El médico constató la muerte de un hombre de poco más de 70 años. En el certificado escribió una sola palabra: senilidad. Otro paciente quedó registrado como fallecido por muerte inesperada. Un tercero murió, según el formulario, por caquexia, una pérdida extrema de peso. Ninguna de esas era, en realidad, la causa de la muerte.
Esa tendencia parecía no tener freno. Desde 2017, Uruguay registró un aumento sostenido de las llamadas muertes "inclasificables", hasta alcanzar en 2024 un récord: en uno de cada cinco fallecimientos de adultos mayores no podía determinarse con precisión de qué había muerto la persona. En departamentos como Paysandú, esa proporción llegó a representar una de cada cinco defunciones, sin importar la edad.
Pero el cierre definitivo de las cifras oficiales de 2025 muestra, por primera vez en casi una década, un cambio de dirección. La caída todavía deberá consolidarse con el paso de los años, aunque ya alcanza para abrir una discusión más amplia: cuando mejora la calidad de los certificados de defunción, también cambian las estadísticas con las que el país interpreta algunos de sus principales problemas de salud.
El término “inclasificable” no existe como tal para los médicos. Es en realidad una gran bolsa de causas de fallecimientos (codificado con la letra R) y que el manual de la Organización Mundial de la Salud le llama “signos, síntomas y hallazgos no clasificados en otra parte”. Pero, en buen romance, son casos que, a juzgar por cómo se llenó el certificado de defunción, no hay manera de clasificarlos en causas que faciliten la política sanitaria.
Los números, pese a la baja, siguen sin condecirse con una población del nivel de desarrollo de Uruguay y una capacidad de registros que carecen otros pares de la región. Hasta es motivo de consulta en simposios médicos, en conferencias demográficas, en los dolores de cabeza de quienes tienen que tejer las políticas.
Nataly Rodríguez, directora de Epidemiología del Ministerio de Salud Pública, reconoce esa preocupación y cuenta las primeras acciones que se tomaron. ¿Ellas contribuyeron a esta baja? Es una posibilidad, aunque recién el paso del tiempo dirá si la correlación fue causalidad.
“En 2025 se comenzó a trabajar en una mejora de la calidad de la información”, comienza diciendo Rodríguez con un tono lejos del sonido rimbombante porque sabe que “es recién el inicio de un proceso que debe seguir escalando”. Para la unidad de Estadísticas Vitales del MSP era imposible atacar a la vez las cerca de 5.000 muertes “inclasificables”. Entonces priorizaron aquellos que habían fallecido en una institución de salud (no en el domicilio o en la calle) y los casos que no habían pasado por un forense, cuando se presume que pudo haber una muerte violenta.
Los técnicos del MSP miraban las estadísticas, veían si había cifras “desmedidas” de muertes inclasificables en cada prestador y, a la vez, observaban qué médicos llenaban mal el certificado con más frecuencia. ¿Por qué? Una primera revisión de los casos iba confirmando la hipótesis de que muchos profesionales por olvido de aquello que aprendieron a mitad de la carrera universitaria, por desidia o por miedo no estaban completando correctamente el formulario.
Eso hasta se ve en el mapa de división departamental. Así es el comparativo de 2024 con 2025:
El Ministerio de Salud no fue con una lógica punitivita. Al contrario. Fue por el lado colaborativo para mejorar, recordar lo olvidado y formar. Muchos casos se solucionaban con solo mirar la historia clínica. Un médico del interior, quien prefirió el anonimato para no dejar expuesta a su colega de trabajo ni al prestador de salud, lo cuenta con una anécdota de esta semana:
—Estaba de guardia en las visitas a domicilio y me llaman para ir a constatar un fallecimiento. No había signos de violencia. Me comunico con la profesional de cabecera del paciente para que firme el certificado porque ella tenía acceso a la historia clínica más directa y conocía de memoria a ese adulto joven de unos 40 años. No lo quiso hacer. Tuve que ir a buscar la historia y ahí me encontré con diabetes, tabaquismo y antecedentes de cardiopatía isquémica. Era solo cuestión de conocer al paciente un poco para llenar correctamente y no querer sacarse la carga administrativa de encima. Para eso somos médicos con capacidad de firmar un documento de valor jurídico.
“Con las direcciones técnicas de los prestadores se iban identificando las dificultades y se daban recomendaciones de mejora”, cuenta Rodríguez, quien agrega que hubo también reuniones más colectivas (no solo individualizadas) y en un futuro el proceso debiera escalar a las emergencias móviles que ven muchos fallecimientos en domicilio o calle, a forenses (por más que su dedicación es el descarte de la muerte violenta que es lo que le importa a la Fiscalía y la Justicia) e incluso a cualquier médico que tenga el título habilitado.
El vacío o falta de precisión de la información es terreno fértil para las especulaciones. Algunos grupos antivacunas —no todos— daban a entender que la respuesta al aumento de las muertes inclasificables eran las vacunas de COVID-19. No les importaba que la tendencia empezara a crecer en 2017. Tampoco que, tras el exceso de muertes que significó la emergencia sanitaria, la mortalidad retomó los valores esperables para la marcha poblacional. Ni siquiera que en otros países con tasas de vacunación similares a las de Uruguay no aconteció ese vacío. Pero sus dudas, razonables en el sentido de que no se investigaban, también aportaron su incentivo para que el Ministerio comprendiese que no puede hacer una política sanitaria si la tercera causa de fallecimientos del país es inclasificable.
Y la mayor concentración de las muertes sin causa conocida está en los mayores de 85 años, en un país que envejece, que por quinto año consecutivo fallecen más de los que nacen, y que en 2070 las defunciones duplicarán a los bebés.
¿A dónde fueron a parar las muertes que se pudieron reclasificar? Estadísticas Vitales está en ese proceso. Las cifras globales muestran que la distribución de causas no varió. Las enfermedades cardiovasculares siguen a la cabeza y los tumores casi le pisan los talones. El aumento de fallecimientos por infecciones respiratorias tuvo un leve retroceso. Digamos que la foto no varía mucho de la de un año antes. Sí sigue notándose cambios por edades.
Entre los jóvenes las causas externas (suicidios, homicidios y accidentes) son un desafío en comparación a otras razones de muerte.
¿Hay una baja de la tasa de suicidios?
Calcule como se calcule hay una axioma: la cantidad de suicidios per cápita en Uruguay duplica el promedio mundial (o, mejor dicho, de los países que reportan a la Organización Mundial de la Salud).
La temática volverá a la agenda acorde se acerca la fecha nacional de prevención, el 17 de julio. Pero las cifras oficiales muestran una curiosidad: si no se hubiese actualizado la cantidad de habitantes (porque hubo un nuevo censo) la evolución no sería idéntica. Cambió el denominador:
La gráfica tiene a propósito un engaño visual. El eje Y no comienza en cero, sino que en 18 y termina en 25 para que quede más notoria la velocidad de caída según qué revisión se tome. La formal, tras la actualización del INE, es la de 2025 (en base al censo 2023).
No cambia demasiado, pero viene a todavía poner en duda si se está ante auténticas bajas de las tasas de suicidio o son cuestiones pasajeras.
El MSP puede justificarse diciendo que ahora se capta mejor la cantidad de suicidios porque hubo (en el período anterior) y hay en el actual más énfasis en el tema. Pero el sociólogo Pablo Hein entiende que las estadísticas en Uruguay siguen siendo poco contundentes, salvo para observar lo obvio. Por ejemplo, cómo los varones se suicidan más que las mujeres (es tan marcada que ni siquiera hay que alterar el eje Y):
Hay otras cosas evidentes, pero la encuesta más grande sobre el tema, liderada entre otros por Hein de la Universidad de la República muestra que los uruguayos piensan que muere más gente por accidentes de tránsito que por suicidio. Es al revés.
La mayoría piensa que la autoeliminación es más frecuente en los jóvenes, cuando los más veteranos tienen las mayores tasas. Menos del 5% imagina que en la primavera, en pleno florecimiento y más horas de sol, es cuando suele empezar el aumento estacional de suicidio que se va concentrando hacia el balance de fin de año. Se sigue ideando que el problema está en el invierno, en el frío, en los días nublados y cuando más cuesta secar la ropa.
Y puede que la explicación esté en otra respuesta de la misma encuesta: el 59% dice que en Uruguay se habla poco o nada sobre el suicidio. El tabú sigue merodeando la percepción y, tal vez, la charla.
¿Para qué sirven las estadísticas y el ajuste tanto de las muertes inclasificables y las tasas de suicidio? Para hacer políticas en base a la evidencia y no a un imaginario.