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Pequeñas joyas en el corazón de Bahía

Pueblos perdidos de la época de la fiebre del diamante se transforman para el turismo y las comunidades alternativas

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24 de septiembre de 2017 a las 05:00

La pequeña ciudad de Lençóis, en el corazón del estado de Bahía, nordeste del Brasil, tiene un límpido aire colonial: calles empedradas, casas de colores, puertas y ventanas altas y en rápida sucesión, y un par de plazas centrales repletas de jóvenes.

Sus calles de trazado irregular, que siguen los accidentes del terreno, muy diferentes al clásico damero colonial español que impera en el Río de la Plata, son jalonadas por sitios de hospedaje y diversión.

Lençóis está a unos 420 kilómetros al oeste de Salvador, la capital del Bahía, rumbo al centro de Brasil. Se llega por rutas relativamente buenas aunque a veces son entorpecidas por filas de grandes camiones. También arriban vuelos de la aerolínea Azul a su pequeño aeropuerto.

La ciudad, que ahora tiene unos 7.000 habitantes, logró cierto esplendor en el siglo XIX gracias a que entonces era la puerta de entrada a la Chapada Diamantina, una enorme región de serranías de la que se extraían diamantes. Hoy hay otras puertas de entrada a la Chapada –como Mucugê, Andaraí o Palmeiras– pero Lençóis todavía las aventaja en belleza y pretensiones.

Lençóis se denomina a la falda de una sierra, aunque significa “sábanas”. Algunas versiones dicen que la ciudad debe su nombre a los toldos extendidos como sábanas de los campamentos de garimpeiros (buscadores de diamantes) que le dieron origen en 1848, en plena “fiebre” de buscadores de fortuna.

Sierras, valles, ríos y lagunas

La Chapada Diamantina tiene unos 38 mil kilómetros cuadrados (el 22% del territorio uruguayo) en el centro del Estado de Bahía, e incluye un gran Parque Nacional de más de 1.500 kilómetros cuadrados.

Las “chapadas” son formaciones rocosas de más de 600 metros de altitud, que terminan en grandes áreas planas, como mesetas. El nombre “Diamantina” se debe a que en esa región se explotó el diamante entre el siglo XIX y mediados del siglo XX, hasta que la producción de diamante sintético redujo drásticamente la demanda.

La Chapada Diamantina, cuyos picos chatos superan los 2.000 metros, es una sucesión de sierras rocosas, valles húmedos poblados de arbustos y árboles exuberantes y tierra amarilla o roja. En ella nacen varios arroyos y ríos de montaña, de aguas cobrizas por el arrastre de minerales, que crean hermosas lagunas, como el Pozo Encantado o el Pozo Azul, o grandes cascadas, como la Cachoeira da Fumaça, cuyas aguas caen 400 metros hasta disolverse en una nube de espray.

El Vale do Capão

La región quedó despoblada después que se marcharon los antiguos buscadores de diamantes, que llevaron una vida atroz entre socavones y aldeas de piedra. La Chapada Diamantina comenzó a renacer con el turismo, y con el arribo en la década de 1970 de comunidades de culturas “alternativas” similares a las que pueblan el Cabo Polonio, en Uruguay. Entre esas poblaciones destaca el Vale do Capão, o Caetê-Açu, con un ambiente por completo opuesto a Lençóis: místicos, ambientalistas, disidentes valerosos, predicadores new age, hippies viejos, hijos perdidos de papá, niñas ricas en año sabático.

No es sencillo llegar a Vale do Capão. Es preciso andar 460 kilómetros entre Salvador de Bahía y la pequeña ciudad de Palmeiras. Luego hay que bordear la Chapada por más de 20 kilómetros, por un camino quebrado, con subidas y bajadas abruptas, pedregales y un polvo rojizo agobiante. Los vehículos sufren el castigo, aunque también es posible hacer ese trayecto en camionetas carrozadas, al estilo de los antiguos viajes al Polonio en la flota de El Francés.

Pese a su aislamiento relativo, Vale do Capão –que tiene unos 1.500 pobladores permanentes y muchos otros fluctuantes– no es un sitio inhóspito y marginal, sino rústico y algo esnob, con multitud de artistas callejeros y un exclusivo festival de jazz en setiembre. Hay dinero, y servicios básicos para el turismo cool, desde energía eléctrica hasta internet, pasando por tiendas, sitios de comidas y hospedajes.

Turismo agreste

Toda el área de la Chapada Diamantina es recorrida por amantes de la vida agreste y las actividades al aire libre: caminatas, natación, camping, exploración de grutas, descenso por laderas de piedra (rappel). En invierno los días son tibios y las noches frescas, muy distinto al bochorno del trópico.

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