El algoritmo no es nuevo. Lo utilizábamos mucho antes de que existiera Twitter, Youtube, Netflix, Spotify. Aunque a veces no había un término para describirlo, en general estaba marcado por una frase puntual: “si te gustó esto, te va a gustar esto otro”. Y a diferencia de la oscuridad de las recomendaciones digitales que las plataformas hoy nos arrojan a la cara con intereses puramente lucrativos, a nuestro algoritmo humano lo movía el cariño de la recomendación, la generosidad al compartir un trozo de lo que nos había hecho feliz.
Por suerte esto sigue pasando. Basta con echar un vistazo a las redes sociales, que están plagadas de recomendaciones, llenas de “si te gustó esto, te va a gustar esto otro”. Y cuando aparecen fenómenos culturales masivos o, al menos, populares, el ejercicio se potencia. Eso fue lo que pasó con la serie Poco ortodoxa de Netflix, que cuenta la huida de Esty, una mujer judía de 19 años, de su comunidad jasídica ultraortodoxa afincada en el barrio de Williamsburg, en Brooklyn, Nueva York. La historia, basada en las memorias de la autora Deborah Feldman, se convirtió en una bomba para el servicio de streaming y con apenas cuatro episodios marcó la cancha para el resto del año, al menos en el terreno de la popularidad.
Así, la curiosidad por las costumbres e historias dentro de esta comunidad particularmente radical y cerrada aumentó de forma exponencial. Varios autores e investigadores de la realidad de estos judíos escribieron artículos o hicieron charlas de Zoom, y quienes habían visto alguna que otra cosa sobre el tema se apuraron a poner en funcionamiento las recomendaciones e hicieron entrar al juego a dos producciones muy diferentes y bastante anteriores: la serie Shtisel y el documental One of us. Y como Netflix no masca vidrio, entró en escena al instante: ambas realizaciones quedaron a la vista y prontas para consumir en la página principal de la plataforma.
Por fuera de la discusión sobre la calidad de estas dos ficciones que se dedican al universo jasídico –quien escribe no vio Shtisel y no pudo terminar Poco ortodoxa–, no deja de ser una buena noticia que One of us haya vuelto al frente de la vidriera. Porque cuando se estrenó, en 2017, pasó bastante desapercibido. Incluso a pesar de ser una de las historias mejor contadas y más estremecedoras que tiene para ofrecer la plataforma.
¿Libres?
El escenario es el mismo que en Poco Ortodoxa: la comunidad jasídica ultraortodoxa de Williamsburg, en Nueva York. Las túnicas negras, los tirabuzones en el pelo y los sombreros extraños también proliferan en esas calles estadounidenses marcadas por las letras hebreas. Pero los protagonistas son tres: Etty, Luzer y Ari. Cada uno de ellos tiene problemas y necesidades que, a su juicio, serán satisfechas al escapar de este entorno que los contiene desde su nacimiento. Y el proceso a partir del que lo hicieron es lo que expone este documental de poco más de una hora y media realizado por las directoras Heidi Ewing y Rachel Grady.
Luzer es el primero. Y ya no quiere creer en la religión. No entiende la fe de sus pares, lo tiene cansado y no la busca para su vida. Su sueño es convertirse en actor y vivir de eso Los Ángeles. Pero renegar las raíces no le será sencillo.
Etty, en tanto, es la que tiene más vínculos con la historia de Esty en Poco ortodoxa –sin contar la casi coincidencia en el nombre–. Como mujer, en la comunidad solo tiene espacio para ser madre y está presa de una relación abusiva que su comunidad habilita y pretende no ver. Por eso se rebela y enfrenta consecuencias bastante desagradables. Pero también consigue una especie de libertad.
El caso de Ari, el más joven, baja a oscuridades más profundas: a las dudas y temores que tiene, se le suma un episodio de abuso sexual que lo aparta de cualquier tipo de reconciliación con su sociedad. Se siente dañado y quiere repararse lejos de allí.
Al combinar estas tres historias, personalidades y situaciones diferentes, One of us esgrime el que probablemente sea su mayor logro: mostrar de manera contundente que en comunidades tan aisladas e insulares como la de los jasídicos de Nueva York, los traumas y las consecuencias emocionales y psicológicas se desparraman sin discreción. No lo hace, además, juzgando, señalando con el dedo o demonizando a esta comunidad; muestra los hechos, los testimonios, y espera que cada uno saque sus conclusiones.
Así como muestra Poco Ortodoxa, en el documental queda patente que las mujeres sufren especialmente la opresión de sus pares, como muestra la terrible historia de Etty y sus hijos, pero el sufrimiento no se limita a ellas y se ramifica a jóvenes, adultos y niños. En ese contexto, los que “despiertan” –como los tres protagonistas– sienten que el contacto con el resto del mundo ya no solo es una bocanada de aire fresco en medio de la rutina de asfixia social: es oxígeno que necesitan para sobrevivir.
En un marco de tiempo de poco más de dos años, One of us apela al coraje de estos tres protagonistas, que hablan y exponen las injusticias de su entorno con voz firme y clara. Los tres recuerdan sus abusos, cómo sus familias los olvidaron, cómo encararon el exilio, y cómo la ciudad de Nueva York, en cierto modo, también hizo oídos sordos a sus problemas y evita mirar las pautas y condiciones que instala esa zona de Williamsburg.
Pero sus historias muestran otra cosa más. Mientras que el final de Esty en Poco ortodoxa es amable y, digamos, feliz, para Luzer, Etty y Ari las cosas no marchan tan bien. Para estos tres exjasídicos, el precio a pagar por salirse es afrontar consecuencias permanentes y seguir ligados al lugar en el que nacieron. Es una carga con la que deberán lidiar siempre. Y eso es libertad, sí, pero a medias.