Ella es una voz que serpentea por el cerebro del espectador, mientras aparece a la vista un futuro de colores pastel donde las incomodidades desaparecieron y las fantasías se entrometen en la realidad en forma de programas de computadora. La voz (Scarlett Johansson) es casi puro placer. Theodore (Joaquin Phoenix) la disfruta en alma propia y, en ese sentido, es un álter ego del espectador.
La relación entre el sistema informático y el héroe melancólico está bien planteada. La eficiencia del programa es abrumadora, pero la sensualidad y la calidez de esa voz esconden algo más que eficacia. Ciertamente, si es una conciencia, no es la del usuario sino que empieza a desarrollar una personalidad propia, que se cuestiona su lugar en el mundo y su relación con el cliente, al que parece apreciar de una manera cada vez más íntima.
Phoenix elabora un personaje de gestualidad y carácter contenidos, que plantea una gama de matices muy variada en una banda aparentemente no demasiado ancha. Nunca se excede, nunca explota, nunca se apresura. Es capaz de hacerse predecible y aun así mantiene el encanto.
Se acepta con facilidad la relación de los protagonistas como algo que simplemente sucede y la pareja empieza a compartir la vida con naturalidad. Al principio son amigos y se escuchan y se ayudan ante los desafíos que plantea la realidad. Luego pasan a una relación más profunda y carnal y empiezan a vislumbrarse los primeros problemas, distancias, rencores.
Por un lado, la computadora está descubriendo el mundo, fascinada. Por otro, el protagonista empieza a ser capaz de disfrutar la vida otra vez, de sentirse necesario para alguien, de ser el guía, ojos y oídos de un ser sensible e incorpóreo.
La película se sostiene por la química entre sus personajes y eso es lo que hace que se tolere muy bien un planteo moroso y conversado con uno de los protagonistas que no tiene cuerpo. Para que la experiencia fuera completa, sin embargo, habría hecho falta que el nudo y el desenlace tuvieran un poco más de fuerza.
Porque en lugar de un acercamiento poético, fantástico o sorprendente, el guionista y director Spike Jones (¿Quieres ser John Malkovich?) optó por un tono serio, almidonado, como si hubiera llegado la hora de moralizar al respecto.
De esa manera, lo que hubiera podido ser un ejercicio audaz y una reflexión inteligente se convirtió en una película más larga de lo conveniente. El director queda en el debe. Lo que ganó en oficio es notorio: domina el material con solvencia y los actores están muy afinados, pero le faltó la audacia que le sobraba a su guionista Charlie Kaufman en Malkovich.
La cinta se llevó el Globo de Oro al mejor guión y está nominada en esa categoría y la de mejor película a los premios Oscar.