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El eterno debate sobre el Mercosur

Es momento de abrirse a una nueva mesa de negociación 

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20 de diciembre de 2018 a las 05:04

Acaba de concluir una nueva cumbre del Mercosur. La próxima vez que a Uruguay le toque ocupar la presidencia ya será con un nuevo gobierno nacional. Recién a fines de 2020 Uruguay deberá liderar nuevamente el bloque. Esta también fue la última cumbre sin la presencia de Jair Bolsonaro, el nuevo presidente de Brasil. De aquí que muchos pensábamos que podía llegar a ser un semestre de definiciones dado los cambios que se avecinan. No hay dudas que el Mercosur sigue siendo un destino importante para sus miembros. Raro sería que no lo fuera. El bloque en sí mismo es de los pocos destinos con los que sus miembros tienen preferencias arancelarias importantes. Sorprende escuchar a muchos decir que “de Mercosur no hay que despegarse jamás porque es el principal destino de nuestros productos”. Para derribar este argumento, basta la siguiente analogía que siempre pongo a mis estudiantes cuando analizamos este tema: si existe una única ruta que une a un punto A y B, nadie podría decir que A no visita a C porque no quiere, sino porque no puede. En fin, quizá este sea un buen debate para otro momento.

Lo cierto es que hoy el Mercosur es un mercado que abarca un intercambio de US$ 40 mil millones entre los países que lo integran. Concretamente, representa cerca del 30% del comercio de Uruguay, 25% del argentino, 40% del paraguayo y 9% del brasileño. Este último porcentaje del caso brasileño, no es para nada menor ante un nuevo contexto económico y político en el país vecino. Si Jair Bolsonaro quiere tomar decisiones grandes en relación a la posición de Brasil en el Mercosur, no tiene las manos atadas comercialmente. Menos del 10% de sus exportaciones dependen del bloque. Como se sabe, acaba de asumir Argentina la presidencia Pro Tempore del bloque, lo que puede significar un nuevo intento de avance en este interminable camino de logros incumbidos. Si Mauricio Macri puede trasladar su visión de diplomacia proactiva al ámbito del Mercosur, le haría muy bien al bloque. Basta con ver los resultados obtenidos por Argentina en la cumbre del G20: en los dos días que llevó esta cumbre, el gobierno argentino firmó más de 60 acuerdos bilaterales. Solo con China, se firmaron 30 acuerdos que incluyen cooperación, el avance en obras de infraestructura en trenes, minería y generación hidroeléctrica. Con Estados Unidos, se concretaron acuerdos –algunos de ellos de educación– con un potencial de US$ 25.000 millones de inversiones y cooperación. Dado el nuevo contexto regional, Mercosur no debería ni desaparecer ni refundarse, sino que ni más ni menos modernizarse.

Lamentablemente, la evidencia muestras que bloques como este –de integración profunda y estructuras difíciles de dinamizar– solo se pueden modernizar cuando se cumplen algunas de las siguientes condiciones: estabilidad y voluntad política. Lo de estabilidad seria mucho pedir para el Cono Sur. La voluntad, puede que se concrete en un futuro cercano ante el posible alineamiento de los gobiernos en relación a la visión de dinamizar el Mercosur. 

Aunque muy tímida, vale resaltar la señal que se intentó dar a través de la firma de un memorándum de entendimiento con la Unión Económica Euroasiática, región a la que Mercosur exporta unos US$ 4 mil millones. En conjunto, estas dos economías, Mercosur y la UEE totalizan más del 6,5% del PIB mundial y no cabe dudas que existe alta complementariedad. Ver que este memorándum fue uno de los principales logros de la cumbre, da muestra de los desafíos que aún quedan por delante. Otro dato importante relacionado al bloque es que hace pocos días, en Brasilia, se concretó la cuarta Ronda de negociaciones entre Mercosur y Canadá. Ambas partes confirmaron su intención de concluir un acuerdo comercial para el 2019. El acuerdo abarcará capítulos claves como Defensa Comercial, Propiedad Intelectual, Facilitación de Comercio y Defensa de la Competencia.

Ojalá se avance tanto con Canadá como Corea del Sur, así como con cualquier otro mercado que le aporte más oportunidades a nuestras empresa. Y también las desafíe a tener que competir nacional e internacionalmente con otras empresas extranjeras. 
Al final del día, el debate siempre volverá a la raíz. Una vez que estos acuerdos se firman, se tienen que ratificar en el Parlamento donde el actual a partido de gobierno parece decidido a no ceder. Basta con ver la declaración relacionada a la política internacional una vez que el Plenario del Frente Amplio accedió a que se ratificara el TLC con Chile, a mediados de este año. En dicho documento se establecen un conjunto de orientaciones que blindan a gobiernos frentistas a avanzar en capítulos tales como energía, agua, telecomunicaciones y servicios financieros, así como también aquellos puntos de una negociación comercial que involucren compras públicas. 

El punto central de este debate pasa entonces por un desafío filosófico. Sea con Canadá, la Unión Europea o cualquier otro mercado, de firmarse un acuerdo, no parece lejano imaginar que la historia será muy precedida a la que ya conocemos. Los negociadores uruguayos se romperán el lomo negociando para que cuando el acuerdo llegue al Parlamento (o más bien en el Plenario del Frente Amplio) el debate para la ratificación será entre buenos y malos, entre imperialistas o comunistas. Y muy posiblemente haya una marcha con la consigna “fuera Canadá” con pintadas en su embajada. El resto de la historia ya lo sabemos, la policía mirará haciendo como que actúa mientras los hechos se consuman. A los pocos días, algunos encapuchados pedirán vacaciones. Mientras tanto, desde el gobierno se dirá que Uruguay ha perdido un nuevo tren. Y esta columna –cambiando los nombres de los países en cuestión– podría volver a publicarse una y otra vez. O vemos las oportunidades en base a datos objetivos y sobre ellos debatimos, o en pocos años ya no será ni necesario debatir.

El desacoplamiento comercial será tal, que le resultará muy difícil a Uruguay soñar con desarrollarse un poco más. De seguir así, vamos a terminar siendo por siempre tomadores de reglas. Y cuando en algunos años constatemos ese desacoplamiento comercial, será cuando los radicales de siempre dirán: no crecemos por culpa del imperio. Se olvidarán que esos mismos “imperios” a los que ellos se oponen, son los que hoy nos están invitando a formar parte de la mesa de negociación. 

 

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