31 de marzo de 2013 15:34 hs

"¿Y esta situación cuánto tiempo va a durar antes de estallar?”. Esa es, como tantas veces ocurrió en la historia reciente, la pregunta que se hacen los argentinos diariamente.
Es que si algo genera consenso en esta sociedad en permanente debate es que la situación económica no podrá prolongar sus distorsiones actuales sin que, tarde o temprano, se produzca una corrección más o menos brusca.

Como síntoma más evidente del nerviosismo y el malhumor social, el dólar paralelo se muestra indomable, sin que las antiguas fórmulas para disciplinar el mercado surtan efecto. La apelación a que los financistas amigos salgan a vender dólares para crear una sensación de estabilidad ya apenas dura un par de días.

Y ni siquiera sirve como consuelo el hecho de que el mercado del dólar blue –clandestino– maneje un pequeño volumen. Porque lo que advierten con insistencia los economistas es que el peor riesgo de un tipo de cambio paralelo no es su tamaño, sino que se transforme en el nuevo referente de la economía, al punto que todos los precios empiecen a tomarlo como señal para indexar.

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De hecho, ya hay importadores que, ante la incertidumbre sobre si en el futuro tendrán acceso al tipo de cambio oficial, comienzan a ajustar sus precios de manera tal de acercarse a la cotización del mercado paralelo. La tendencia se exacerba en la medida en que la distancia entre el dólar oficial y el blue sigue incrementándose y ya orilla el 70%.

“En determinado momento de la brecha, esto termina con impacto en los precios. En el fondo, el aumento del dólar es la contracara de la inflación”, sostiene el economista Carlos Melconian, uno de los que sostiene la tesis de que, más que pedir dólares, lo que hacen los argentinos es huir del peso.

Pero la preocupación va más lejos, porque lo que se está advirtiendo es que el problema del tipo de cambio trae un efecto “congelante” sobre la economía. El ejemplo más claro es el del mercado inmobiliario, donde las operaciones prácticamente se paralizaron desde hace un año, sin que el gobierno tenga éxito en su “batalla cultural” por pesificar una actividad tradicionalmente dolarizada.

Pero el efecto está ahora trasladándose al resto de la economía, donde la tasa de inversión se desploma a un ritmo de 8% respecto del año pasado.

“La inversión, en estas condiciones, no se recuperará. Ninguna empresa ingresará dólares a $ 5,10 para financiar nuevos proyectos”, afirma un informe de la consultora Analytica.

Los hechos parecen darle la razón, con la caída de grandes proyectos de inversión, como el de la minera brasileña Vale do Rio Doce, que suspendió un emprendimiento por US$ 6.000 millones que la propia presidenta Cristina Fernández de Kirchner había mostrado como un ejemplo de confianza en el país. Esta compañía, tras intentar infructuosamente que el gobierno le validara un mayor precio para liquidar sus dólares, y además preocupada por las trabas para remitir divisas a la casa matriz, anunció su partida del país y se convirtió en un emblema de la caída en la inversión. Hasta los propios funcionarios K, según trascendió, admiten en privado que el tipo de cambio oficial de $ 5,10 es insostenible, y hay propuestas para acelerar el ritmo devaluatorio. No solo para incentivar a que los exportadores liquiden sus stocks sino porque son varios los sectores que muestras serios problemas de competitividad.

En este contexto, los tibios pronósticos de crecimiento económico, que los analistas ubicaban en un promedio de 2%, empezaron a ser revisados a la baja.

“Está estancado el nivel de actividad hace seis meses, no generamos empleo nuevo, la masa salarial ha dejado de crecer y hay una leve aceleración de la inflación con una transitoria disminución por el congelamiento de precios”, es el sombrío diagnóstico que hace Miguel Angel Broda, uno de los economistas más influyentes sobre el ámbito empresario.
Mientras los noticieros cuentan estas malas noticias todos los días, los argentinos están preocupados por un tema central: cómo su poder adquisitivo se ha ido deteriorando sistemáticamente.

Parecen lejanos los días en que la inflación era un tema que a la gente le resultaba indiferente en la medida en que su ingreso salarial se ajustara periódicamente. Ahora, lo que muchos analistas están observando es que el consumo parece haber sido elegido por el gobierno como la nueva “ancla” de los precios, ante el agotamiento del dólar y de las tarifas de servicios públicos en esa función.

El resultado es imaginable: los funcionarios recomiendan a los sindicatos mantener la “prudencia” en las negociaciones salariales para que no haya “desbordes”, mientras la inflación amenaza con acercarse al 30% anual, el transporte público ya no puede continuar con sus boletos subsidiados y el fantasma de una megadevaluación recorre la city financiera.
En ese contexto, se exacerban las reacciones defensivas: muy lejos de la euforia consumista que caracterizó los últimos años, las compras de electrodomésticos caen a un ritmo de 7% y la vestimenta 8% en relación con los números de 2012. Y los únicos rubros que siguen explotando son aquellos donde hay sensación de “últimos días de oferta”, como el turismo y la compra de automóviles importados.

El panorama de baja inversión, volatilidad cambiaria, alto intervencionismo, dificultades para financiar el acto público, incremento de la conflictividad sindical, tiene para los argentinos un fuerte olor a “película repetida”. Y los antecedentes históricos llevan a que haya una fuerte expectativa por algún tipo de sinceramiento drástico en los precios. En otras palabras, una devaluación y aumento generalizado de las tarifas.

No son pocos los economistas que creen que esta es la salida inevitable de la situación actual, incluyendo algunos muy influentes, como el exministro Roberto Lavagna, quien insiste en que se está incubando un segundo “rodrigazo”, una alusión al inolvidable megaajuste de 1975.

Para Lavagna, se está produciendo un ajuste “en cuotas” y el gobierno intenta medidas que posterguen una devaluación por lo menos hasta octubre, cuando se realicen las elecciones legislativas. El funcionario hizo una polémica comparación con Venezuela, donde se depreció la moneda nacional poco después de la victoria electoral del chavismo.

En medio de ese clima enrarecido, el gobierno exacerba su vocación intervencionista y regulatoria. Al “cepo cambiario” se le agregaron medidas para encarecer el turismo, como un cargo de 20% en la compra de pasajes aéreos y reservas hoteleras.

Y, al mismo tiempo, busca transmitir estabilidad mediante un congelamiento de precios que ayude a enfriar el tono de la discusión salarial. El objetivo es que en el próximo trimestre, cuando la mayoría de la población haya cobrado sus salarios con un aumento, se produzca un shock de demanda que pueda reactivar la economía.
La propia Cristina Fernández dejó en claro cuál es la filosofía que alienta a sus medidas: la solución deberá pasar porque las empresas, en vez de remarcar precios, acepten menores márgenes de rentabilidad que serán compensadas por mayores volúmenes de ventas.
“Tenemos que entender que la rentabilidad se tiene que dar por mayor volumen y no por bajar la producción y subir los precios”, dijo la presidenta.

En coincidencia con ese shock de demanda, los próximos meses serán los que terminen con la sequía de dólares, porque empezarán a ingresar las divisas de la cosecha de soja, que se estiman en US$ 24.000 millones.

Pero los pronósticos de los analistas desbordan escepticismo. No solo no creen que se detenga la fuga de divisas (a pesar de todas las medidas restrictivas, el Banco Central sigue perdiendo reservas), sino que le asignan escasas chances de éxito al plan antiinflacionario.

Es cierto que en febrero se bajó la inflación a “apenas” 1,2%, lo cual luce como un logro frente al 2,7% de enero.

Pero los argumentos apuntan a que mientras el gobierno eluda atacar las causas profundas de la inflación, que son el déficit fiscal (en torno del 3% del PIB) y la emisión monetaria (en un impresionante ritmo de 40%), el resto de las medidas no pasarán de ser parches temporales.

Como indica el exsubsecretario Miguel Bein, el problema es que el modelo de crecimiento con inflación parece haberse agotado.

“Lo que se está discutiendo es cuánto más puede caer la tasa de ganancia una vez que el aumento en las cantidades no alcanza a compensar los menores márgenes unitarios. O cuánto tiempo se puede sostener una ganancia menor mientras se alcanzan los objetivos de la política”, afirma Bein.
Lo curioso es que ni los economistas más críticos creen que “precio verdadero” del dólar sea de $ 8,50 ni que el déficit fiscal sea tan grave como para que resulte inevitable una inflación de 30%. La acusación más escuchada es la de que solamente una manifiesta “mala praxis” del equipo económico llevó a tal estado de nerviosismo social.

A diferencia de otros momentos históricos, ahora la deuda externa es relativamente baja, y el país disfruta de un momento de altos precios en sus productos de exportación. Por eso se habla de una “crisis autoinfligida”.

“En el medio de una lluvia torrencial, los únicos que nos morimos de sed somos nosotros”, grafica el economista Broda.
La expectativa ahora está puesta en si el gobierno reaccionará con “más de lo mismo” con el objetivo de ganar tiempo, o si habrá señales en el sentido de corregir las distorsiones de fondo, algo que luce improbable en un año electoral.

Paradojas argentinas: hay analistas que creen que los que pronostican un estallido son, en el fondo, optimistas. Alegan que esas expectativas esconden un deseo de que, cuando se hayan resuelto las distorsiones, se abandone la fase de estancamiento y se vuelva a las “tasas chinas”.

Uno de quienes cree en esta segunda opción es Eduardo Levy Yeyati, docente y exejecutivo del banco Barclays, quien describe lo que vendrá como una lenta decadencia: “Ni emergencia ni hundimiento sino una lenta y prolongada deriva, justo en el medio entre el colapso y el milagro, entre el 5% de crecimiento de los oráculos oficiales y el -1% de algunos analistas menos pacientes con el modelo”.

Así está el humor de los argentinos por estos días. Entre los que esperan que “pase algo” con una mezcla de miedo y esperanza, y los que están resignados a un largo panorama de estanflación.

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