Las primeras medidas específicas anunciadas por el nuevo gobierno argentino generaron optimismo en algunos sectores deprimidos de la economía uruguaya, aunque son apenas un calmante inicial a las agudas dolencias que nos crearan los años aciagos de Cristina Fernández de Kirchner y a las generadas por nuestros propios problemas internos. Tendrá impacto favorable y relativamente rápido la eliminación a fin de este año de la Declaración Jurada Anticipada de Importaciones (DJAI). Este instrumento, impuesto por el matonismo del entonces secretario de Comercio, Guillermo Moreno, frenó durante años el ingreso de mercaderías del exterior como parte del proteccionismo kirchnerista. El resultado, además de desabastecer a Argentina de insumos esenciales, fue derrumbar nuestras ventas al país vecino por los sectores fabril, automotor y otros. Ahora podrán reanudar algunos negocios, aunque limitados por la pérdida de mercados y contactos durante varios años.
El presidente Mauricio Macri confirmó también la reducción gradual de las retenciones a la soja y total para el maíz, el trigo y la carne. Se anticipa que puede implicar cierta ventaja competitiva para Uruguay porque la medida supone eliminación de subsidios kirchneristas a derivados de la soja y el trigo que nuestro país produce. Pero, por otra lado, profundizarán las dificultades para competir con el mercado agropecuario argentino, que se expandirá con las medidas de Macri. El nuevo presidente apuesta obviamente a que los productores que retenían stocks del agro a la espera de mejores condiciones empiecen a venderlos y generen el flujo de dólares que su gobierno necesita con apremio. En esta presunción y en créditos por no menos de US$ 8.000 millones –que el presidente confía recibir de grandes bancos internacionales–, descansa el ingreso rápido de dólares para paliar las ínfimas divisas que le dejó el kirchnerismo y solventar la anunciada liberación del mercado cambiario.
Esta última medida ayudará al hasta ahora coartado flujo de turistas argentinos, en tanto es posible que se reactive la construcción. Pero otras necesidades importantes están pendientes. Incluyen la eliminación de las arbitrarias restricciones portuarias y restablecimiento de armonía en la común actividad fluvial, fracturados por la hostilidad kirchnerista. Eso es muy probable que se consiga. Es posible también que si Macri tiene éxito en sus complejos proyectos para la recuperación, los efectos en Uruguay a largo plazo ayuden a enfrentar el oscuro panorama actual de nuestro país.
Junto con el enfermo Brasil y la desacelerada China, nos golpean perspectivas decrecientes de crecimiento de no más del 2% en el mediano plazo, un desempleo en aumento con unos 13 mil envíos al seguro de paro por mes y un mayoritario pesimismo de empresarios encuestados, que anticipan más caída de actividad en el sector industrial y en el consumo interno. El gobierno aparece atascado entre las demandas sindicales de mayor gasto y un presupuesto deficitario por menor recaudación pero igualmente optimista. Los cambios argentinos de apertura y ordenamiento algo ayudarán a medida que se vayan concretando. Pero su efecto llevará tiempo y, en el mejor de los casos, serán para Uruguay un paliativo y no una curación.