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4 de agosto de 2026 12:44 hs

El fútbol suele quedarse con el grito de gol y el abrazo en el córner, pero el verdadero origen de los momentos de gracia casi siempre se construye lejos de los focos. El presente de Abel Hernández en Peñarol no es una casualidad ni un golpe de fortuna: es el resultado directo de una disciplina que no da tregua.

Con cuatro goles en sus últimos cuatro partidos, La Joya volvió a ser ese delantero determinante y voraz que la hinchada aurinegra esperaba.

El camino hasta este momento no estuvo libre de espinas. El comienzo de año fue sumamente complejo: aquel 17 de enero, en un amistoso veraniego frente a River Plate de Argentina en el Estadio Domingo Burgueño de Maldonado. Allí jugó solo los primeros 7 minutos con un esguince de rodilla grado 2 con afectación en el ligamento interno.

Fue una lesión lo marginó de la actividad. Prácticamente todo el primer semestre transcurrió entre recuperaciones, trabajos diferenciados y la frustración de no poder salir a la cancha a ayudar al equipo.

Una resiliencia basada en el profesionalismo

Sin embargo, a sus 35 años, Abel Hernández entendió que la única respuesta válida estaba en el compromiso diario.

Según confiaron fuentes de Peñarol a Referí, el delantero realizó una pretemporada ejemplar, caracterizada por la exigencia extrema.

Por decisión propia, apostó por rutinas de doble y triple turno, complementando los entrenamientos del club con un trabajo privado enfocado en la prevención de lesiones en gimnasio junto a un fisioterapeuta personal.

Esa preparación invisible es hoy el sostén físico que le permite competir al máximo nivel.

Diego Aguirre conoce bien el peso y la jerarquía que aporta el delantero. Si bien aún no le ha otorgado la titularidad indiscutida en la alineación inicial, Abel Hernández figura de manera permanente en los planes del entrenador y siempre aparece.

Ya sea desde el arranque o ingresando durante el desarrollo de los encuentros, su impacto es inmediato.

A su vez, formó distintas duplas interesantes con Leonel Jaime y con Matías Arezo, sin egoísmos.

Cada minuto en cancha lo aprovecha con una efectividad aplastante, transformando el ataque carbonero y exigiendo, partido a partido, un lugar en el equipo titular a fuerza de lo más preciado en el fútbol: el gol.

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