Dicen que la muerte es democrática: más tarde o más temprano, ricos o pobres, a todos les llega por igual. Pero un estudio del Programa de Población de la Universidad de la República muestra cómo la última bocanada de aire de la vida es, a la vez, un reflejo de la desigualdad.
Al momento de nacer, los varones uruguayos más pobres tienen una esperanza de llegar a vivir, en promedio, 69 años. En el mismo país, los varones más ricos esperan alcanzar los 78 años. Es decir: hay nueve años de vida de diferencia por el simple hecho del contexto, los ingresos y otros indicadores que hacen al nivel socioeconómico de la población.
Cuando se habla de pobres y ricos no hay que pensar en los extremos. La demógrafa Catalina Torres, una de las autoras del trabajo, divide a la población uruguaya en cinco niveles socioeconómicos (quintiles al decir de los técnicos). Y en su modelo compara el quintil más vulnerable contra el más favorecido.
Ella —nacida en el exterior, con estudios de posgrado en Europa y un doctorado específico en Ciencias de la Salud— no imaginaba encontrarse tamaña diferencia en Uruguay, el país señalado como el más igualitario en el continente más desigual.
Tomando datos del Banco de Previsión Social y del Ministerio de Salud Pública, Torres aplicó su modelo y sus escenarios también para las mujeres uruguayas. Y allí la diferencia fue más matizada, pero significativa: cinco años en promedio (pasa de 77 años a 82).
¿Por qué entre ellas se nota menos la desigualdad? Hay una cuestión estadística básica: las mujeres viven más que los varones y acorde se avanza en la edad las brechas de esperanza de vida se van achicando. Pero, sobre todo, “en los países que cuentan con buenos datos, los trabajos científicos muestran que algunos comportamientos más masculinizados vinculado a la violencia, al fumar, al consumo de alcohol hacen la diferencia en los adultos”.
Uruguay no tiene buenos datos. Un demógrafo clásico tomaría el censo poblacional y lo cruzaría con los datos de mortalidad que maneja el Ministerio de Salud Pública. Pero preguntas que permitan acercarse a aproximaciones del nivel socioeconómico (como ingresos, nivel educativo alcanzado u otros) no se completan con rigurosidad en los certificados de defunción. Conclusión: los estudios de población como los de Torres se las tienen que ingeniar con otros insumos para llegar a inferencias válidas que permitan generar evidencia para las políticas públicas.
De hecho, el adelanto de su trabajo que aún está en curso fue presentado y tenido en cuenta en el Diálogo Social. El director de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto, Rodrigo Arim, dijo en el programa TUT del streaming de El Observador: “Vivimos más, vivimos mejor y eso tiene que tener un correlato con el tiempo que trabajamos y que nos retiramos. Es razonable que la edad normal de retiro sea a los 65 años. Pero hay desigualdades. Los estratos más bajos viven menos. La esperanza de vida ya al nacer es menor”.
El semanario Búsqueda había publicado otro estudio que intenta acercarse a cálculos similares a los de Torres y equipo. En este caso eran solo datos del Ministerio de Salud Pública vinculados con el prestador de salud: los usuarios de ASSE mueren ocho años antes que sus quienes se atienden en las mutualistas.
Torres entiende que esa metodología empleada es válida y en cierta medida coincide con algunos números, pero tiene la limitación de que la desigualdad solo esté dada por el prestador de salud. Es cierto que entre los más pobres hay más informalidad y más irán a parar a ASSE, pero también lo que consiguen la formalidad pueden elegir una mutualista dentro del Sistema Nacional Integrado de Salud.
Los cálculos de Torres llegan a algunas conclusiones claves:
- La probabilidad de morir antes del primer año de vida incrementa a medida que disminuye el nivel educativo de la madre
- La probabilidad de morir antes del primer año de vida es mayor entre los niños y niñas cuya madre está en el sistema público de salud (en comparación con los niños y niñas en el sector privado).
Pero el estudio va a más y no se queda solo con la esperanza de vida al nacer, sino cómo va cambiando acorde las personas llegan a cumplir determinada edad.
Un país envejecido
Beatriz, el amor platónico del poeta Dante Alighieri, murió con menos de 30 años. Era lo normal para la época. De hecho, el célebre escritor fue una excepción (más que duplicando la media) y en su recordada Divina Comedia comenzaba diciendo: “En el medio del camino de nuestra vida me encontré por una selva oscura”.
Las invenciones de las ciudades, el avance del saneamiento, de las vacunas, del agua potable hizo que la humanidad casi duplicase la esperanza de vida al nacer en apenas medio siglo.
Llega un momento en que subir cada décima de esa esperanza de vida es estadísticamente “un montón”. Tienen que haber sacudones como la pandemia para que, de repente, baje algunos puntos por un corto lapso.
Cuando se llega a determinada edad, ya no se habla de esperanza de vida al nacer (porque la persona ya vivió años), sino que se recalcula como esperanza de vida. Por ejemplo, una mujer que llega a los 85 años hoy, en promedio le quedan vivir entre 5 y 6 años más. Un varón de esa edad entre 4 y 5 años. Las brechas son mucho más chicas, hasta el punto de casi insignificante acorde se avanza en los años de las personas.
El trabajo de la demógrafa Torres y la coautoría de Vladimir Canudas-Romo (Australian National University) da cuenta de ese gradiente, de esa especie de escalera en que se va achicando la brecha y la desigualdad de base tiene menos impacto en edades más avanzadas.
Como el adelanto al que accedió El Observador está siendo preparado para una revista científica, en el siguiente gráfico se muestran solo las diferencias de años más de esperanza de vida en mujeres y hombres de diferentes edades (siempre tomando números redondos de la combinación de los dos escenarios que plantea la metodología):
La profesora adjunta Torres saca otras dos conclusiones claves:
- Entre los varones, hay un claro gradiente en donde la probabilidad de fallecer entre los 25 y los 55 años disminuye a medida que aumenta el quintil de ingresos.
- Entre las mujeres, la probabilidad de fallecer entre los 25 y los 55 años presenta diferencias según el quintil de ingresos – donde las de los quintiles 4 y 5 tienen las probabilidades más bajas y las de los quintiles 1 y 2 tienen las probabilidades más altas –, pero no hay un gradiente tan marcado como en el caso de los varones.
Sobre el trabajo
A partir de los datos proporcionados por el MSP y por el BPS, se calculó:
- La probabilidad de fallecer durante el primer año de vida según características socioeconómicas de la madre (nivel educativo y tipo de prestador de servicios de salud).
- La probabilidad de fallecer entre los 25 y los 55 por quintil de ingreso.
Estas probabilidades fueron utilizadas como input en modelos Log-Cuadráticos (Wilmoth et al. 2012). Este método permite estimar indirectamente la esperanza de vida, a pesar de no poseer información completa (es decir, para todos los grupos de edad) para la población analizada.
Se hicieron estimaciones para dos escenarios: 1) uno utilizando la información sobre el nivel educativo de la madre (mortalidad infantil) y quintil de ingresos (mortalidad adulta), y 2) otro con el tipo de prestador de servicios de salud (mortalidad infantil) y quintil de ingresos.