba: “Como hincha de Nacional era feliz al lado de jugadores que habían conseguido gloria con el club. Era un nene chico cumpliendo un sueño. De la generación de 1976 solo yo llegué a Primera, mientras que en Peñarol llegaron casi todos: Flores, Magallanes, Cancela, Pacheco, Surraco…”, recordó durante la charla con Referí.

En aquellos tiempos vivían y entrenaban en el Parque Central con técnicos como Luis “Chufla” Ramos, Héctor Salvá, Manuel Origoni. Todos le dejaron su huella. Desde Séptima a Cuarta división tuvo un compañero que hoy es protagonista en el Campeonato Uruguayo: Alejandro Cappuccio, técnico de Rentistas.

En 1998, con Hugo De León como entrenador, Morquio jugó partidos por la Copa Mercosur, contra Universidad de Chile (marcó un gol en la victoria 3-1 en el estadio Nacional de Santiago), contra Palmeiras e Independiente: “Con esos tres partidos fui a Huracán”, señaló.

Es que en el campeonato local el entrenador prefería a otros futbolistas. “No tenía chance con el Hugo. Había jugadores mejores que yo, seguramente. Nunca pregunté, porque no lo hacía cuando jugaba y tampoco cuando no jugaba. Yo respetaba eso. Sabía que cuando necesitaban jugadores, llamaban a los carapintadas”. Con Carlos Soca se llamaban así, “carapintadas”, por el grupo de militares rebeldes de Argentina. “Si el Hugo nos necesitaba, estábamos siempre listos”.

Primero los colores, después el negocio

Durante su paso por Nacional tuvo compañeros como Juan Ramón Carrasco, Santiago Ostolaza, Enrique Saravia, José Luis Pintos Saldanha, Jorge Seré, Tony Gómez, Ricardo Canals, Gonzalo Madrid… “Eran jugadores con mucha personalidad que me inculcaron cómo manejarme en la cancha y en el vestuario. Les tengo que agradecer a ellos. Tenía que escucharlos y aprender”.

¿Existe hoy el mismo respeto por los jugadores de más experiencia? “Los referentes están, el problema son los representantes, porque si un jugador tiene un problema, se lo soluciona el representante y no el grupo. Antes era el grupo. Cobrábamos todos juntos, antes no sucedía lo que sucede ahora que algunos están al día, otros no, algunos cobran por adelantado. No les dan las herramientas para manejarse, cuando el representante pone la plata se termina el grupo”.

Para Morquio, ni la selección ni los clubes son un negocio: “Primero hay que inculcarles a los jugadores el amor por la camiseta. El negocio viene después, si jugás bien. Primero los colores, el respeto por la gente que va a la cancha”, dijo.

También tiene claro, desde su óptica, por qué Nacional y Peñarol ya dejaron de ser protagonistas importantes en el fútbol continental. “Si Valverde en vez de jugar cuatro partidos en Peñarol, o Pellistri, se quedaban un año, hoy Peñarol tenía equipo para pelear la Libertadores. Si Nacional no hubiese vendido a Viña, o Suárez y Cavani volvieran para jugar seis meses, pelearía la Libertadores. Por algo somos el país con más copas América”, señaló Patota.

Y a propósito, ¿quién le puso Patota? “Fue Miguel Simón en un partido en Argentina. Le metí un planchazo en la nuca al paraguayo Chiquito Jiménez que jugaba en San Martín de Mendoza, me le tiré encima a otro y salí caminando contra todos. En el relato decía ‘ahí va Morquio, patoteando’. En el avión de regreso mis compañeros me decían, 'te pusieron Patota'. Fui y le pregunté a Simón por qué me lo había puesto y me dijo que parecía estar en una riña de gallos, una patota. Todo bien, no me enojé. En realidad en esa jugada arranqué para adelante porque para atrás no podía ir”.

Sin embargo, “los amigos que me conocen me dicen Sebita -aclaró-. Me dicen Patota los que no me conocen”, recalcó. Y el apodo Sebita (apócope de su nombre) también tiene su anécdota detrás: “Mi padre iba a todos los partidos de Nacional a verme. Y había una cábala. Si yo antes del partido iba al baño a hacer lo segundo, mi viejo decía ‘si Sebita fue al baño se está sacando los nervios, hoy va a andar bien’. Y me quedó Sebita, aunque en Argentina también me decían Uru”.

“A mi viejo lo extraño mucho, lo amo. Era más feliz él de verme jugar en Nacional que yo. Él seguía pensando que yo tenía cinco años. Se me caen un par de lágrimas cuando lo recuerdo”, contó emocionado.

El caño en la cabeza y su amistad con Di Zeo

En Huracán de Parque Patricios, donde jugó desde 1999 a 2002, fue figura. Convirtió 23 goles, un récord para un defensor. Estuvo a punto de ir a Boca en 2001 porque Carlos Bianchi lo quería, pero Huracán no vendía jugadores a equipos argentinos. “Por eso fue el Flaco Schiavi”. En 2003, pasó al Uralán de Rusia. Fue el primer uruguayo en jugar en aquella liga, de la que guarda una anécdota: “Tres veces los rusos me pusieron un caño en la cabeza a orillas del río Volgogrado. Me querían limpiar porque faltaba un millón de dólares y decían que yo me lo había quedado. La tercera vez les dije, llorando, que gatillaran. No tengo tres huevos, pero voy al frente. El cónsul de Uruguay me llevó a vivir a su casa y me sacó del país. Dos años después me pidieron disculpas porque el que se había choreado la plata fue el ayudante técnico”.

Carrasco lo convocó a la selección nacional en 2003 y al regreso de Rusia integró el plantel que disputó un partido contra Argentina en el estadio Ciudad de La Plata.

Es amigo de Rafael Di Zeo, líder de la Doce, la histórica barra brava de Boca Juniors. Y no lo oculta, lo cuenta con orgullo. “Yo era amigo del Oso Pereira, que era mano derecha de él, hasta que lo mataron. Pero cuando yo estaba en Aldosivi, un amigo del Oso fue a ver a unos chicos de Lanús, tenían problemas internos entre ellos. Entonces me puse al lado de él y lo saqué. Cuando llegué a Buenos Aires nos encontramos a comer y apareció el Flaco, porque así le decimos a Di Zeo. Me dio las gracias por lo que había hecho, porque no lo hace cualquiera, me dijo. Le dije que si era amigo del Oso, era mi amigo”. Ahí sellaron la amistad.

Morquio destacó el respeto que existe entre ambos: “Es buena gente, leal, derecho. No tengo que decir cosas que no son. Cuando Nacional fue a La Bombonera en 2007, estábamos en un palco con gente de Nacional, pasó gente de La Doce y dijeron ‘está el uruguayo’. Entonces el Flaco puso gente para que no nos pasara nada. Cuando vino Boca al Parque Central yo estuve ahí para que no hubiera ningún problema”.

También recordó cuando en un partido por la Copa Mercosur del año 2000 fueron 300 hinchas de Nacional y 20 de Huracán caminando desde el puerto de Buquebús en Buenos Aires hasta La Bombonera. “No cantamos nada contra Boca y llegamos sin problemas”.

“No reniego jamás de lo que soy. Yo iba a la Sagrada Familia, era de clase media alta. Un nene bien. Mi padre y mi abuelo trabajaban en el mercado agrícola y yo estaba con los pichis jugando a la pelota en la plaza número 2. Tengo los dos vocabularios, el de gente bien y el de gente pichi, y eso molesta. Soy políticamente incorrecto. Fui el primer jugador en subirme a un para-avalancha, el primero en ponerme la camiseta con el escudo de Nacional y mostrarlo festejando un gol en Huracán, Di Zeo es mi amigo y debo ser el primer deportista que pide trabajo por Twitter. Pero lo importante es que hay que saber caminar en la vida. No soy un mal agradecido. Banco a mis amigos. No soy juez ni Dios para andar diciendo si alguien es bueno o malo. Morquio tampoco es un ladrón”.

La cárcel y un trabajo frustrado

A fines del año pasado estuvo preso durante un mes por un incidente doméstico, pero que según él tiene otras connotaciones. Su perro arañó la cara de su mamá y una vecina lo denunció. La policía lo fue a buscar y lo procesaron por desacato. Ahora sigue con arresto domiciliario entre las 23 y las 7 horas.  “Mi problema fue que me sacaron fotos con gente pesada de Argentina y en Uruguay, me vieron en el talud de Nacional cuando yo era técnico en Cerro, entonces me tenían entre ceja y ceja, y me procesaron por un arañón de perro. Pero yo camino derecho, ellos con su negocio de barrabrava y yo con el mío que es el fútbol. Fui barrabrava y nunca le saqué un peso a Nacional”, admitió.

“En el clásico que Nacional perdió 5-0 me sacaron una foto en el talud. Yo había ido a decir que nosotros no suspendíamos partidos ni abandonábamos y por eso la hinchada sacó las bengalas y cantaron más que nunca”, Sebastián Morquio

Las últimas dos semanas de la condena las pasó en la cárcel de Florida: “Tengo que pedir disculpas a los privados de libertad porque yo estuve en una viña, me trataron muy bien. Y soy agradecido a Nahuel, fanático de Nacional al que le dejé la camiseta. Todos se portaron 10 puntos conmigo y me dieron de comer porque a mí no me llevaron la caja de comida que me mandaron”, indicó.

Cuenta con los dedos de la mano a las personas de fútbol que lo llamaron: el técnico Gastón Machado, Fabián Carrizo, Gastón Casas. Ni de Nacional, ni de Huracán recibió un mensaje. “Les agradezco también a mis abogados Víctor Della Valle, que yo le digo tío y que fue un puntal después que falleció mi padre, y a Karen Pintos, una leona que integra su bufete. A ellos les debo la libertad”.

“Con cuatro hinchas de Huracán recuperé la bandera ‘Bolso Locura’ en cancha de Vélez. La tenía la hinchada de Vélez que estaban con gente de Estudiantes y Peñarol”, reveló. 

Como intermediario futbolístico Morquio llevó entre otros a Rafael García a Atlético Tucumán, a Ignacio Lemmo a Chile, también trabajó con Leonardo Burián, además de acercar a Bergessio a Nacional en 2018.

Esta semana, después del furor que causó la publicación de su tuit pidiendo trabajo, lo llamaron del colegio Elbio Fernández para ofrecerle el cargo de entrenador del equipo de fútbol, pero no se concretó: “Les conté que estaba procesado, me dijeron el horario y el dinero que iba a ganar. Pero después me llamaron que por tener restricción de 23 a 7 no iba a poder porque a veces los entrenamientos terminaban a las 12 o 12:30 de la noche. Me sentí discriminado, eso pasa cuando uno tiene necesidad y es sincero”.

El día que se realizó esta entrevista, más o menos a la hora 18, Morquio acotó con sinceridad: “A esta hora recién estoy almorzando, almuerzo y cena, gracias a la ayuda de mi amigo Marcelo Pusso. Estoy viviendo en una casa que me prestó Della Valle y mañana le voy a hacer llegar a mi madre con un amigo la medicación que necesita, porque yo no me puedo acercar. Durante mi carrera hice muchísima plata, fui millonario y ahora no tengo un peso. Es la vida, esto pasa, los seres humanos tenemos errores. Pero soy la misma persona con plata y sin plata”, apuntó.

Por último, le pidió al periodista que publicara una frase: “Dios le pone a sus mejores guerreros sus peores guerras. Creo en él y nunca me va a fallar. Mi San Jorge siempre me está cuidando”. Aquel soldado romano claudicó defendiendo su fe, este soldado uruguayo no quiere dar el brazo a torcer.

Trayectoria
1997/1999, Nacional
1999/2002, Huracán
2003, Uralan, Rusia
2004/2005, Alianza Lima
2005/2006, El Porvenir
2006/2007, Universidad Católica, Ecuador
2007/2009, Progreso
2009/2010, Aldosivi
2010/2011, Español
2011/2012, Maipú de Mendoza
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