La segunda parte de la vida de Ana Fornaro (42) empezó cuando se encontró con la crónica. La primera terminó cuando dejó atrás a la poesía. Ambas se corresponden a dos ciudades que la atraviesan: Buenos Aires y Montevideo. Su hogar adoptivo y la capital que la vio nacer. En el medio de ellas está Francia, a donde fue a estudiar y de donde volvió a los 28, y en el medio también hay un cambio de paradigma. Llegar a ese punto de quiebre implicó una nueva forma de entenderse en la escritura, una ruptura y el comienzo de algo nuevo. Ahora hay un libro, Instrucciones para las ruinas, que documenta ese pasaje y esa consolidación en el mundo del llamado periodismo narrativo.
Fornaro es uruguaya, periodista y escribe desde antes de tener claro que de escribir quería vivir. Desde hace más de una década está radicada en Buenos Aires y desde allí construyó su carrera en el universo de la crónica, un género que descubrió, del que se enamoró y en el que encumbró a sus maestros en años de mucha lectura, formación y obsesión: Joan Didion, María Moreno, Hebe Uhart.
“Yo ya escribía poesía, pero lo que me copaba era escribir y el periodismo, pero me di cuenta de que el periodismo que yo quería hacer no era el de agencia o el diario. Yo ya consumía crónica, leía a Didion y quería ser como ella. Leía los reportajes de la Rolling Stone, y quería hacer algo así, aunque sabía que era muy difícil vivir de eso”, le dice Fornaro a El Observador en una cafetería de Montevideo, a donde vino de visita durante la última semana.
“En Buenos Aires me pude dedicar un año a ser freelancer, algo que hoy sería una locura hacer, y me permitió empezar a escribir o a pensar los textos que tenía ganas. Me volqué a escribir y también a estudiar. Fueron unos años en los que leí un montón y de una formación muy consciente.”
El despunte se produjo cuando pasó a formar filas como colaboradora de un experimento que, en una especie de premonición a su preferencia actual por lo híbrido, buscó cruzar a la Academia con el periodismo y que se llamó (y se llama) Revista Anfibia. Su primer perfil allí fue el que escribió sobre Víctor Hugo Morales, uno para el que dice haber hecho cinco versiones hasta que finalmente le encontró la vuelta. Después, su carrera la llevó a escribir para Brecha, La Diaria, para el icónico suplemento Radar de Página/12, después fundó su propio medio —Agencia Presentes— y desde hace algunos años se encarga de la dirección editorial de la revista Lento, una de las contadas publicaciones que se dedican a editar crónica en Uruguay.
Y en los intersticios de esa carrera profesional es que salen los textos de Instrucciones para las ruinas, un libro que hace algunas semanas publicó Estuario en Uruguay, y que antes había tenido su versión argentina de la mano de la editorial Cerro Amarillo. La autora, que además tiene sangre literaria ya que es hija del autor Milton Fornaro, pasó por el tamiz del tiempo a todas sus piezas periodísticas y se quedó con catorce: cinco de largo aliento y nueve más escuetas.
“La elección no fue muy racional. Elegí las que más me gustaron y las que me parecían que se podían sostener en el tiempo. Por ejemplo, el perfil de Víctor Hugo Morales creo que está bien, pero está muy anclado a su pelea con Clarín y toda esa época de cuando lo escribí. Esa ya es otra Argentina, porque realmente cambió todo en estos últimos quince años. Elegí aquellos textos que podían seguir hablándonos ahora, para que no fuera solamente una recopilación testimonial, sino que fuera un libro que lograra mantenerse vivo, que pueda decir algo de presente”, explica Fornaro.
En esa primera parte de la selección aparecen el perfil al hombre araña uruguayo del Parque Rodó, un reportaje sobre los “lobos de Wall Street” vinculados a los fondos buitres, la historia de un francés cuya hija fue asesinada en Salta y busca justicia, una radiografía sobre las empleadas domésticas del barrio privado bonaerense Nordelta y una crónica sobre el conflicto en Sahara Occidental y la ocupación marroquí, que posiblemente sea la mejor pieza del libro, que recuerda a algunos grandes reportajes bélicos y que tiene de todo: espionaje, un yo narrador marcado, personajes memorables, intriga, periodismo y literatura.
En ese texto, titulado Arena en los ojos y publicado originalmente en Lento, se lee lo siguiente: «Rogério es callado. Puede permanecer horas en silencio. Así hicimos parte del viaje, hablando poco. Estaban pasando demasiadas cosas y las palabras eran muletas incómodas, artificiales. Yo directamente no tenía referencias. Lo que estaba mirando y sintiendo era tan diferente a todo lo vivido que incluso mi narradora interior se quedó muda. Me cuesta describirlo, como al desierto. Pero en medio de ese peligro latente, de la escucha atenta, de personas que nos abrieron sus casas y sus vidas, de las calles sitiadas y los cascos azules inoperantes, hubo algo adentro de mí que también se calló.»
En la segunda parte del libro, esa sección donde están las crónicas más breves, el registro cambia y se acerca a la literatura del yo más pura. Dejan de ser exploraciones del mundo a partir del reporteo y el ejercicio periodístico, y aflora una mirada con mayor carga subjetiva, casi a modo de columna de opinión. Fornaro suelta las riendas de una voz que observa, analiza, procesa, opina e interviene. Y que experimenta la existencia a su manera. Entonces se registran un show de Coldplay donde todo luce artificial y predigerido, la muerte del verdulero del barrio, la adicción a tomarse un taxi, los viajes como lata de sardina en un avión, entre otras situaciones.
Es en esta sección también donde aflora una escritura que no teme acercarse a las emociones, algo que tal vez en las crónicas más tradicionales queda más aplacado.
“Es raro, porque no sé si estoy del todo de acuerdo con lo que voy a decir, pero creo que sacando a Joan Didion o a un par de representantes más, el género siempre fue muy tema de los varones, ¿no? Pienso en García Márquez, en Truman Capote, en John Lee Anderson. La crónica siempre tenía que ver con ese tipo que contaba desde un yo mental muy del varón. Creo que cuando empezaron a haber más representantes femeninas en la crónica, el género se abrió a un mundo distinto. Siento que las mujeres nos permitimos estar mucho más en el terreno de las emociones, y es por eso que lamentablemente durante mucho tiempo se habló de “literatura femenina” a esa que ponía en primer plano lo íntimo. Ahora, por suerte, eso cambió”, asegura.
Varios de esos textos fueron contratapas en clave más humorística que escribió para Brecha, Lento y Radar bajo el seudónimo de Juana Gris, algo que también le dio una gimnasia particular.
“En esas contratapas cristalizó algo que ahora impregna todo lo que escribo. La voz con la que me siento más cómoda está entre el ensayo, la narrativa, la crónica, la cosa más híbrida, y con un yo que está, pero que puede no estar.”
Fornaro ahora lee a Emmanuel Carrère, a Maggie Nelson, Rebecca Solnit, a Florence Aubemas, y sigue escribiendo. La segunda parte de su vida continúa con las señas que la identifican: su hogar está del otro lado del Plata y en la crónica deposita la fe de su escritura. Como dice en el prólogo de Instrucciones para las ruinas, es un impulso que obedece a una “vía liberadora” y a su “propio desconcierto”, y que además, para ella, permite valorizar un oficio que considera bajo fuego.
“En los últimos años las literaturas del yo y la no ficción empezaron a competir casi al mismo nivel que las novelas de ficción. Incluso en un momento tuvieron el protagonismo, aunque ahora decayó. Pero hace diez años hubo un boom, y eso estuvo bueno y también hizo daño. Estuvo bueno porque le dio como un estatuto al periodismo en un momento en el que está siendo muy atacado, pauperizado, tan precarizado. Por ende, reivindicar escrituras que se enuncian periodísticas es dignificar también un oficio que lo necesita. Permite robustecerlo. Por suerte siguen existiendo medios que lo permiten, y el libro, para eso, es como un regalo.”