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13 de enero 2026 - 5:00hs

La Economía —como ciencia social— cabalga al ritmo de los estudios de probabilidades: prueba o contradice las hipótesis, mide la volatilidad de activos para predecir las posibles ganancias o pérdidas, simula comportamientos. Y siguiendo esa lógica de “lo posible”, es muy probable que el economista Gabriel Zucman gane en unas dos décadas el Premio Nobel en su disciplina.

Todavía es joven —nació en París hace solo 39 años—, pero ya ganó la medalla John Bates Clark de Estados Unidos que es casi una medida de predicción del Nobel. Algunos de los principales medios internacionales —sobre todo de línea editorial más progresista— lo han puesto en el top 5 de esos rankings que suelen hacer sobre los pensadores más destacados al cierre de cada año. En algunas entrevistas es presentado como un rock-star. Y casi todos coinciden en que su idea de que los millonarios paguen más impuestos de los que pagan (si es que lo hacen) lo está convirtiendo en una de las voces que más polariza el debate: en Estados Unidos, en Francia, en Brasil donde fue invitado a desarrollar su propuesta ante el G20, y hasta en Uruguay donde la central obrera y algunos sectores del Frente Amplio —sin la anuencia del equipo económico del gobierno— hacen campaña para gravar al 1% más rico.

A continuación parte de lo que ese “rock-star”, “polarizador”, “probable Nobel” o simplemente Gabriel Zucman conversó con El Observador:

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En Francia existe un debate sobre la implementación de un impuesto al patrimonio para los multimillonarios. Lo mismo ocurre en Estados Unidos y ahora Uruguay comienza esta discusión: ¿por qué en este momento particular de la historia?

Por varias razones. Una es que hay cada vez más evidencia de que los súper ricos pagan mucho menos impuestos en relación con sus ingresos que el resto de la población. En general, existe mucha opacidad sobre las contribuciones de los más acaudalados, pero esto ha comenzado a disiparse en los últimos tres o cuatro años gracias a diversos proyectos de investigación —a menudo en colaboración con administraciones tributarias de Brasil, Francia, EE. UU., Suecia o Noruega— donde se ha hallado que el impuesto sobre la renta no logra gravar a los súper ricos de manera efectiva. En números: la mayoría de la sociedad soporta una carga fiscal total de entre el 25% y el 50% de su renta; los multimillonarios pagan entre el 0% y el 2% de su patrimonio. Se vio en la prensa de Estados Unidos cuando se reveló que Jeff Bezos hace unos años ha pagando muy poco o incluso cero impuestos sobre la renta. Hubo un año en que Bezos reportó tan pocos ingresos que incluso solicitó y recibió beneficios familiares. Conclusión: el impuesto a la renta clásico no funciona para los súper ricos.

El impuesto a la renta clásico no funciona para los súper ricos. El impuesto a la renta clásico no funciona para los súper ricos.

La segunda razón es la explosión de la riqueza de los multimillonarios. En 1987, los multimillonarios globales poseían en riqueza el equivalente al 3% del PIB mundial; hoy poseen el equivalente al 14%.

Y lo tercero, ha habido una explosión en el poder de los más ricos para influir en las políticas, en la ideología dominante y en los mercados. Esto ha puesto en el centro de la escena la tensión fundamental entre la riqueza extrema y la democracia. Aunque hay muchas formas de regular la riqueza y limitar el riesgo de captura oligárquica, la tributación —y en particular el impuesto al patrimonio— es probablemente la herramienta más potente para alcanzar ese objetivo.

En el caso francés, usted habla de un impuesto del 2% sobre el patrimonio. En Uruguay se debate un 1% al 1% más rico. Entiendo que hay diferentes formas de gravar, pero ¿en qué debería basarse el porcentaje y cómo debería definirse la riqueza?

No importa tanto el porcentaje exacto sino la idea de establecer un piso para el impuesto pagado por los más ricos; establecer el principio de que la riqueza extrema conlleva deberes hacia el resto de la sociedad. Este principio es por el que he estado luchando, incluso antes del trabajo en Francia, específicamente con el gobierno brasileño en 2024 durante su presidencia del G20. Ellos pusieron en agenda la idea de crear un impuesto mínimo común para multimillonarios, similar al impuesto mínimo para grandes multinacionales. Me encargaron un informe para explicar la necesidad de este instrumento y cómo aplicarlo. En junio de 2024 expliqué por primera vez esta propuesta de un impuesto mínimo del 2%. La Asamblea Nacional francesa aprobó la propuesta en febrero de 2025; aunque fue rechazada por el Senado, inició un proceso político que creo que eventualmente tendrá éxito en Francia y otros países. Lo importante es crear este nuevo principio: si eres súper rico, no tienes derecho a pagar cero impuestos personales.

¿Tiene sentido pensar el impuesto sobre los ingresos que pueden tener inestabilidad?

Para que este impuesto funcione, debe expresarse no como una fracción de los ingresos (que son fáciles de manipular), sino como una fracción de la riqueza. Para los súper ricos, la riqueza consiste mayoritariamente en acciones de empresas. Si cotizan en bolsa, es fácil valorarlas; si no, existen técnicas para medirlas comparándolas con empresas similares que sí cotizan.

Uruguay comenzó a regular la marihuana hace más de diez años y algunos detractores decían en su momento que no tenía sentido que un solo país aplicara esa política por su cuenta. ¿Se aplica la misma lógica a los impuestos para los más ricos?

No. El miedo tradicional es que, si lo hacemos solos, nos "disparamos en el pie" porque los ricos se mudarán al extranjero. Se cree que solo funciona con un gran acuerdo internacional, pero eso no es cierto. Hay políticas que los países pueden implementar unilateralmente para combatir el riesgo de emigración fiscal.

Hay políticas que los países pueden implementar unilateralmente para combatir el riesgo de emigración fiscal. Hay políticas que los países pueden implementar unilateralmente para combatir el riesgo de emigración fiscal.

¿Por ejemplo?

Uruguay podría decir: "Si usted se enriqueció en Uruguay y decide mudarse, seguiremos gravándole como si fuera residente durante 5, 10 o 15 años". EE. UU. es más extremo: si tienes la ciudadanía, pagas impuestos allí hasta que mueres. Lo que hace Uruguay hoy, como la mayoría de los países, es el extremo opuesto: si te mudas a un paraíso fiscal, dejas de pagar impuestos en Uruguay inmediatamente. El sistema correcto es aquel donde el país, como Uruguay, tiene derecho a seguir gravándote por unos años tras tu partida. Tiene derecho a gravarles aunque se hayan mudado de país. Si se hace eso, casi no habría incentivos para mudarse por razones fiscales, y el impuesto sería efectivo. La competencia fiscal no es una ley de la naturaleza ante la cual seamos impotentes; es una elección que hacemos.

En Uruguay tenemos un dicho: "hecha la ley, hecha la trampa", sugiriendo que toda ley tiene un vacío legal. ¿Cómo se regula esto en la práctica frente a las miles de formas que hay para evadir la declaración de activos?

Si existe la voluntad de gravar a los súper ricos, se puede hacer. Hay que evitar los errores de los impuestos al patrimonio del pasado, tanto en América Latina como en Europa. Aquellos no funcionaron bien por varios problemas: no se hizo nada para frenar la emigración de los ricos, había muchas exenciones para acciones en empresas no cotizadas y, en la práctica, los súper ricos no pagaban. Además, la fiscalización era limitada, especialmente para activos en el extranjero, debido al secreto bancario en lugares como Suiza o las Islas Caimán.

Pero hoy tenemos soluciones: el intercambio automático de información bancaria es una realidad desde 2018. Se puede asegurar que paguen redactando la ley sin exenciones: 2% del patrimonio total a valor de mercado, neto de deuda. El gobierno puede valorar la riqueza en nombre del contribuyente y enviarle una declaración prepoblada. Si hay voluntad política, funcionará. Si se introducen lagunas y exenciones, los ejércitos de contadores y abogados las aprovecharán y el impuesto fallará. Que los impuestos funcionen o fallen son decisiones políticas.

Que los impuestos funcionen o fallen son decisiones políticas. Que los impuestos funcionen o fallen son decisiones políticas.

Hay ricos que no cotizan en bolsa tan abiertamente ni tienen tanto dinero en sus cuentas, como pasa con el narcotráfico porque lo suyo es la economía ilegal. ¿Quedan exentos?

El dinero siempre termina en algún lado, la cuestión es crear transparencia. Tenemos registros de propiedad desde hace siglos; deben mejorarse para identificar a los beneficiarios finales. La opacidad no es una restricción, es una elección de no invertir en transparencia.

Los multimillonarios generan empleo, ¿gravar a esos ricos es un desincentivo?

Crear empleos no debería permitirte eludir impuestos. El principio básico de igualdad ante la ley significa que los súper ricos no deben pagar menos que el resto de la población.

¿Y cuando se dice que los ricos en realidad aportan a través de la filantropía?

A veces dicen: "No me cobren impuestos porque reduciré mis donaciones". Pero la filantropía no sustituye a la fiscalidad. Con los impuestos, decidimos democráticamente qué hacer con el dinero (educación, salud, infraestructura). En la filantropía, los ricos deciden solos qué hacer con su dinero. Eso no es democracia, es oligarquía.

Zucman

El último Informe sobre la Desigualdad Mundial, del que usted fue parte, afirmaba que surgen más multimillonarios por herencia o corrupción que por emprendimiento propio. ¿Existe una especie de distinción entre “ricos buenos” y “ricos malos”?

No es relevante. Incluso si toda la riqueza derivara del emprendimiento, la frontera entre este y otras fuentes es muy difusa. Por ejemplo, los multimillonarios de la IA se enriquecen utilizando el conocimiento acumulado por la humanidad durante siglos, apropiándoselo y cobrando al resto del planeta por acceder a él sin citar fuentes. La idea de que hay "multimillonarios buenos" y "malos" no tiene mucho sentido. Sin importar la fuente, si eres extremadamente rico, debes pagar un mínimo anual. Ser innovador o emprendedor no te da derecho a vivir fuera de la sociedad; debes pagar al menos lo mismo que otros grupos sociales.

Pero el argumento de la herencia y la corrupción da a entender que el pobre no es pobre porque quiere, no es una elección. Y en cierto punto, muchos de los ricos tampoco lo son porque quieren.

Por supuesto. La desigualdad nunca es natural; es siempre una creación social y una elección que hacemos a través de las políticas gubernamentales y la regulación (o la falta de ella).

Estamos en un momento de polarización y odio creciente a nivel global. ¿Cree que esto tiene que ver con la desigualdad más que con pujas ideológicas?

El fracaso en abordar la explosión de la riqueza de los multimillonarios y el aumento de la desigualdad ha desempeñado un papel central. Al sentir que los gobiernos eran impotentes —o mejor dicho, cuando los políticos afirmaron serlo— la gente se convenció de que el Estado no puede hacer nada significativo. Entonces, el debate político se desplaza hacia otros temas como el control de fronteras, la inmigración o políticas nativistas. Todo surge de esta supuesta incapacidad autodeclarada de los responsables políticos para regular la desigualdad. Pero la realidad es que los gobiernos no son impotentes: hay mucho que podemos hacer para gravar la riqueza extrema y buscar justicia económica, social y climática. Cuando esto quede claro para el público, la naturaleza del debate político cambiará y hablaremos menos de cuestiones culturales y más de políticas concretas.

Los gobiernos no son impotentes: hay mucho que podemos hacer para gravar la riqueza extrema y buscar justicia económica, social y climática. Los gobiernos no son impotentes: hay mucho que podemos hacer para gravar la riqueza extrema y buscar justicia económica, social y climática.

A principios del siglo XX, Uruguay era conocido como uno de los primeros Estados de bienestar de la región. El presidente José Batlle y Ordóñez decía que para que una democracia sea sólida debe tener forma de rombo: una clase media muy amplia con pobreza y riqueza mínimas en los extremos. ¿Sigue siendo válido para el futuro dadas las lógicas tecnológicas actuales?

Sí. La igualdad es fundamental para la democracia. El exceso de desigualdad siempre choca con nuestros ideales democráticos y meritocráticos, porque demasiada concentración de riqueza significa concentración de poder para influir en elecciones, medios e ideología. No existe una democracia estable y vibrante sin una distribución suficientemente equitativa de la riqueza. Esto ha sido central en el pensamiento democrático desde Aristóteles.

En conclusión: ¿el impuesto a los más ricos es lo que se viene?

El debate está creciendo en todas partes. Los años recientes serán vistos como un punto de inflexión. En 2024, Brasil puso el tema en el G20. El Reino Unido abolió su régimen para extranjeros no domiciliados. En 2025, la Asamblea francesa aprobó el impuesto mínimo. En 2026 habrá un referéndum en California para un impuesto del 5% a multimillonarios. Existe una coalición de países como Brasil, España, Colombia y pronto Sudáfrica que están impulsando esta agenda. Tomará algunos años, como ocurrió con el impuesto sobre la renta a finales del siglo XIX, pero gravar la riqueza es lo que sucederá globalmente en los próximos años.

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