11 de noviembre 2013 - 18:09hs

El aspecto cuantitativo ya da la pauta de la tragedia que se vive en la República Centroafricana, declarada “el país más triste del mundo” por Forbes International: el 62 % de sus cuatro millones de habitantes vive bajo la línea de pobreza y el Índice de Desarrollo Humano le otorga el puesto 180 de 187. Sin embrago es en lo cualitativo, en las historias de los que viven allí y en la evolución de los hechos, donde el país adquiere su dimensión completa. Una mucho más real y mucho más cruel.

La ONU ya advirtió de que puede haber una “masacre” o un “genocidio”, y la declaración no es banal porque la hizo Adama Dieng, encargado de la prevención de genocidios de la ONU y testigo del de Ruanda en 1994. Los relatos de estos días, 11 años después, se parecen a los de aquella época en que fueron asesinados más de un millón de personas en apenas 100 días.

Klostre Abdoulaye, antiguo empleado de la ONU, estaba en su casa el 23 de marzo cuando esta fue rodeada por jóvenes que agitaban sus machetes. Un oficial golpeó su puerta y pensó que sería alguien para protegerlo, pues era empleado de la ONU. Pero no. Un miliciano lo llevó, junto a su hermano y otros dos, al cementerio Ndres, donde los obligaron acostarse boca abajo en el suelo. “Abdoulaye instintivamente se levantó y corrió entre los disparos. Cree que se salvó porque las balas dieron en las tumbas, pero sus tres compañeros fueron asesinados. Se quedó escondido en un cerro, desde donde podía ver el cementerio y declaró que en las siguientes horas vio que un camión llevaba gente hacia el lugar y allí los ejecutaban. Aseguró que una organización humanitaria recogió y enterró los cadáveres de 17 personas que fallecieron ese día en Ndres”, según el relato para el informe de Amnistía Internacional sobre el “espiral de violencia que se descontrola” en la República, divulgado el mes pasado.

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Las muertes a machetazos se suceden desde por lo menos marzo de 2013. Hasta entonces gobernaba François Bozizé, que llevaba diez años en el poder tras encabezar un golpe de estado y legitimar posteriormente su Presidencia por medio de unas elecciones en las que hubo poca libertad.

Pero Seleka, una milicia musulmana, venía cometiendo algunas ofensivas contra el régimen y en marzo logró conquistar la capital, deponer al mandatario y proclamar a su líder, Michel Djotodia, como el nuevo presidente. A la potenciación de un grupo violento como Saleka le siguió el nacimiento de otro casi tan fuerte e igual de cruel, el Anti-balaka, compuesto por seguidores del derrocado presidente Bozize.

“Aunque su gobierno niega que exista una política de persecución hacia ningún grupo, reconoce el ascenso de la violencia entre las comunidades”, según un reciente reportaje de la BBC.

El informe de Amnistía Internacional recoge en sus 48 páginas otras tantas historias desgarradoras. Por ejemplo Simon Assana, de 62 años, estaba en su casa cuando el 14 de abril escuchó que los militares le pidieron dinero y el teléfono celular a su marido, que estaba afuera. Luego escuchó un disparo y cuando salió vio a su esposo en el suelo, sangrando y a segundos de morir. Una bala le había atravesado el corazón.

Parte de la violencia de Seleka se explica por su composición: entre sus filas hay antiguos criminales reclutados especialmente, además de combatientes de Chad o Sudán, junto con extremistas islámicos. El grupo crece, pues en marzo eran unos 5.000 pero ahora son 20.000, según una fuente del gobierno consultada por Ángel Gonzalo, periodista de Amnistía. Entre esos 20.000 podría haber unos 3.500 niños, reclutados a la fuerza.

Las mujeres son otra clase de víctimas de la guerrilla, pues además del desalojo y la violencia sufren ataques sexuales y el posterior rechazo de la comunidad. Selina, de 26 años, intentó escapar cuando los soldados llegaron a su casa pero no lo logró. Cinco oficiales la violaron por turnos hasta que ella quedó inconsciente. Cuando se lo contó a su novio, este la dejó porque había sido violada. Ningún médico la vio hasta el momento.

Tampoco los trabajadores humanitarios tienen algo de tregua: ya Médicos Sin Fronteras denunció hace pocas semanas que le roban sus vehículos, asaltan sus depósitos o les cortan la entrada hacia las zonas donde más se necesita su presencia.

Escape hacia cualquier lugar

La crisis está provocando un éxodo. De acuerdo con los datos de la Agencia de la ONU para los Refugiados, entre diciembre y setiembre se desplazaron unas 227.000 personas y 60.000 huyeron del país. La mayoría terminó en la República Democrática del Congo, Camerún o Chad, naciones que tampoco son un oasis de paz.

Otros, 35.000 hasta el momento, se refugiaron en la misión católica de Bossangoa, donde crearon una suerte de ciudad paralela con sus carpas, mercados y servicios básicos como la medicina o la barbería. Ahora temen volver a sus casas, que en su mayoría fueron saqueadas e incendiadas.

Los que sí ya se retiraron son los cerca de 6.000 que se refugiaron en la catedral de Bouar a fin de octubre. El problema es que los de Seleka consideran que todos los cristianos son anti-balaka y estos, temerosos, no se animan a estar por ahí por miedo a la muerte. “Ya abandonaron el lugar de culto, pero una parte de los refugiados, en lugar de regresar a casa, prefirió esconderse en el campo”, contó a la Agencia Fides el padre Benjamin Gusmeroli, misionero betharramita. “Estamos tratando de ayudarlos llevándoles comida, pero la solución real es la pacificación de los ánimos que permita a estas personas encontrar la serenidad de la mente para volver a sus hogares”, agregó. Las autoridades cristianas se reúnen con las musulmanas e incluso rezan juntas, pero la paz todavía no llega.

La asistencia internacional tampoco alcanza. Hasta ahora hay en terreno 2.100 efectivos de la Unión Africana y la semana pasada la ONU dispuso del envío de 250 hombres para proteger a su personal. Pero todavía no han aparecido los 1.500 oficiales que se prometieron y ningún líder internacional habló claro y fuerte de la tragedia.

Los vecinos –Chad, República Democrática del Congo, Congo-Brazzaville, Sudán, Sudán del Sur y Uganda– tampoco pueden hacer mucho. Varios ya tienen sus propias guerrillas internas, sus desplazados y sus hambrientos. No les queda margen para asistir a los centroafricanos que, si las cosas no cambian pronto, podrán presenciar en breve un genocidio similar al que vivieron hace 11 años los ruandeses.

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