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Vínculo de tecnología y ovinos favorece el crecimiento en las zonas marginales

Jornada en INIA Tacuarembó –Tejiendo saberes para un negocio rentable– mostró el potencial del Consorcio Regional de Innovación de Lana Ultrafina 

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20 de diciembre de 2018 a las 21:31

Incorporar un agronegocio en los establecimientos ubicados en los campos más marginales del Uruguay, que son además las zonas de menor desarrollo socioeconómico, es uno de los pilares que se propuso el Consorcio Regional de Innovación en Producción de Lana Fina para el Uruguay (Crilu), que hoy ha permitido aumentar casi en un 100% los ingresos por hectárea por haber cambiado la tecnología utilizada en los animales.

En esta iniciativa se contemplan aspectos de innovación, competitividad, desarrollo de capital humano y mecanismos de inclusión social, integración y cooperación entre los actores del agronegocio.

Es una herramienta para lograr objetivos mayores y el rol protagónico que tienen los productores es algo a desatacar.

Esto se difundió en la jornada Tejiendo saberes para un negocio rentable –el viernes 14 en el Anfiteatro del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA)–, en la que se presentaron los avances del proyecto Fondo de Promoción de Tecnología Agropecuaria (FPTA) “CriluMerino$”, donde los productores contaron sus experiencias.

Además se adjudicaron y distribuyeron reproductores Merino Australiano.

Fabio Montossi, director nacional del INIA, comentó a El Observador que la iniciativa ofrece una oportunidad única al ofrecer un producto natural que presenta la posibilidad de pegar un salto cualitativo en un agregado de valor que va más allá del valor intrínseco del producto, donde la ciencia y la tecnología juegan un rol fundamental.

“Estamos generando una nueva genética en la que el animal va a poder comer menos para producir más (eficiencia de conversión del alimento en el producto final).

Participan  activamente 42 productores de la zona de basalto del país.

Esto no es algo menor, porque el 85% del costo es el alimento”, dijo.

Participan activamente del proyecto 42 productores que son fundamentalmente de la región de basalto como Paysandú, Salto, Artigas y zonas de Durazno.

Respecto a los beneficios que recibe el productor, en primer lugar se encuentra el aspecto económico, porque se ha desarrollado en una zona complicada, desde el punto de vista de los suelos, un agronegocio muy rentable.

Montossi definió al Crilu como “una manera distinta de hacer las cosas, de cambiar una realidad productiva, y al fin y al cabo, la vida de las personas. Una forma distinta de hacer la investigación, la transferencia y la innovación”.

Crilu está en camino a cumplir 10 años. El proyecto Merino Fino es su principal antecedente y duró de 1998 a 2008, cuando nació el Crilu.

En esta segunda etapa, los consorciados que integran el proyecto tuvieron que poner un capital semilla para generar los pilares de un presupuesto para el uso y para que el propio Crilu cumpla con sus objetivos.

“En la jornada del viernes se entregó la genética generada en la unidad experimental Glencoe, el epicentro de todo esto. Todos los años se tiene que pagar por este recurso”, mencionó. 

Fabio Montossi destacó el valor de las palabras de la sigla Crilu: “Consorcio” significa una herramienta que va ligada a “innovación”, que es cuando esa investigación se transforma en un beneficio. En cuanto a “regional”, el proyecto se concentra en una determinada región que tiene ciertas particularidades, como el basalto. “Lanas finas”, es que los productores ya tenían esas ovejas, pero éstas tenían un micronaje mucho mayor. Además se tiene una proyección nacional ya sea por la herramienta, el consorcio, por el concepto regional o innovación, por eso la palabra “Uruguay”. 
Renovar al sector

En la situación actual del rubro –con el stock más bajo de la historia– este negocio brinda posibilidades de crecimiento, siempre de la mano de la tecnología.

Si bien no se recuperarían los más de 20 millones de lanares que hubo, para Montossi sí está claro un concepto: “Capaz es mejor tener menos ovinos, pero que produzcan el doble y generen el doble de ingreso. Ese es nuestro concepto hoy y lo que estamos demostrando”, dijo. De hecho, hay claramente una tendencia en estos productores a crecer.

Los lanares comen el 20% del pasto que consumen entre las vacas y las ovejas y generan el 40%. Es decir, comen la mitad y generan el doble de ingreso, señaló.
“Tenemos la obligación de seguir multiplicando esto y no nos cabe duda que al menos en esta región va a tener un efecto positivo para el ovino”, aseguró.  

¿Por qué Merino? 

La raza juega un rol fundamental en el proyecto. En primer lugar, porque se tiene que tener una lógica de ir hacia dónde va el mercado. “Este tipo de lana ocupa el nicho de mercado y tenía altas probabilidades de ser un éxito desde el punto de vista económico”, señaló. 

Además, se buscó el apoyo de una masa de productores y de líderes que realmente asumieran la responsabilidad de liderazgo y pudieran ser convocantes a otros actores para sumarse al desafío.

“Capaz es mejor tener menos ovinos, pero que produzcan el doble”.

El Crilu está cumpliendo 10 años y se viene una etapa de renovación y reconversión. Por eso, se pide a los productores que estén interesados en el proyecto que ingresen a crilu.org.uy y expongan dudas, sugerencias o intereses. 

La época negra de la lana y la caída de los mitos 
Francisco Donagaray es un productor rural de Salto y estuvo en el Crilu de manera activa desde sus comienzos. En diálogo con El Observador, contó que la iniciativa comenzó en 1998, en la década negra de la lana porque Australia decidió que toda aquella que no llegara a un determinado precio la compraba. Se generó un stock equivalente a seis zafras de lana y llevó 10 años digerirla. “Los merinistas vimos que el diferencial de precio entre la lana fina y la media era cada vez más grande. Apareció el INIA y el SUL y empezamos a afinar la lana, a conseguir material genético y a hacer mediciones objetivas”, contó. A los 10 años el SUL salió del proyecto y se creó lo que hoy es el Crilu. Aseguró que ha sido todo un éxito porque no le ha costado nada al Uruguay ni al INIA ya que es un proyecto que se autofinancia. “Ha sido todo un suceso, porque un productor, este año, por la diferencia de finura que tiene, más lo que ha aumentado el peso de vellón de la oveja, tenía un ingreso bruto de US$ 100.000 a favor por haber hecho ese proceso. El mito de no poder afinar sin perder peso de vellón y peso corporal es una mentira. Quedó demostrado que trabajando con índices y seriamente se puede lograr aumentar el peso del cuerpo, del vellón y a su vez bajar el micronaje”, dijo.  
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