24 de julio de 2014 19:06 hs

La organización no tenía más de 50 años y si bien siempre estuvo presente en el sector, en los últimos años había tomado un mayor protagonismo en virtud del negocio en el que actuaba. Ésta incidía directamente en las regulaciones aplicadas a las empresas del sector, en los permisos de exportación, en la promoción de productos y otras tantas actividades.

Este amplio alcance de funciones demandaba muchas veces correr de un lado para otro, gestionar la descentralización en la toma de decisiones asegurando un marco de criterios, articular con el directorio y alinear la cadena de mando. Carlos siempre pensó que el trabajo era desafiante e interesante y eso lo alentaba en el compromiso diario.

Alicia, con quién Carlos trabajaba en estrecha colaboración, al momento que entró a la oficina intuyó instantáneamente lo que pasaba por su mente; “otra vez el tema de la cohesión y la pertenencia”. Alicia arrimó una silla y mirándolo fijamente le dijo; “tú y yo sabemos que los cambios no son un problema, el desafío es cómo transmitir los valores de que quienes construyeron esta organización a las nuevas generaciones”.

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Si bien está organización había sido fundada hacía medio siglo, experimentó en el correr de los años fusiones que le agregaron competencias, exigencias y la necesidad de administrar la conjunción de distintas culturas. Además, para el sector la modalidad de actuación era un tanto novedosa, desde su conformación hasta las vías de actuación.

En todos esos años sus trabajadores forjaron una manera de hacer las cosas, convinieron tácitamente formas de proceder dónde debieron balancear las competencias encomendadas con una realidad que demandaba el soporte suficiente para ser transformada.

Las historias de estos verdaderos “forjadores” son frondosas, son los relatos de quienes construyeron y dejaron el alma, de quienes no temieron equivocarse, sino por el contrario temieron quedarse paralizados sin sentido alguno, sin tener qué aportar al sector.

La organización transitó épocas duras mientras definía su semblanza. Contribuyó a trasformar las empresas del sector, primero en procesos administrativos-contables y luego en procesos tecnológicos. Hoy quienes peinan canas y se refieren a esos años, por sobre todas las cosas tienen presente que el nivel de involucramiento necesario era una elección personal, puesto el simple alcance de las competencias no era suficiente para apoyar la trasformación de todo un sector, ellos debían ir mucho más allá del deber…. y es lo que efectivamente hicieron.

Carlos era adicto a las herramientas de gestión, siempre buscaba nuevos esquemas y ejemplos que mejoraran la eficacia y efectividad de la organización. Sin embargo, las palabras de Alicia le hicieron ver algo que siempre resulta ser base fundamental en la gestión de toda organización; la impronta de sus fundadores y los valores compartidos por el colectivo que forjó la organización.

Esto que podríamos denominar la “cultura de la fundación” queda impregnada en las organizaciones y toda medida o acción que nos dispongamos llevar adelante debería al menos considerarla. Representa el acervo más genuino de cohesión. Conservarlo y proyectarlo en aquellas organizaciones que pueden sentirse orgullosas de su historia da sentido a sus propios fines y a los del colectivo. Ignorarlo y perderlo termina siendo como un barco sin timón.

En homenaje a los trabajadores que a lo largo de estos años han forjado una organización con alma, propósito y sentido del deber, como lo es el Instituto Nacional de Carnes. He aquí nuestro humilde tributo.

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