21 de noviembre 2015 - 8:38hs

Cuando las tropas de la Alemania nazi entraron en Checoslovaquia en 1938 fueron recibidas por miles de personas que las saludaron con el brazo derecho extendido y la palma abierta. Cuando los soldados soviéticos ingresaron a Praga en 1945 fueron recibidos por miles de personas que los saludaron con el brazo derecho en alto y el puño cerrado.

Siempre se conseguirá un puñado de necios para cualquier causa.

La fe y la pasión mueven montañas, como mueven a yihadistas y cruzados. La mayor parte del cuerpo social, que no participa de esas batallas, es rehén y víctima, aunque a veces, por acción y omisión, pueda ser cómplice.

Los ataques terroristas en París el viernes 13 de noviembre, una gota más en un mar de sangre, confirman que está lejos de terminar la guerra abierta o soterrada, de alta o baja intensidad, que el islam y el Occidente cristiano libran desde hace unos 1.300 años.

Es cierto que la brecha entre el islam y Occidente muchas veces es forzada o ficticia, como la lucha de clases. Pero, pese a los privilegios de la modernidad, el mundo sigue siendo un lugar áspero y competitivo, repleto de odios y profetas violentos.

Francia no es inocente. La tragedia de Siria, que se evapora en la guerra civil más sangrienta imaginable, hasta cierto punto es responsabilidad de las ínfulas coloniales de británicos, franceses o rusos, que durante demasiado tiempo han intervenido en la región, como lo hace Estados Unidos. Pero la guerra civil siria es ante todo responsabilidad de la familia Assad y la casta militar que conduce el país como un feudo; es responsabilidad de las facciones que se levantaron para derrocarlos, y es responsabilidad del integrismo musulmán, que busca una patria.

Las migraciones, conquistas, rebeliones, la paz y la guerra son una constante en la historia, y lo seguirán siendo. Antes que los franceses, el territorio de la actual Siria fue poseído por egipcios, persas, griegos, romanos, bizantinos y turcos, entre otros. Francia no es responsable por eso.

Es cierto que los muertos de París no valen más que los que cada día mueren en Siria, Irak, Afganistán, Nigeria y tantos lugares. Solo Bagdad padeció casi 2.500 víctimas por terrorismo en 2014. Incluso Francia tiene cada año muchas más pérdidas por accidentes de tránsito u homicidios que por ataques extremistas. Pero el impacto de la muerte tiene una dimensión subjetiva esencial, según la identidad cultural de cada quien. Los ancestros, las tradiciones, los prejuicios y los paradigmas importan. Un uruguayo se impresionará más por los muertos en París o Madrid que por los de Kuala Lumpur o Islamabad, del mismo modo que un musulmán siente casi suyo lo que ocurre en Indonesia o Chechenia.

Las religiones, las naciones, las ficciones y las costumbres importan.

Entre los paradigmas modernos del Occidente liberal está la tolerancia ante la diversidad. Pero es un agregado reciente al menú. Casi nunca fue así en la historia. Mucha sangre corrió bajo los puentes antes que se aprendiera a vivir en la diferencia. Y esa convivencia liberal, que en rigor solo existe en algunas regiones del mundo, es muy frágil. Una agresión interna o externa pueden provocar un rápido tránsito hacia la barbarie. ¿Recuerdan Yugoslavia?

Ahora en Oriente chiitas y sunitas se matan y compiten con la misma intensidad que en Europa occidental riñeron católicos y protestantes, o hasta hace muy poco guerrearon fascistas, comunistas y liberales. Judíos y palestinos ya batallaban hace 3.000 años, con David y Goliat a la cabeza, en los mismos sitios que ahora, cuando no existían Francia, Rusia o Estados Unidos; y, como van las cosas, parece que seguirán riñendo cuando esos estados, y muchos otros, ya no existan.

Siempre hay buenas excusas para matar y morir: una bandera, una patria, un territorio, una etnia, una religión, una ideología, un montón de dinero, muchos miedos, porque –como ha dicho León Felipe– el miedo del hombre ha inventado todos los cuentos.

La posguerra fría gestó un mundo más integrado y condescendiente en nichos precisos y acomodados, entre los que, hasta cierto punto, puede incluirse París, sinónimo de diversidad. Pero París será más paranoica, Europa será menos tolerante con la inmigración y las creencias ajenas, y muchas personas aceptarán más guerras.

En las últimas décadas la Europa opulenta ha importado decenas de millones de inmigrantes como mano de obra barata, para que hagan lo que los europeos ya no tienen ganas de hacer. Legiones de ciudadanos clase B se dividen entre el agradecimiento y el resentimiento, mientras nuevas masas de desesperados caminan hacia Europa, en procura del velloncino de oro.

Roma cayó cuando dejó de trabajar, cuando regaló el trigo pues lo sustraía a sus colonias, cuando contrató a otros para que lucharan en su nombre, cuando transformó la política en un arte de degenerados y mercaderes, cuando dejó de procrear porque los hijos son una molestia y gestó un abismo demográfico. Pero ya advirtió Aldous Huxley que la más grande lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia.

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