Hace tan sólo 50 años pensábamos que corríamos el peligro de una catástrofe inminente. Las tasas de crecimiento de la población superaban largamente la capacidad proyectada de producción de alimentos. La bonanza económica de los pueblos que habían permanecido dormidos por largo tiempo presionaba los recursos naturales hasta límites insostenibles. Si bien aún el petróleo era determinante en el concierto geopolítico, el agua ya era identificada como un nuevo bien escaso y necesario.
Más allá de las advertencias, continuamos contaminando. Nos especializamos en tomar medidas tibias, sólo puestas en escena, discutíamos interminablemente entre quienes ya estaban desarrollados y quienes habíamos tomado esa senda recientemente.
Hoy en día aquellas advertencias parecen ínfimas al contrastarlas con la realidad. Las viejas profecías de Malthus para mediados del siglo XIX finalmente ocurrieron, agotamos los recursos, destruimos nuestro hábitat y no somos capaces de alimentar siquiera a la mitad de la población. Las guerras ya no suenan como un problema, sino más bien como una solución, al menos quienes queden en pie tendrán la esperanza de un futuro para la humanidad.
En definitiva pasó lo que no iba a pasar, lo que nadie creía y caímos en la trampa del “tiempo de espera”, simplemente seguimos haciendo lo que no debíamos, pensábamos que aún había oportunidad de arreglar todo, sin embargo sólo era cuestión de esperar, la suerte ya había sido echada.
¿Qué podríamos haber hecho hace 50 años? O más bien, ¿cuál fue el problema que no supimos advertir y que parecía tan claro? Quizá el verdadero dilema que enfrentábamos no era tan sólo el cómo dar de comer a una población en crecimiento que movía la economía mundial y que todos estábamos atentos a que continuara así para intentar lograr un papel protagónico.
Al menos los dilemas en el concierto mundial eran dos; ¿cómo lograr que los sistemas alimentarios fuesen sustentables y a la vez produjesen la cantidad suficiente de alimentos para aquella población en crecimiento? La sustentabilidad significaba pensar en el futuro, es decir en nosotros, de forma que fuésemos capaces en la actualidad de producir el alimento necesario. En el otro extremo del dilema tensionaba aquella propia actualidad; alimentar con propósitos de autopreservación social y económica. No es difícil entender qué fue lo que pesó más, las presiones contemporáneas eran más tangibles que un futuro lejano en que los decisores siquiera estarían presentes. No los culpo, seguro hubiésemos decidido en el mismo sentido.
El otro dilema de la época, resultado directo del anterior, era lograr preservar los recursos naturales y a la vez incrementar su productividad. Nuevamente se producía una puja entre nuestro futuro y aquel presente. ¿Producir conservando sin que fuese suficiente o producir suficiente sin conservar?
Según relatan las crónicas de entonces todas las apuestas estaban puestas en la tecnología, en obtener un avance tal que cambiara la forma de producción o bien generara nuevas e inesperadas formas de producir alimentos como ser la producción de carne en laboratorio. La tecnología, más bien la ciencia aplicada, puede cambiar los paradigmas, pero como todo, tiene límites en cuanto lo posible y el tiempo que insume.
¿Cuán lejos estamos de este mundo imaginado?, ¿pensamos que simplemente es una ficción?, ¿cómo proyectamos el futuro de nuestros hijos dadas las circunstancias actuales? Esta visión y la preocupación que genera están incorporadas en varios ámbitos del quehacer cotidiano. Hay quienes genuinamente advierten y promueven la toma de decisiones, tanto en la forma en que producimos cómo en las conductas de consumo. También hay quienes ven una oportunidad para incidir en el corto plazo con medidas que los beneficien.
Lo cierto es que estamos frente a estos dilemas, lo cierto es que tibiamente el mundo va tomando conciencia, lo cierto es que difícilmente seamos capaces de proyectarnos y sentir con nuestra propia piel un futuro tan oscuro. Sin embargo, cabe preguntarnos cómo vamos a enfrentar estos dilemas como colectivo de un país; ¿seremos capaces desde Uruguay en pensar y lograr mayores eficiencias conservando los recursos? Apostaría que sí, poniendo nuestra inteligencia al servicio de los sistemas de producción. La recompensa simple, evitar la distopía.