El Consejo Directivo Central (Codicen) de la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP) se embarcó en una reforma educativa de fondo, en todos los niveles de la enseñanza obligatoria, que es tan necesaria como urgente si la aspiración de Uruguay es seguir subiendo peldaños de la escalera del desarrollo.
Y es muy apropiada la manera en que el presidente del Codicen, Robert Silva, está liderando el camino de los cambios en la enseñanza, que es verdaderamente esquivo desde la segunda mitad de la década de 1990, cuando las corporaciones de sindicatos de la enseñanza pusieron palos en la rueda a la reforma de Germán Rama, en defensa de intereses propios más no del país.
Pese a la manida frase de “educación, educación, educación”, del expresidente José Mujica, para ilustrar la importancia de las políticas públicas en un área en franco deterioro, los gobiernos del Frente Amplio hicieron muy poco al respecto. Incluso hubo un retroceso si pensamos en los dirigentes de izquierda moderada que en su momento acompañaron el camino de Rama.
Ahora Silva, que tiene una gran experiencia en la gestión educativa y conoce de primera mano los nudos gordianos del sistema, anunció el inicio del proceso hacia la reforma, adelantándose al discurso apocalíptico de la dirigencia gremial.
En lugar de una comunicación que se activa en las críticas, y de encerrar el proceso en el secretismo, eficaz para alimentar las teorías conspirativas, Silva habla del norte de la reforma al conjunto de la comunidad educativa y a los padres de familia.
En una reciente entrevista en el programa de radio En Perspectiva, el jerarca explicó que la meta de las autoridades es realizar “un cambio integral de todo el sistema curricular educativo”.
Particularmente se detuvo en las adecuaciones que necesita la enseñanza media superior de Secundaria, acorde con lo que ya está sucediendo en otros sistemas educativos del mundo.
En lugar del enfoque afrancesado de un plan de estudio que prepara para una disciplina como hace medio siglo, se quiere instaurar un régimen con énfasis en las competencias y habilidades, algo consistente con las necesidades de los jóvenes para una adecuada inserción social.
Hizo referencia a la importancia de que los alumnos adquieran en el bachillerato competencias humanas, formación ciudadana, en tecnología y una segunda lengua, junto a saberes fundamentales, como los de la asignatura de Matemáticas e Idioma Español.
De un modo transversal, sumó un aspecto relevante, como supone el abordaje de asuntos socioemocionales, una herramienta que contribuye a manejar mejor situaciones disruptiva como la pandemia.
El jefe del Codicen contagia entusiasmo cuando explica un modelo educativo flexible: un tronco común de materias y otras tantas de libre elección del alumnado.
Pensar las habilidades, destrezas y conocimientos que necesitan un bachiller en el mundo del presente significa poner foco en la formación de los jóvenes para el desenvolvimiento en la vida, independientemente de los estudios universitarios.
Bienvenido el debate educativo, con una hoja de ruta transparente y con objetivos muy claros. Ojalá que el Codicen pueda desterrar los fantasmas que suele instalar el relato gremial que impide la deliberación razonada y el entendimiento