27 de octubre de 2026 5:00 hs

Lula ganó la presidencia de Brasil por una diferencia de votos superior a toda la población de Uruguay. Más de 4,4 millones de sufragios que, en la escala del gigante sudamericano, apenas representaron 3,6 puntos porcentuales de ventaja sobre Flávio Bolsonaro: 51,8% contra 48,2%.

Pero el dato más importante de la elección brasileña no es cuántos votos separaron a los candidatos. Es que tres semanas antes, el ganador había perdido.

Lula consiguió lo que ningún candidato presidencial había logrado en la historia de los balotajes brasileños: dar vuelta una elección después de quedar segundo en la primera vuelta. Y con esa remontada puso en duda varias certezas que parecían instalarse en el análisis político: que América Latina giraba inevitablemente a la derecha, que los oficialismos estaban condenados a perder y que las encuestas podían anticipar razonablemente el desenlace.

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Para Uruguay, que volverá a elegir presidente en 2029, Brasil ofrece varias lecciones. La primera es, precisamente, desconfiar de quienes creen que ya saben qué va a pasar.

Las diferencias de tamaño, idioma, cultura política y hasta de sistema de votación entre ambos países son enormes. Pero ninguna es excusa para dejar de mirar lo sucedido del otro lado de la frontera.

Y ahí aparece la primera trampa. Pensar en 2029 puede ser demasiado lejano para la aceleración en la que vive el mundo y los giros cada vez más vertiginosos de las campañas electorales. Lula necesitó menos de tres semanas para revertir una elección que parecía cuesta arriba.

Su victoria —aunque lo deja en minoría en el Parlamento— también obliga a revisar dos máximas que venían repitiendo algunos analistas: el giro a la "derecha" en América Latina y la alternancia como norma, como si los oficialismos estuvieran condenados a perder.

Las comillas en "derecha" no son antojadizas. La literatura politológica sostiene que la escala izquierda-derecha tiene sentido siempre que los ciudadanos sean capaces de posicionarse dentro de ella. Pero ¿Trump qué es? ¿Y Putin? ¿Alcanza esa división para explicar todas las disputas electorales contemporáneas? ¿Por qué los medios recurren a calificativos como "ultra", "extrema" o "conservador", hasta quedarse casi sin adjetivos?

Uruguay sigue siendo, en ese sentido, un bicho extraño. La polarización ideológica y afectiva no ha alcanzado la intensidad que muestra en otros países, como había demostrado el estudio de El Observador junto a académicos de la Universidad de la República.

Pero eso no significa que tenga anticuerpos frente a una época de cambios acelerados, en la que los modelos que intentan medir la realidad —como las encuestas de intención de voto— terminan devolviendo, a veces, fotografías poco nítidas.

Las dificultades de los sondeos brasileños, los movimientos entre las dos vueltas y el comportamiento de distintos grupos sociales permiten identificar cinco pistas para entender cómo están cambiando los electores.

1. Los territorios importan, pero no explican todo

El doctor en Sociología Daniel Schteingart fue uno de los primeros en proyectar el resultado del balotaje brasileño cuando apenas se habían escrutado unas pocas secciones electorales. Y una de sus principales observaciones fue que el crecimiento de Lula no se limitó a sus bastiones tradicionales: se extendió por casi todo el mapa de Brasil.

Mejoró en los 27 estados y aumentó su apoyo en el 97% de los municipios, según el análisis de Schteingart. Si parte de su "magra" votación de primera vuelta estuvo relacionada con electores de pueblos pequeños que no se movilizaron, en el balotaje consiguió captarlos. Incluso tuvo aumentos de más de cuatro puntos porcentuales en grandes urbes como Río de Janeiro, donde Bolsonaro construyó buena parte de su base electoral.

El nordeste, donde Lula concentra su mayor fortaleza y vive buena parte de quienes se benefician de sus políticas sociales, terminó siendo decisivo. Después de la primera vuelta parecía que esa región ya no le alcanzaba para ganar.

"En la primera vuelta escribimos que el nordeste ya no alcanzaba. El balotaje lo desmintió. La ventaja de Lula en la región pasó de 11,1 a 13,7 millones de votos, más que en 2022 (12,6 millones), en buena medida porque ahí la participación subió a 83,5%, la más alta del país", reflexionó Schteingart.

Entonces, ¿cuánto importan los territorios?

En Uruguay hubo un momento en que Canelones era considerado el departamento testigo. Luego ese papel pasó a Paysandú y ahora la referencia es más difusa. En Brasil se habla de Minas Gerais, donde desde 1989 el candidato presidencial más votado también terminó ganando la elección nacional.

Pero una cosa es encontrar patrones territoriales y otra convertirlos en leyes electorales. Hasta un reloj roto marca la hora correcta dos veces al día.

La lección brasileña es que los bastiones importan, pero también cuánto se movilizan sus electores y qué ocurre en los lugares donde los candidatos parecían haber alcanzado su techo

2. El voto de última hora en una época donde todo es ya

En la primera vuelta brasileña se estima que alrededor del 10% del electorado llegó a votar sin una decisión completamente definida y terminó de resolverla sobre la hora.

Una parte de esos votantes se inclinó por Flávio Bolsonaro, cuyo resultado superó las previsiones de varias encuestadoras. Pero no necesariamente todos eran indecisos: también pudieron influir electores que no respondieron los sondeos o cuyas preferencias no fueron correctamente captadas.

Va de la mano de una pérdida del voto "por tradición".

Es un problema que ya había quedado expuesto en las elecciones estadounidenses de 2016, cuando Donald Trump derrotó a Hillary Clinton contra buena parte de los pronósticos, y en el referéndum del Brexit.

No es que 2016 haya sido necesariamente un año de quiebre. Es que desde entonces se hizo cada vez más evidente una transformación profunda en la relación entre los ciudadanos, la política y los instrumentos que intentan medir sus preferencias.

"Desde entonces vemos una mayor desconfianza de los encuestados de responder y eso, por más esfuerzos de corrección, termina incidiendo en la calidad de las encuestas", reconoce Martín Opertti, quien realiza un doctorado en Ciencia Política en Estados Unidos y estudia cómo las personas procesan la información.

Hay un error muestral que es inevitable: matemática pura, por más aleatoria que haya sido la selección de entrevistados. Pero hay otros problemas que son más comportamentales: quienes no responden por desinterés, quienes todavía no decidieron y quienes prefieren no revelar lo que harán en las urnas por razones filosóficas.

En algunas encuestas telefónicas de Estados Unidos, de cada 100 personas contactadas responden menos de tres. En Uruguay, aunque depende del método, las tasas también pueden ser bajas y rondar una de cada diez.

La dificultad no es solamente conseguir suficientes respuestas. Es saber si quienes aceptan responder se parecen realmente a quienes no lo hacen.

En Brasil, ese problema puede haber sido especialmente relevante en determinados municipios pequeños y entre grupos de votantes más volátiles, como algunos segmentos juveniles.

Y hay otra dificultad: una encuesta puede captar correctamente las preferencias de un momento y quedar desactualizada pocos días después.

Por eso, el aprendizaje para Uruguay no debería ser que las encuestas ya no sirven. Debería ser preguntarse qué votantes están quedando fuera de la fotografía y cuáles pueden cambiar de opinión antes de llegar al cuarto secreto

3. Los votos de primera vuelta no tienen dueño

Entre la primera y la segunda vuelta de Brasil disminuyó la abstención. También cayó el porcentaje de votos blancos y anulados. Eso amplió el universo de votos válidos que se disputaban los dos candidatos.

Pero hubo otro factor decisivo: aunque Lula y Bolsonaro habían concentrado casi todos los sufragios en la primera vuelta, cerca del 9% de los electores había optado por otras candidaturas.

¿Cómo se comportaron esos votantes en el balotaje?

Las primeras estimaciones de transferencia, todavía sujetas a confirmación, apuntan a que Lula consiguió captar una proporción importante de ellos. Alrededor del 50% de quienes habían votado a Augusto Cury y casi la mitad de los electores de Renan Santos se habrían inclinado por el líder del PT.

De confirmarse, esos movimientos podrían hablar menos de una adhesión entusiasta a Lula que del rechazo a la alternativa que representaba Bolsonaro.

Schteingart explicó a El Observador que uno de los errores frecuentes de las encuestadoras y los analistas es dar por sentado cómo se transferirán los votos de las terceras fuerzas. Desde que sigue las elecciones argentinas, en 2019, las distancias entre las proyecciones y los resultados no han dejado de sorprenderlo.

Uruguay tiene sus propios antecedentes.

En 2024, Yamandú Orsi ganó en parte gracias a electores que en octubre habían votado al Partido Colorado, Cabildo Abierto o el Partido Independiente y que en noviembre no acompañaron a Álvaro Delgado. El malestar de algunos blancos con la elección de Valeria Ripoll como candidata a vicepresidenta fue apenas una parte de una explicación más compleja.

En 2019 ocurrió algo parecido, aunque con otro resultado. Luis Lacalle Pou llegó al balotaje con una ventaja aparentemente considerable si se sumaban los votos de los partidos que habían anunciado su apoyo. Pero terminó derrotando a Daniel Martínez por una diferencia tan estrecha que hubo que esperar el escrutinio definitivo de la Corte Electoral.

Parte de los votantes de Cabildo Abierto no siguió la orientación de su partido y se inclinó por el Frente Amplio. Incluso se estudió un posible "efecto video" a partir de un mensaje difundido por Guido Manini Ríos.

La lección es que los votos de los partidos no necesariamente pertenecen a sus dirigentes. Y que la suma aritmética de octubre no anticipa, por sí sola, lo que ocurrirá en noviembre.

También importa quién vuelve a votar, quién se queda en su casa, quién deja de votar en blanco y, sobre todo, a quién rechaza más cuando solamente quedan dos opciones.

4. La incertidumbre de la clase media

A veces persiste la idea de que las elecciones se ganan captando a los sectores menos formados y de menores ingresos. Aquella búsqueda de votos al norte de avenida Italia, en Montevideo, que atravesó distintos momentos de la política uruguaya, desde Jorge Pacheco Areco hasta José Mujica.

Algo de esa lógica puede haber contribuido al desempeño de Bolsonaro en la primera vuelta y a la recuperación de Lula en el balotaje.

Pero en Brasil, al igual que en Argentina y otros países, hay movimientos en los sectores medios que no están quedando del todo nítidos.

Entre los brasileños que percibían ingresos de dos a cinco salarios mínimos, Flávio Bolsonaro pasó de 40% a 47% en las mediciones de Datafolha de fines de setiembre y comienzos de octubre. Fue uno de los desplazamientos más importantes detectados antes de la primera vuelta.

El dato plantea una pregunta que va más allá de Brasil: ¿qué está pasando con los sectores medios, sus expectativas y su relación con los gobiernos?

Porque no se trata solamente de cuánto gana una persona, sino de cuánto cree que debería ganar, cuánto teme perder y qué expectativas tiene sobre su futuro.

Un elector puede haber mejorado sus ingresos y, sin embargo, sentir que está peor. O puede haber sufrido un deterioro económico y seguir apoyando al oficialismo porque considera que la alternativa sería todavía peor.

Los movimientos de la clase media pueden expresar insatisfacción económica, rechazo político, cambios culturales o una combinación de todos esos factores. Algo que se ve acentuado en países como Brasil o Uruguay donde el crecimiento económico es moderado, las políticas más estatistas apunta a un sector de la campana de Gauss, las más a favor de los “malla oro” al extremo opuesto, y los del medio quedan sin el pan y sin la torta.

Y ahí aparece otra dificultad para los analistas: el ingreso permite clasificar a los votantes, pero no necesariamente explica por qué votan cómo votan.

5. El sexo y la edad están reconfigurando el voto

Si en las elecciones de Brasil hubieran votado solamente los hombres, Flávio Bolsonaro habría sido presidente, según las mediciones de preferencias electorales. Si únicamente lo hubieran hecho las mujeres, Lula habría ganado por un margen holgado.

La brecha de género es una de las señales más interesantes de las elecciones contemporáneas.

En Brasil se observó algo que también comenzó a verse en Uruguay y que ya aparece con fuerza en otros países: las mujeres muestran mayor afinidad con determinadas posiciones progresistas, mientras que entre los hombres —especialmente algunos segmentos jóvenes— crece el respaldo a opciones conservadoras o de derecha.

Una parte de la explicación está vinculada con la llamada "revolución silenciosa". Según ha explicado la politóloga Verónica Pérez Bentancur, desde que las mujeres comenzaron a incorporarse masivamente al mercado laboral, aumentar sus años de educación y conquistar mayores espacios de autonomía, también se transformaron sus preferencias y demandas políticas.

Pero la diferencia entre hombres y mujeres se combina con otra variable: la edad.

"El que a los 20 años no es de izquierda no tiene corazón, pero el que a los 50 no es de derecha no tiene cerebro". La frase, erróneamente atribuida a Winston Churchill y con antecedentes mucho más antiguos, resume una máxima que durante décadas pareció funcionar: los jóvenes suelen ser más progresistas y los mayores, más conservadores.

En Brasil esa relación todavía aparece en parte del electorado, pero la primera vuelta dejó señales de un fenómeno diferente: jóvenes varones que se inclinaron por Bolsonaro, como ya se había observado entre algunos segmentos del electorado de Javier Milei en Argentina y Donald Trump en Estados Unidos.

La juventud, por sí sola, ya no garantiza una preferencia progresista. Y el género puede estar marcando diferencias incluso dentro de una misma generación.

En el otro extremo están los mayores de 70 años, para quienes el voto no es obligatorio en Brasil. En la primera vuelta hubo señales de mayor participación y de un respaldo a Bolsonaro que las encuestas no habían anticipado adecuadamente.

Pero tampoco se puede dar por sentado que los mayores votan siempre por opciones conservadoras. Las experiencias acumuladas, la relación con la democracia y el recuerdo de otras crisis políticas pueden influir en direcciones diferentes.

Hay, además, otra variable sociodemográfica que en Brasil tiene un peso considerable y que en Uruguay, por su secularización, resulta menos potente: la religión.

Bolsonaro encontró buena parte de su base electoral entre los evangélicos, mientras que Lula creció entre los sectores menos vinculados a la práctica religiosa.

La combinación de sexo, edad, ingresos, territorio y religión muestra hasta qué punto se vuelve insuficiente explicar el voto a partir de una sola característica. No todos los jóvenes votan igual. Tampoco todas las mujeres, los pobres o los integrantes de la clase media.

Y ninguna de esas identidades permanece inmóvil.

Las cinco pistas tienen, en definitiva, un denominador común: los electores no necesariamente votan porque estén convencidos de quien eligen, sino también —y a veces sobre todo— porque rechazan a quien tienen enfrente.

Eso ayuda a entender por qué un candidato puede perder una primera vuelta y ganar la segunda. Por qué las encuestas pueden medir razonablemente bien un escenario y no anticipar el siguiente. Y por qué los votos que parecen seguros pueden dejar de serlo en cuestión de días.

Brasil ofrece lecciones para Uruguay, pero también una advertencia: de nada sirve aprender a explicar perfectamente la elección que acaba de pasar si se pretende utilizar esa explicación como una fórmula para anticipar la próxima.

Faltan tres años para 2029. Lula demostró que tres semanas pueden ser suficientes para cambiar una elección.

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