5 de junio de 2026 10:54 hs

La música perdió otro ícono. Este viernes 5 de junio, Carlos Alberto Solari, el Indio, murió a los 77 años. El hombre detrás de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota y varias bandas más que llegaron a modo de secuela, una de esas figuras capaz de generar un culto a su alrededor y de prolongar una leyenda que llegó hasta el holograma en vivo, terminó sus días en su casa de Parque Leloir, en Buenos Aires. Lo que se lo llevó fue la misma enfermedad que adelantó sin nombrar en 2015 en una entrevista con Mario Pergolini, que reveló públicamente en un recital en Tandil en 2016 ante 200 mil personas y que lo alejó de los escenarios con un último show masivo en Olavarría, en 2017: el Parkinson.

"No es cáncer ni sida", le dijo a Pergolini en 2015. "Hay dolor, y el dolor me rompe las pelotas. Hay días que me quiero matar y hay días que ni se nota. Hay dolor, hay malhumor. Es la vida. Y esto es una cagada: he visto sufrir a la gente de una manera inmerecida. No tengo miedo. La curiosidad es más grande que el miedo".

El 12 de marzo de 2016, en el show de Tandil, remató y reformuló sus ganas de seguir: "Veo que en Internet está circulando con mucha fuerza la versión de que estoy muy enfermo y es verdad. Tengo un Parkinson que me está pisando los talones pero les aseguro que no me voy a bajar tan fácil de un escenario".

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La partida del Indio deja otro agujero más en el rock argentino, que empieza a perder al grueso de los nombres principales que moldearon la música que cambió la historia a partir de los años setenta. Su salud estuvo en el centro de la conversación desde que se tornó una cuestión pública, y sin ir más lejos en febrero de este año había trascendido que el músico había sufrido un ACV, algo que luego fue desmentido a través de su cuenta oficial de Instagram.

En los últimos años, Solari dio contadas entrevistas en profundidad, entre ellas una al periodista Julio Leiva en el ciclo Caja Negra en diciembre de 2023, donde decía lo siguiente sobre su alejamiento de los escenarios: "No me gusta que me vean así. Así como me retiré del escenario, porque no me gustan esos artistas. A mí nunca me gustaron los artistas viejos que se hacen los rockeros. A mí me dan un poco de pena. Me parece que es una cosa de jóvenes."

El año antes, en entrevista con la emisora Rock FM española, se había centrado en los pormenores de vivir con su enfermedad: “Es una enfermedad muy jodida, muy invalidante, se nota la progresión, el éxito que va teniendo el profesor Parkinson con mi vida. (...) Todo el todo tiempo jode, estás contracturado. A mí no se me da por temblar, me agarra como una contractura que quedo como un enano de yeso"

La imagen que queda ahora, de todos modos, sobre todo en la retina de quienes estuvieron presentes en algunas de las tantas misas ricoteras, dista bastante de ese final: lo muestra a él en su esplendor, abriendo los brazos, los ojos ocultos detrás de los anteojos redondos bien oscuros, agitando las masas con la potencia de una de las bandas más paradigmáticas de la música en español.

INDIO SOLARI

El camino del Indio Solari para convertirse en una leyenda

Carlos Alberto Solari nació el 17 de enero de 1949 en Paraná, Entre Ríos, aunque su infancia y juventud quedaron marcadas a fuego por la ciudad de La Plata. Ahí, en los años 70, antes de que su música potente y sus letras estrambóticas se transformaran en un fenómeno de masas, el Indio formó parte de un colectivo de artistas independientes y bohemios. En ese submundo conoció a dos personajes claves para configurar lo que se vendría: Eduardo Federico "Skay" Beilinson y Carmen Castro, a.k.a. La Negra Poli. Ahí, en los sótanos, mientras la dictadura argentina empezaba a morder, nació Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Skay se convertiría en su "dos" musical de ahí en más, y La Negra Poli en manager y productora de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

Por ese entonces, la bandera era la autogestión. Solari y compañía trillaban los subsuelos de la música rechazando los contratos de las discográficas y evitando el circuito comercial, una postura ética que el Indio mantuvo toda su vida. La explosión de Los Redondos llegó a partir del disco Gulp!, de 1985, pero sobre todo del que llegó un año después: el mítico Oktubre. Ese álbum, una obra lírica que trascendía solo a la música, todavía es considerado como un hito de la banda.

Embed - Ji Ji Ji - Estadio Único de La Plata - Indio en Concierto [2008] Full HD

Después llegó Un baión para el ojo idiota (1988), luego La mosca y la sopa (1991) y ahí sí: Patricio Rey saltó a los estadios. El pogo más grande del mundo se hizo realidad y los himnos como Ji Ji Ji hicieron temblar los cimientos de la música mientras cientos de miles de feligreses se congregaron cada vez que fueron llamados a la acción. Las movilizaciones masivas a lo largo y ancho de la Argentina, y de los países aledaños, se convirtieron en una característica admirada y temida. Esas avalanchas humanas dejaban rastros de epicidad y, en ocasiones, de tragedia.

Con el tiempo, la banda se resintió. La falta de coincidencia en lo musical y la disputa por algunas cuestiones vinculadas a los derechos provocó una separación que bordeó el trauma y marcó un punto de inflexión para el rock argentino. Sucedió en el 2001. Se terminaban los Redondos y llegaba la crisis, todo al mismo tiempo.

Pero el Indio no se retiró y, a partir de ese momento, empezó la construcción de su legado posterior. Armó una nueva banda llamada Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado y sacó discos potentes como El tesoro de los inocentes (2004) y Porco rex (2007). Siguió llenando estadios y generando multitudes todavía más grandes a medida que el mito se acrecentaba.

Embed - Nuestro amo juega al esclavo - Indio y Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado - Tandil 2016

Las letras de sus canciones siguieron teniendo esas mismas señas de identidad que encumbraron temas como La bestia pop, Un poco de amor francés, Un ángel para tu soledad: temas complejos, enrevesados, metafóricos y con una carga patente de ironía que golpeaba a la sociedad de consumo y la marginalidad.

A la par del hermetismo lírico de su canciones, estaba el halo de misterio que siempre envolvió a Solari. No daba demasiadas entrevistas, sus declaraciones siempre fueron algo crípticas, vivía casi como un ermitaño y sus últimos días acrecentaron esa realidad. Sus apariciones más recientes frente a miles de personas fueron digitales: algunos días antes de la pandemia, en marzo de 2020 en el estadio Malvinas Argentinas, en un show de Los Fundamentalistas, la banda presentó el tema La oscuridad cantado por una versión hologramática del Indio.

En 2022, Solari lanzó nueva música, incluso todavía más experimental, firmada bajo el nombre de El Mister y los Marsupiales Extintos. La última canción de ese proyecto solista se publicó en 2025 y fue el sencillo Súper-Dios Vs El Águila Guerrera.

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Indio Solari
Indio Solari

Solari sentía a la muerte cerca. Desde hace tiempo. Cuando reveló que estaba enfermo, en la recordada entrevista con Pergolini en 2015, había dicho que no era el miedo lo que primaba, sino la curiosidad. Al año siguiente, en una entrevista con la revista Rolling Stone, el Indio se rendía ante el reciente fallecido David Bowie, que dos días antes de morir había lanzado una despedida paradigmática: el disco final Blackstar.

La última obra debe ser impresionante, cuando no tengo nada que perder. Y eso es lo que hizo Bowie, una obra maestra”, había dicho. “Un tipo que hizo gala de su belleza, explotándola toda la vida, que de pronto se pone una máscara y se la saca… Es una maravilla, una liberación total”.

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