En diciembre de 2014 el presidente electo Tabaré Vázquez se mostraba con una actitud arrolladora. Así lo destacaban en conversaciones informales sus allegados, aquellos que días después serían designados en importantes puestos de gobierno.
En particular, uno de ellos argumentaba que la situación política con la que llegaba Vázquez a su segundo mandato era inmejorable: sin intenciones de seguir en la política, ni preocupaciones por la popularidad o un futuro electoral, podía arriesgar e ir a fondo.
Se lo veía decidido a realizar transformaciones profundas en áreas donde todo el sistema político diagnosticaba problemas: la educación y la seguridad. Además, Vázquez demostraba en ese momento sus fuertes intenciones de avanzar en una estrategia más agresiva de inserción internacional.
En términos futbolísticos, a finales de 2014 se veía a un Vázquez dispuesto a ir a todas las pelotas y trancar fuerte con quien lo frenara, incluso en la interna de su partido político. Era una estrategia plenamente ofensiva.
Este quinquenio era una oportunidad para arriesgar, pero a la vez para dejar un legado histórico. Así lo vivía al menos su entorno político.
Dos años después de asumir, y usando la misma jerga deportiva, Vázquez luce cansado, parado en la mitad de la cancha, sin intenciones de atacar demasiado.
Hay un ejemplo que fue el punto de inflexión. En 2015 el gobierno avanzó en su idea de realizar un "cambio en el
ADN de la educación". Los gremios se pusieron de punta contra ello y de a poco, con distintas excusas, realizaron decenas de paros. Llegó un momento en que Vázquez se enojó y los enfrentó. Tomó una medida inédita en la enseñanza uruguaya: firmó un decreto de esencialidad para obligarlos a trabajar. Los docentes resistieron también esa norma y desafiaron la autoridad del presidente, que finalmente cedió y no aplicó sanciones.
Allí Vázquez empezó a perder el partido. La derrota se consolidó cuando meses después destituyó del Ministerio de Educación y Cultura a las personas que más impulsaban las transformaciones.
Otro ejemplo fue en materia de inserción internacional, cuando contrario a la opinión del canciller y el ministro de Economía decidió sacar a Uruguay de la negociación por el TISA (un acuerdo sobre el
comercio de servicios a nivel global), luego de la fuerte oposición sindical y del Frente Amplio.
Hace pocos días, en
Alemania, declaró que Venezuela "es una democracia" porque tiene a tres poderes funcionando. Decidió así no comprarse nuevos problemas con Nicolás Maduro y con el Frente Amplio por este tema.
Pese al cambio hacia una estrategia conservadora, o por consecuencia de ella, la popularidad no se condice con los niveles que exhibió durante su primera administración.
Lo bueno para el país es que aún le quedan tres años para recuperar el impulso de los primeros meses de gestión. Con la valentía que demostraba antes de asumir, seguro que podrá desarrollar los cambios que prometió.