Más allá de los motivos puntuales que movilizaron a los operadores del mercado a alterar sus portafolios, la suba del dólar de las últimas semanas era una suba obligada. Era, además, una suba posible, porque se dio en un momento en el cual el dilema entre inflación y competitividad entró en una fase de moderada distensión.
La competitividad con Brasil fue, durante mucho tiempo, un ancla para la política económica. El país siempre pagó muy caro el distanciamiento cambiario con sus principales socios comerciales, en particular con Brasil.
Pero el año pasado el gobierno hizo una apuesta arriesgada. Ante un escenario de crecientes presiones inflacionarias derivadas de una dinámica de aumentos salariales –cuyo freno implicaba un importante costo político que el gobierno no estaba dispuesto a pagar–, el gobierno permitió que el flujo de capitales especulativos deprimiera el dólar en Uruguay y mitigara las presiones sobre los precios.
No se trataba de que la inflación volviera al rango meta. Parece ser que el objetivo de mediano plazo del gobierno –más allá de la meta explícita de entre 4% y 6%– era que la inflación baje de 8% y solo era percibida como amenaza cuando empezaba a escalar el 9%. En todo caso, se trataba de evitar que la ocurrencia de eventos inesperados llevara a una inflación de dos dígitos.
El gobierno apostó, en definitiva, a que el escenario externo y la dinámica interna iban a terminar licuando las presiones inflacionarias y que la desviación cambiaria, por lo tanto, iba a ser acotada en el tiempo y en su intensidad. Era una apuesta arriesgada, pero al final las cartas salieron a su favor.
La baja de los precios internacionales y el enfriamiento de la economía doméstica redujeron efectivamente las presiones inflacionarias y sobre todo, quedó descartada la posibilidad de que, en el corto plazo, un shock de precios proveniente del exterior dispare la inflación por encima de 10%. Eso permite hoy atender la competitividad, justo en el momento en que los datos desalentadores en el crecimiento de los países emergentes auguran un escenario más hostil desde el punto de vista cambiario.
Esto es, la depreciación de la moneda uruguaya ganó urgencia en el último mes, que coincidió afortunadamente con el período menos doloroso en términos de inflación para realizar ese ajuste. Una vez más, el país corrió con la suerte a su favor.