El brasileño José Diogo trepa a una palmera y corta un racimo de frutos negros para dar comienzo a la cosecha de açaí

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El açaí, una fruta que es boom y amenaza para la Amazonía brasileña

El açaí, de origen indígena, proporciona nutrientes y antioxidantes y es exportado a los Estados Unidos y Japón como “superalimento”. Pero el riesgo de transformarse en un monocultivo, como ocurrió con los ciclos económicos de la caña de azúcar y el caucho, hace peligrar a toda la selva
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27 de agosto de 2023 a las 05:04

Fruto de origen indígena, el açaí siempre integró la dieta de los habitantes de Pará, en el norte de Brasil, quienes lo comen con pescado frito y otros platos locales.

La noticia de las propiedades nutritivas y antioxidantes del açaí lo convirtieron en las últimas dos décadas en un “superalimento” en todo Brasil y más allá, en los Estados Unidos y Japón, donde lo importan para la preparación de jugos, batidos y postres con granola y otras frutas.

La demanda benefició a los productores locales. El açaí pasó a ser ejemplo de “bioeconomía”, y permite generar buenos ingresos a los habitantes de la Amazonía que aún está sin deforestar.

Sin embargo, recientes estudios muestran que la expansión de esta planta está provocando la pérdida de la biodiversidad en algunas regiones dada la sustitución de otras especies.

De modo que, sustento tradicional de una comunidad descendiente de afrobrasileños que habían sido esclavizados, el “boom” del açaí beneficia económicamente a los productores tradicionales de la Amazonía, pero amenaza la selva tropical por el aumento del monocultivo.

Venta rápida

El poblado de Igarapé São João, ubicado a 120 kilómetros al sur de la ciudad de Belém (Pará, norte de Brasil), es un caserío rural a orillas del río Itacuruçá. Allí, con un área de suelos inundables, el açaí crece naturalmente.

José Diogo, un habitante del pueblo de 41 años, cuenta a la agencia de noticias AFP: “Cuando empieza la cosecha, que va de agosto a enero, las cosas mejoran mucho para nosotros. Tanto que, gracias a ese dinero, pude empezar la construcción de mi casa”.

La comunidad en la que Diogo construye su casa está ubicada en Abaetetuba, quinto municipio con mayor población “quilombola” de Brasil, como se denominan los descendientes de esclavos fugitivos de los siglos XVII y XVIII. Y Abaetetuba se convirtió en un importante polo de açaí en el estado de Pará, que concentra más del 90% de la producción total de este fruto en Brasil.

Diogo raspa el racimo y deja caer los frutos dentro de una cesta. “En un buen día, lleno 25 canastos de 14 kilos cada uno. Puedo venderlos entre 12 y 25 reales cada kilo” (US$ 2,4 a 5), dice.

Los intermediarios compran los frutos a la comunidad y los transportan por barco hasta la ciudad amazónica de Belém para venderlos de inmediato en el centenario mercado Ver-o-peso y evitar que se pudran.

Junto al muelle, las madrugadas se pueblan de decenas de hombres que descargan los frutos de los barcos para venderlos a los fabricantes de pulpa, jugos y otros derivados.

Uno de esos hombres, Maycon de Souza, de 30 años, dice que “en una noche en que vienen todos nuestros clientes, gano entre 250 y 300 reales” (entre US$ 50 y 60). Luego apila tres cestos en su cabeza y carga otros dos sobre el hombro: 70 kilos en total.

La amenaza

Que la expansión del açaí provoca la pérdida de biodiversidad en algunas regiones debido a la sustitución de otras especies, no deja lugar a dudas.

“El biólogo Madson Freitas, investigador del Museo Paraense Emílio Goeldi y autor de un estudio sobre este fenómeno, llamado “açaización”, dice a AFP: “Naturalmente crecen unas 50, 60 o hasta 100 plantas de açaí por hectárea. Cuando pasa de 200, se pierde el 60% de la diversidad de otras especies también nativas de áreas inundables”.

Y agrega que “la pérdida de estas otras especies vegetales afecta inclusive al açaí, que se vuelve menos productivo por la pérdida de polinizadores, como abejas, hormigas y avispas”.

A eso se deben sumar los largos períodos de sequía, intensificados por el cambio climático, que afectan el desarrollo de los frutos.

Hacerse visibles

Freitas, originario de una comunidad “quilombola” de Pará, dice que el refuerzo de las reglas de conservación y la fiscalización ayudarían a combatir el monocultivo, pero que, para ello, “es preciso incentivar a los productores para que mantengan la selva en pie”.

El dirigente de la organización Malungu, Salomao Santos, representante de todas las comunidades “quilombolas” de Pará y líder comunitario del poblado de Igarapé São João, sabe que el monocultivo se puede transformar en un problema. “Quienes habitamos la Amazonía no vivimos de una sola especie, por eso temo que el açaí deje de sustentarnos, como ya ocurrió con los ciclos económicos de la caña de azúcar, el caucho y la alfarería”, dice.

Según el último censo realizado en Brasil, las comunidades “quilombolas” son 3.500, y agrupan 1,3 millones de personas. Pero a pesar de ese número, Santos dice que “a menudo nos sentimos invisibles a los ojos de la sociedad”.

“Si bien prestamos un gran servicio ambiental al mundo, preservando la selva, queremos que el Estado y todos quienes se beneficiaron del sudor y la sangre de quienes fueron esclavizados, paguen su deuda con nosotros”, señala a AFP.

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