14 de enero de 2013 19:21 hs

Las exportaciones uruguayas de bienes siguen superando año a año sus propios récord y esa es una buena noticia. Incluso sin considerar la evolución de los precios –que agrandan las cifras–, Uruguay exporta más soja, más carne y más lácteos que años atrás. Por supuesto que es una buena noticia, porque siempre es mejor vender más que vender menos. ¿Pero es suficiente para sentirnos satisfechos? Por supuesto que no.

El crecimiento de 9% de las exportaciones de bienes del último año se concentró en productos de origen agropecuario o de ligera industrialización. La soja –que pasó a ocupar el primer lugar como producto de exportación–, explicó por sí misma 75% del crecimiento del monto de bienes colocados en el exterior. Eso quiere decir que si no hubiera sido por la soja, la carne y el trigo, las exportaciones uruguayas no habrían crecido en 2013.

Y esa no es una buena noticia. No lo es porque un país que apoya exclusivamente su crecimiento exportador en productos de origen agropecuario, en actividades que emplean un escaso número de trabajadores y generan poco valor agregado, no está sentando las bases para un desarrollo sustentable de su economía.

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Por supuesto que es bienvenida la inversión extranjera en tierras, en métodos más avanzados de explotación agrícola, en la extracción de materias primas que durante mucho tiempo ni siquiera soñamos con tener. Pero eso no es suficiente. Si bien las perspectivas son que los precios de los productos alimenticios se mantengan altos por un buen tiempo, lo cierto es que un crecimiento sostenido en el sector agrícola depende de variables que no controla el país y eso implica seguir viéndonos arrastrados, de forma alternada, por vientos de cola y de frente, con períodos de gran crecimiento y riqueza que se turnan con bruscos reveses que echan por tierra los progresos alcanzados.

Para lograr vuelo propio es necesario destacar en el mundo, no por lo que crece en el suelo o lo que se encuentra debajo, sino por lo que los uruguayos puedan ofrecer mejor que el resto. El debate no pasa solo por la competitividad de precios y cuánto cuesta industrializar determinado producto en Uruguay o en otro lado del mundo, sino por la capacidad de los uruguayos para adelantarse al mercado mundial e innovar.

Para eso se necesita una educación que aliente los procesos creativos y que dé a las nuevas generaciones las herramientas necesarias para moverse en un mundo donde la única constante es el cambio. Tenemos un sistema educativo de la primera mitad del siglo XX orientado a necesidades y desafíos que ya no existen, que han mutado por completo. Un país de tres millones de habitantes debería adaptarse mejor a los cambios que uno de 50 millones. Esa afirmación parece lógica pero qué lejos estamos de hacerle honor.

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