La seguridad pública en Uruguay ya no se mide con la fría estadística del Ministerio del Interior, esa que los diferentes jerarcas intentan explicar en conferencias de prensa donde los números parecen no coincidir con la realidad de la calle. Y cuando eso sucede, la desconfianza hacia las autoridades, y la sensación de inseguridad, empuja a la gente a imaginar soluciones extremas para pararle la mano a la delincuencia.
Al parecer, una buena porción del uruguayo medio mira hoy hacia Centroamérica con una mezcla de envidia y fascinación. El presidente de El Salvador, Nayib Bukele, se ha convertido en una estrella para mucha gente de la región y no precisamente por su respeto a las garantías procesales. En su lucha exitosa contra la delincuencia organizada, particularmente contra las famosas maras, Bukele se llevó puestas garantías individuales de todo tipo y llenó las cárceles de presos a los que trata como animales y que algún día volverán a las calles con algo más que rencor.
Por eso, las encuestas son un mazazo para la corrección política de esta margen del Río de la Plata. Bukele, quien goza en su país de una aprobación que promedia el 80%, también despierta un respetable entusiasmo en Uruguay.
El presidente de El Salvador es el líder internacional que genera mayor simpatía entre los uruguayos, según una encuesta de la consultora Equipos de fines de marzo. La investigación midió la popularidad de distintos líderes internacionales, como Bukele, Lula Da Silva, Javier Milei, Donald Trump, Vladimir Putin, entre otros.
Entre los votantes de la Coalición Republicana Bukele recoge un 52% de simpatía, la antipatía es del 15% y el desconocimiento de 30%. En los votantes del Frente Amplio, en tanto, Bukele recoge 41% de simpatía, 29% de rechazo y 24% de desconocimiento.
Equipos subrayó en su análisis que la simpatía recogida por Bukele "no necesariamente significa una adhesión o apoyo a todas sus políticas" pero agregó que más allá de esa aclaración "los resultados muestran que su figura despierta atractivo en diferentes tiendas políticas".
Entonces, ¿qué espera esa gente? No necesariamente el estado de excepción, el encarcelamiento masivo, la costumbre de disparar para luego preguntarle al supuesto culpable.
Probablemente, lo que buscan, antes que nada, es la percepción de orden, porque la seguridad también es una puesta en escena. La gente no solo tiene que estar segura, tiene que sentirse segura. Y para sentirse seguro, a veces hace falta escenografía además de estrategia.
Si el gobierno quiere calmar el ansia de mano dura sin romper el cristal de la democracia, tiene que aprender el arte de llenar el ojo. Por ejemplo, la presencia de patrulleros en las calles es un placebo necesario. Un destello azul tal vez ayude a la salud mental del ciudadano más que diez operativos de inteligencia silenciosos que terminan en una detención que nadie ve. La dialéctica debería ser de enfrentamiento, aunque la práctica sea de contención. Porque el ciudadano de a pie necesita escuchar que “se terminó el recreo” de verdad, con palabras que retumben en el informativo central.
Hay que vender una firmeza que, aunque no se ejecute con la brutalidad de Bukele, se le parezca un poco en el envase. Es necesario un poco de marketing político aplicado a la prevención del delito, porque si la gente cree que el gobierno está presente, la angustia y el miedo declinan. Y, además, la angustia y el miedo suelen ser los principales enemigos de los políticos cuando llegan las elecciones. No por nada, la mayoría de los analistas consideran que tanto el Frente Amplio en 2019, como la Coalición Republicana en 2024 perdieron el poder, entre otras cosas, porque no supieron dar respuesta a los reclamos de los votantes en el combate al crimen.
Un equilibrio delicado
Claro que Uruguay no es El Salvador. Aquí tenemos una tradición de legalismo que nos impide, por suerte, caer en los excesos del régimen de excepción. Pero la política también es el arte de lo visible y si el gobierno no logra que gente “sienta” la seguridad, los números de homicidios podrán bajar un 10%, como anunció el ministro Carlos Negro, pero el miedo seguirá agazapado.
El grito de la tribuna llega ahora con acento salvadoreño y, la verdad, el sonido es muy poco agradable porque habla de una desesperación que considera como posible una solución que dejó por el camino garantías individuales que no deberían estar en juego en ningún lado.
Por eso, parece necesario promocionar una firmeza que llene el ojo de los que admiran a Bukele, pero sin desmadrarse como el mandatario centroamericano. Se trata de un equilibrio delicado: boca dura en el discurso y mano presente. Una especie de Bukele descafeinado, a la uruguaya.
En noviembre de 2025, durante una entrevista con Desayunos de Búsqueda, el presidente Yamandú Orsi fue consultado acerca de si a la izquierda a nivel internacional le costaba hablar de seguridad y el mandatario respondió: “antes a la izquierda le costaba hablar de seguridad. Hablaba de convivencia. Nos costó en Europa también. Teníamos el temor de que nos pegaran a concepciones reaccionarias. Lo dije en campaña, la seguridad es un derecho humano. La izquierda ya no tiene esa dificultad. Es seguridad y es convivencia. Es un tema que hay que hablar. El ejemplo es Bukele en El Salvador, es el ejemplo de un proceso".
Consultado si lo consideraba un ejemplo positivo o negativo, respondió: "Ejemplo para analizar”. Ante las previsibles reacciones en el sistema político, Orsi se vio obligado a aclarar luego que el fenómeno Bukele es un “ejemplo a analizar, no a seguir” porque sería “imposible de aplicar e inaceptable” en Uruguay.
Pero sus palabras quedaron flotando. Poco después, la politóloga y docente del departamento de ciencia política de la Facultad de Ciencias Sociales, Lorena Repetto, escribió en El Observador que la frase de Orsi sobre Bukele “no fue un desliz aislado, sino la señal de un dilema mayor”. “¿Hasta dónde podrían endurecerse las izquierdas sin perder identidad, y hasta dónde podrían evitar endurecerse sin arriesgar elecciones? Y, en última instancia, ¿cómo podría frenarse el avance de la violencia y el crimen organizado en una democracia consolidada como la uruguaya? Ese sería el trasfondo incómodo: el reconocimiento de que la demanda ciudadana de orden no desaparecerá, mientras que los márgenes democráticos para responderle podrían estrecharse cada vez más”, escribió Repetto. El dilema no es menor. Los moderados uruguayos, con razón o sin ella, tienen miedo. Y esta repentina fascinación por el modelo salvadoreño nos advierte que las respuestas democráticas ya no pueden permitirse el lujo de la demora porque cuando las soluciones tardan demasiado, la sociedad se va a buscarla a los lugares más inesperados.