En realidad, no hay ninguna medida que proponga el PIT- CNT, incluida la polarización y las protestas, que no se esté considerando o ensayando en el mundo, con mayor o menor fortuna.
Leonardo Carreño
Los Estados, incluido el uruguayo, cuyas cartas son muy escasas ante el tamaño del desafío, intentan aplicar los mayores programas de salvataje, cual planes de guerra, en procura de un puente entre la normalidad perdida y la ansiada recuperación futura. En el medio está el vacío del encierro masivo, que significa reducir la producción a niveles de supervivencia.
Se han puesto en práctica diversas maneras de confinamiento para miles de millones de personas: desde aquellos que cuentan con libertad para salir a hacer ejercicios en solitario, como en Alemania o Dinamarca; hasta el encierro riguroso bajo vigilancia policial y militar (claro que hay sociedades muy disciplinadas, y otras siempre al borde del estallido o la desobediencia).
El mundo, antes global, se desconecta, lo que acelera la recesión y la primarización de la economía. El aislamiento provoca una disrupción formidable. La literatura distópica se ha vuelta tan útil para el interpretar el mundo como cualquier otra prospectiva.
Se diseñan ayudas masivas a los sistemas de salud y exenciones a las empresas, para que no quiebren y retengan a una parte de sus trabajadores. Una pregunta es: por cuánto tiempo se podrán pagar salarios sin producir.
Otra vez, como en 2002, los trabajadores privados, con graves pérdidas de empleo y salarios, subsidiarán a los del sector público, que retendrán sus puestos. Como recordó José Mujica en su discurso al asumir el gobierno el 1º de marzo de 2010: "La sociedad uruguaya ha protegido a sus servidores públicos mucho más que a sus trabajadores privados. Recordemos que en la crisis de los años 2002 y 2003 casi doscientas mil personas perdieron sus trabajos. Se estima que otras doscientas mil sufrieron rebajas en sus salarios, y todos, todos, fueron trabajadores privados".
Los Estados, que van jugando sus cartas de a poco, no pagan la factura, porque suelen ser deficitarios y están endeudados. Solo toman crédito, licúan sus monedas y transfieren recursos de un sector a otro.
Hasta la tercera parte de uruguayos puede caer en la pobreza por el apagón económico y el desempleo masivo.
Se tienden mallas abajo para retener a los caídos mediante subsidios, directos e indirectos, o el simple reparto de dinero y de comida.
El gobierno prevé una suerte de “salario social” básico, pagado a través de asignaciones familiares, seguro de desempleo, el Mides y otros mecanismos, directos e indirectos: una red para los más vulnerables. Sería la intervención y asistencia más grande de la historia nacional.
Las familias asisten a sus caídos, como en la década de 1930 y en 2002, y proliferarán comedores y ollas populares. Esta vez ni siquiera existe la válvula de escape de la emigración.
Habrá retenciones y quitas salariales, implícitas o explícitas, a los sectores que aún tienen ingresos, para transferirlos a los más vulnerables, de modo de evitar hambrunas, desesperación, saqueos y violencia.
Los ríos de billetes nuevos que lanzan los bancos centrales provocarán subida de precios, o “carestía”. Quien intente controlar los precios, solo provocará escasez y filas. La escasez de bienes siempre se regula por el precio o por la fila.
Muchos precios suben: por la caída de la producción, por el aumento del dólar y por la demanda frenética de las familias que se pertrechan; pero deberían estabilizarse pronto, e incluso bajar, por la reducción de la demanda, la estabilización del tipo de cambio y el abaratamiento de ciertas materias primas.
El desempleo trepa en vertical y el déficit en las cuentas del Estado uruguayo es enorme. La economía se reduce a lo básico: producción de alimentos, envases, medicamentos, combustibles, distribución y sanidad.
El turismo, el comercio y otros servicios, muy significativos en la producción y el empleo, casi se extinguieron. Solo los bienes primarios y las exportaciones agroindustriales, aunque disminuidas, podrán sostener la columna vertebral de la economía uruguaya y liderar la recuperación.
El apagón socioeconómico puede durar meses, e incluso, con ciertas aperturas y aflojes, un par de años o más, hasta que las sociedades se inmunicen y se disponga de una vacuna eficaz.
Recién entonces la economía rebotará con fuerza, los niños volverán a las escuelas y las personas a sus trabajos, de manera masiva y segura.
Pero nadie sabe muy bien cómo será la transición. No hay hojas de ruta. Estados Unidos aprobó el más fabuloso programa público en tiempos de paz, después que el virus frenara a su economía en la mayor fase de auge de su historia y con pleno empleo. Y sin embargo las principales evaluadoras financieras prevén caídas del producto bruto de entre 14% y 30% en el segundo trimestre y desempleo de dos dígitos, además de un desastre sanitario.
La pandemia recién está comenzando en amplias regiones del mundo, como África, India o América Latina. Hemos visto casi nada de todo lo que nos golpeará.
Por aquí aún no llegó el frío, ni el desborde de los hospitales, ni la ruptura de la cadena de pagos, ni la caída en serie de los contratos, ni la completa falta de liquidez, ni la escasez de alimentos, ni la pobreza más completa de amplios sectores, ni el hartazgo y la desesperación.
Es un buen tiempo para tóxicos y rencorosos, muy visibles en las redes sociales. Es también un buen tiempo para apreciar la calidad intelectual y moral de quienes nos rodean y de nosotros mismos.
Los dirigentes del PIT-CNT estimulan la grieta, en procura de levantar cabeza, y a cambio pueden comprometer la futura suerte electoral del Frente Amplio, demasiado escorado a la izquierda. (El intendente de Canelones, Yamandú Orsi, junto a otros pocos, de nuevo mostró valor para tomar distancia).
Peor aun: pueden estar agrandando al rival. Una de las fortalezas de Luis Lacalle Pou es que casi siempre ha sido subestimado por sus adversarios.
Será un largo y crudo invierno. Es la guerra que le tocó a esta generación, en particular a los líderes y trabajadores que están en primera línea, y a los que luego llevarán la reconstrucción.