Básquetbol > EL JUGADOR EN LLAMAS

Donald Robinson, el hijo de una madre soltera que guía a Trouville en la Liga

Tras un año sin jugar, en el que trabajó como personal trainner, desembarcó en Pocitos con su pasado europeo

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18 de febrero de 2019 a las 05:01

Es día de San Valentín y Donald Robinson está con su novia en Uruguay. Sale a comprar un ramo de flores y un peluche por las calles de Pocitos y su figura no pasa inadvertida porque anda de chancletas con medias largas rojas paseando su figura atlética de 1,92 m. Es el ayuda base de Trouville que fue clave para meter al equipo en la Liguilla y que se siente muy a gusto en Uruguay.       

Tiene 29 años, nació en Silver Spring, en el estado de Maryland, al noreste de Estados Unidos y desde chico ama el básquetbol. 

“Empecé a jugar a los tres años, en las calles, seguí cuando me mudé a Gaithersburg a los seis y a los 12 años me lo empecé a tomar más en serio; era uno de los mejores jugadores del liceo aunque no era ni el más alto ni el más rápido, pero ya sentía que podía hacer algo con mi talento”, explica a Referí en la cancha de Trouville y con un leve resfrío producto del repentino cambio climático montevideano: “Maryland sí que es frío en invierno, ni se compara a esto”, afirma.  

“Además de que siempre me gustó el básquetbol, mi madre no quería que jugará al fútbol americano porque pensaba que me podían lastimar”, cuenta.  

Y su madre tiene todo que ver con su historia: “Mi padre a veces estaba, a veces no y fue mi madre la que me crió. Soy su único hijo. Luchó mucho por darme todo lo que necesitaba. Fue muy duro, pero logró sacarme adelante. Somos de clase baja y durante toda su vida hizo todo tipo de sacrificios para darme lo mejor. Y siempre me llevaba a todas las prácticas y a todos los partidos”.  

Su talento con la pelota naranja lo llevó del liceo público de Magruder, donde destaca haber sido dirigido por Dan Harwood, al sur de su país para hacer sus dos primeros años de universidad en Florida. “Apenas promediaba poco más de un minuto por partido, pero el asistente técnico que tenía me recomendó a la Universidad Tech de Virginia del Oeste. Tenía confianza en mi juego y me envió a un lugar donde me pudiera desarrollar”.  

Y ahí explotó como jugador con muy buenos números: “Apenas me vieron jugar me amaron”. 

No terminó de graduarse porque le quedan 12 materias para obtener un título como manager deportivo.  

“Fui a campus de entrenamiento en Las Vegas y me fue muy bien y ahí me surgió la primera oportunidad para jugar como profesional, en Glasgow Rocks de Escocia porque me vio un entrenador”, recuerda. 

Tres semanas después estaba jugando en Escocia. En los primeros tiempos le costaba entender el inglés británico. Pero luego se fue adaptando y conoció gente que terminaron siendo sus amigos. Tenía entonces 21 años. 

Pasó por Plymouth, al sur de Inglaterra, y de ahí se fue a jugar a República Checa y Hungría. 

“Fueron muy lindas experiencias, tanto en lo deportivo como en la vida. El único problema es que no se habla mucho inglés por esas tierras. La liga de República Checa es muy física, muy similar a la Liga Uruguaya. La de Hungría fue la mejor liga que jugué, muy buen básquetbol”, expresa. 

A mediados de 2017 se quedó sin ofertas y volvió a Estados Unidos. Se puso a trabajar como personal trainner, que es lo mismo a lo que se dedica su padre. 

“También inicié un negocio en el área de los suplementos alimenticios. No soy de quedarme quieto”, dice con una sonrisa. 

A Robinson le fascina el área de la ingeniería de sistemas y es algo a lo que apunta a futuro para el después de la pelota. “De todos modos, siempre me enfoco en tiempo presente y ahora estoy en Trouville pensando en que se viene la mejor parte de la temporada”.

“Me siento bien en este club. Es gente amigable que me recibieron muy bien desde el principio, hay gente que habla inglés en el cuerpo ténico y en el equipo y creo que estamos haciendo una buena temporada. Nos clasificamos a la Liguilla que era el primer objetivo y ahora vamos por más”, explica. 

“Es una liga difícil. Se habla mucho en la cancha, se mete mucho codazo, pero es parte del juego, hay que saber adaptarse. Hay canchas muy duras para jugar. La hinchada de Aguada se hace sentir. Pero yo soy de poner una barrera mental y me abstraigo de todo el ruido”, dice. 

“El primero que me mencionó a Uruguay fue Eugene Teague (estadounidense que jugó en Capitol) con el que fui compañero en República Checa. Pero cuando me surgió la posibilidad de venir realmente no sabía ni dónde quedaba. Busqué en Google para saber básicamente a qué lugares ir, a qué lugares no ir y qué comer. Me encanta el asado, que son como nuestras barbacoas, y lo que probé nuevo que me encantó fue la morcilla, aunque en Escocia tienen algo parecido”, dice con respecto a su rápida aclimatación a la ciudad. 

 “Al principio, a nivel de juego, todo fue cuestión de adaptación. Creo mucho en mi juego y cuando me fui adaptando a mis compañeros todo empezó a fluir. Creo que Trouville tiene un equipo como para hacer unos muy buenos playoffs”, dice Robinson. 

De su entrenador, Álvaro Tito, solo le dijeron que jugó en Los Angeles, aunque ignoraba que eso hacía referencia a los Juegos Olímpicos de 1984 y se mostró sorprendido al saber que Uruguay alcanzó un sexto puesto en aquella ocasión. 

De la mano de Robinson, un escolta atlético, veloz y goleador, Trouville renueva sus sueños en la Liga. La mamá, orgullosa. Y la novia, feliz por el regalo de San Valentín.  l


 
 

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