13 de abril 2012 - 20:01hs

Si usted es una de esas personas que necesitan una explicación para cada cosa y que solo encuentran la paz cuando el misterio está resuelto, le aconsejo de corazón que renuncie a la lectura de Cartas marcadas, el último libro de Alejandro Dolina.

El encanto del libro es justamente la ausencia de sentido, en medio de aventuras épicas y románticas, pasajes de suspenso y acción y erupciones inesperadas de profundidad filosófica y fina poesía.

Dolina es fiel a sí mismo, a su estilo como autor, desde que publicara aquellas deliciosas crónicas de los Hombres Sensibles de Flores en la legendaria revista Humor.

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Hay un ambiente borgeano en este libro envuelto en una niebla espesa, en la que no se distinguen cuerpos ni almas y donde las sombras danzan y las identidades y las historias se mezclan. Las asociaciones con los relatos Tlon Uqbar orbis tertius, El libro de arena y La biblioteca de Babel, de Jorge Luis Borges, son inevitables.

El libro de Raziel, que aparece y desaparece y es escrito, tachado, quemado y reescrito por sucesivas generaciones, es el que dicta de alguna manera el destino de los personajes de Cartas marcadas. Ese concepto de libro mágico, consultado y modificado por conscientes o casuales demiurgos, es una seña de identidad borgeana.

Dolina lo complementa con su devoción por lo chabacano, esa vocación irreprimible por intercalar un coro que entona “una vieja fue a cagar/en el medio de la vía” a pocas páginas de un poema en el que Alá recorre, para distraerse, los pasillos del mundo de lo que no sucedió.

No sería Dolina si no apareciera ese gusto por hacer propia la voz del barrio y esa obsesión por lo erótico que lo han hecho famoso. Y también ese cinismo menos moderado por la perplejidad intelectual y por la precisión de lenguaje que tiene el autor de El Aleph. Lo de Dolina es más parecido a una bofetada. Toda posibilidad de esperanza se cierra de un alegre portazo.

Cuento chino

El libro empieza con un “relato chino a manera de prólogo”, titulado El disfraz de Chang An. Es una fábula que cuenta la afición por los disfraces en la ciudad de Po, no lejos de la capital imperial de Chang An. Los habitantes de Po llegaron a ser maestros del disfraz y durante las fiestas todos jugaban a ser otro. La costumbre se extendió al imperio entero y a la vida toda. Los intentos de restablecer identidades únicas para cada cuerpo fracasaron. Así, entonces, parecería advertir el autor, cualquier intento por identificarse con un personaje o pretender al menos una coherencia de algunos de los agonistas, es totalmente vano.

El libro se promueve como la “primera novela” de Dolina, pero esa categoría está inspirada en la extensión, en el grosor del libro, pero no en la evolución dramática de los personajes que se debería esperar de una novela.

Lo que hay son líneas narrativas, tomadas por algún personaje como si se estuviera tomando un tren. Así, el ruso Saltzman, Manuel Mandeb y el poeta Allen recorren un mundo caleidoscópico, infestado de maravillas, junto a un personaje central, Ferenzky, de quien el autor ha dicho que es su alter ego.

Vocación

En declaraciones al diario Clarín, Dolina ha dicho de sí mismo: “Yo soy un poeta mediocre, un artista de segundo orden, lo que quiera se lo admito: póngame dos estrellitas y está bien. Pero sí soy un poeta y un artista, porque así me siento al escribir, al pensar la situación humana”. Dolina desestimaba, de esa manera, los elogios que se le puedan hacer por su capacidad para conducir un programa de radio, como el que conduce desde hace casi tres décadas, con un éxito firme. Para él la literatura es algo más serio, que involucra más esfuerzo, más dolor y que requiere más talento.

Dolina lo tiene, sin dudas. Por momentos Cartas marcadas exhibe una prosa cargada y a la vez elegante y sutil. En otros pasajes, el lector debe pagar la cuenta de la vocación lúdica del autor. Para citar un par de ejemplos incómodos: las más de las veces, las tachaduras simplemente enlentecen la lectura y el capítulo 92 está escrito enteramente en cirílico, un alfabeto que no está muy difundido entre los lectores de habla hispana.

Para quien no busque el confort sino la zozobra, la aventura, el riesgo, Cartas marcadas es un buen juego.

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