31 de mayo de 2026 5:00 hs

El invierno todavía no empezó oficialmente. El solsticio que marcará su llegada está a semanas de distancia. Pero el frío ya se instaló en la vida cotidiana. Aparece en el vapor que sale de la boca al amanecer, en la escarcha que blanquea el pasto, en las ollas de guiso que vuelven a ocupar las cocinas. También en señales menos amables: la emergencia para personas en situación de calle que activó el gobierno, la intoxicación de varios adolescentes por calefacción a combustión durante el último fin de semana y los pronósticos que anuncian irrupciones de aire polar, viento del sur y mínimas cercanas a los cero grados.

La llegada del frío abre una pregunta práctica para miles de familias: ¿cómo se calefaccionan hoy los hogares uruguayos?

La primera respuesta es alentadora. Cada vez más viviendas cuentan con al menos un sistema para calefaccionar sus ambientes. Según los censos, la proporción pasó de 86,6% a 88% entre una medición y otra. Pero detrás de ese dato hay una transformación más profunda.

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Los datos procesados por El Observador —con la colaboración del maestrando en Economía Aplicada Juan Ignacio Pintos— muestran que en poco más de una década cambió de forma significativa la manera en que los uruguayos enfrentan el invierno.

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En 2011, la electricidad ocupaba el tercer lugar entre las fuentes de calefacción más utilizadas. Era superada por la leña y el supergás, y apenas uno de cada cinco hogares recurría a ella para calentarse. En 2023, según los datos corregidos recientemente por el Instituto Nacional de Estadística (INE), la electricidad escaló al segundo puesto y ya alcanza al 31% de los hogares. El crecimiento fue de más de once puntos porcentuales entre un censo y otro. Si esa tendencia continúa, podría desplazar en los próximos años a la leña, que conserva una fuerte presencia especialmente en las zonas rurales. Ya hay indicios de eso siguiendo la Encuesta Continua de Hogares.

Alba Negrín, profesora titular de Toxicología, no oculta su satisfacción al conocer el hallazgo. “Cada vez que empieza el frío estamos acostumbrados a atender intoxicados por monóxido de carbono. Es un gas que no tiene color, olor ni sabor y que, si no existe una adecuada ventilación, aunque eso implique perder parte del calor del ambiente, puede resultar altamente tóxico”, explicó.

Desde esa perspectiva, sostiene que los sistemas eléctricos ofrecen ventajas evidentes en detrimento de la combustión. “Los aires acondicionados y algunas estufas eléctricas con termostato, siempre que tengan un buen mantenimiento y un uso adecuado, son preferibles desde nuestra disciplina”, afirmó.

La discusión, sin embargo, no termina allí. Un artículo publicado por la revista científica The Lancet estimó que el uso del aire acondicionado evitó aproximadamente 195.000 muertes en el mundo asociadas al calor entre personas mayores de 65 años durante 2019. Al mismo tiempo, los investigadores advirtieron que su expansión también contribuye al aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero, la contaminación atmosférica, los picos de demanda eléctrica y el fenómeno de las islas de calor urbanas.

El experto en Eficiencia Energética y Energías Renovables Ernesto Elenter, de la consultora SEG Ingeniería, matiza la segunda conclusión a la que llega The Lancet: “Los aires acondicionados son más eficientes (por cada kilovatio de la red de UTE dan tres de calor), es más económico en lo que cuesta calentar una habitación, es más seguro ante posibles accidentes, no libera el dióxido de carbono de la combustión que es uno de los gases causantes del efecto invernadero y tampoco arroja partículas al ambiente como la leña”. Y enseguida aclara: “Sí es cierto que hay algunos pocos días al año en que, por poco tiempo, se encienden mucho aires a la vez y eso lleva a picos de consumo eléctrico y, como consecuencia, tienen que crecer las inversiones sobre la estaciones y subestaciones de UTE”.

La deforestación como mecanismo de calefacción también tiene sus cuestionamientos y, aunque sea la más usada en el ámbito rural, es más cara. La última medición de SEG Consultores, hace diez días, calculaba que para calentar una habitación de 15 metros cuadrados, el aire acondicionado cuesta $ 647 al mes. La leña de estufa de alto rendimiento, $ 980. Y la estufa a leña abierta (la más popular), sube hasta $ 2.450.

En el siguiente mapa puede ver, departamento por departamento, cuál es el porcentaje de hogares que usa cada una de las formas de calefacción. Cuanto más intenso es el color rojo, mayor es la cifra de quienes más optan (o consiguen) la electricidad:

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Nuevo aires en los hogares

Antes de que el invierno empiece formalmente, debería arrancar el Mundial de fútbol. Y con él, esa otra forma de temperatura que cada cuatro años invade los hogares: la llamada "fiebre mundialista". Durante décadas, la lógica fue casi automática. Mundial significaba televisores nuevos. Pantallas más grandes. Promociones. Familias preparándose para ver los partidos desde el sillón.

Pero algo cambió.

"¿Qué Mundial?", responde entre risas uno de los principales importadores de electrodomésticos del país. La broma encierra una realidad que el sector observa con sorpresa. Lo que durante años fue una regla casi inalterable dejó de cumplirse. "En un año normal, más del 60% de los televisores se venden durante el segundo semestre. En los años de Mundial ocurre al revés: las ventas se adelantan". Esta vez no está pasando. Las pantallas no despegan y, en algunos casos, hasta los aires acondicionados están teniendo un mejor desempeño comercial.

Las explicaciones no son del todo claras. "Puede ser hasta una cuestión de ambiente, algo emocional", arriesga el empresario. Su compañía también opera en Paraguay y allí el fenómeno es diferente. "La zafra mundialista sí se nota", afirma.

Mientras los televisores pierden protagonismo, otro electrodoméstico gana terreno dentro de los hogares uruguayos. La comparación entre censos no permite medir con precisión cuánto creció la presencia de los aires acondicionados, pero las Encuestas Continuas de Hogares muestran una tendencia sostenida al alza desde 2008. Para 2025, el equipamiento ya alcanzaba a casi el 53% de los hogares.

El ingeniero Elenter resume una transformación que se consolidó durante la última década: "El aire acondicionado dejó de ser un aparato de lujo o de confort. Su precio se volvió más accesible y la gente empezó a percibir su funcionalidad". La clave está en lo que técnicamente se conoce como bomba de calor: la capacidad de extraer energía térmica del exterior para calefaccionar el interior de una vivienda. En la práctica, significa que el mismo equipo que enfría en verano también sirve para enfrentar los días más fríos del año.

Sin embargo, el crecimiento de los aires acondicionados también deja al descubierto otra brecha. Aunque explican buena parte del aumento del uso de la electricidad para calefaccionar los hogares, el censo los ubica dentro de la categoría de bienes de confort. Y allí emerge una diferencia marcada entre distintos sectores de la población.

La masificación no eliminó la desigualdad. Tomando como referencia a los uruguayos mayores de 25 años —una edad que suele asociarse con la culminación de una carrera universitaria—, los cálculos realizados por El Observador junto con Juan Ignacio Pintos muestran una desigualdad significativa: un adulto con estudios universitarios tiene casi el doble de probabilidades de vivir en una vivienda con aire acondicionado que una persona con primaria completa o menos.

La distancia aparece en todos los departamentos del país.

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La pregunta entonces es inevitable: si el aire acondicionado se volvió más accesible, ¿por qué sigue existiendo una diferencia tan marcada entre hogares de distintos niveles socioeconómicos?

La causa no es única, tampoco las hipótesis. Para muchos hogares en Uruguay el acceso al aire sigue siendo inaccesible. Puede que el rendimiento devuelva en su momento la inversión inicial, pero para eso hay que tener el dinero de ese primer gasto. Hay que hacer cambios de cables, algo de obra, pasar caños.

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Puede que haya factores culturales, como quien piensa que un equipo a combustión calienta más porque permanece a una temperatura alta luego de apagado. Para otro es una cuestión de movilidad, de la facilidad de llevar una estufa de súpergas con rueditas a otra habitación.

Y puede que atravesando todas esas hipótesis y la inequidad, haya termas comportamentales que todavía no han sido bien estudiados en Uruguay.

El doctor en Ciencia Política Santiago López Cariboni, quien viene estudiando la influencia del cambio del parque automotor por vehículos eléctricos, lo señala: “La manera en que sentimos una temperatura de satisfacción y cómo nos relacionamos con la temperatura ambiental exterior fue cambiando, incluso entre las distintas sociedades”.

Que haya un pico de demanda eléctrica en plena ola de calor de verano no es tan mala noticia, en el sentido de que las personas pueden refrigerarse y mejorar su calidad de vida, su productividad, su concentración. Pero a la vez, dice el cientista político, al Estado (a través de la UTE) le significa “sostener el abastecimiento sin tener que recalentar tanto la red. No solo por el daño de la red, sino porque genera ineficiencia”.

Uruguay hizo una transformación energética que el da cierto respaldo, pero, ¿qué va a pasar cuando al pico de uso de energía se sume una base de consumo mucho mayor con el boom de los autos eléctricos? López Cariboni enseguida se autorresponde: “Por suerte la mayoría carga los autos en la noche”. Y casi en simultáneo le sale otra pregunta: “¿Pero hasta qué punto hacemos un uso eficiente de la electricidad, de los horarios, de las tarifas?”. Y ahí, dice, “es algo que no lo sabemos, que está vinculado a la información, pero que excede a la típica división entre los más formados y los menos”.

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