Escribir algo sobre riego agropecuario luego de un año como el 2014 es contracorriente en el sentido literal de la palabra. Pero vale la pena hacerlo sobre mojado. Previo a estos tres años de mucha agua, sufrimos una seguidilla de secas que hubieran sido un golpe más severo para la economía de no haber sido por el fervoroso contexto internacional. Sabemos que estos pastos de verde rabioso en pleno verano son algo extraordinario.
Ocho de cada 10 litros que se consumen de agua en el país corresponden al riego en el agro. Según datos del Censo Agropecuario de 2011, se regaban en total 242 mil hectáreas, de las cuales 184 mil eran de arroz. Ha crecido de manera muy fuerte la venta de equipos de riego para uso en otros rubros y existe además una clara política pública de apoyo y promoción desde el MGAP. ¿Por qué hay más productores hablando e incorporando el riego? ¿Se seguirá extendiendo esta herramienta en el país? ¿Qué impacto puede tener el riego agropecuario en el futuro del Uruguay?
Nuestro punto de partida es muy elemental. Carecemos de una cultura del agua. Porque buena parte del agua utilizada proviene de las lluvias. No hemos tenido incentivos para desarrollar una cultura al respecto. Es curioso, mejor dicho, una bendición. Y sabemos muy poco del riego. Quienes hemos estudiado Agronomía al menos un par de décadas atrás, tuvimos un solo curso de riego en toda la carrera. Y optativo. Es decir, uno podía terminar el grado sin haber hecho un solo curso en la materia.
El riego del arroz es por gravedad e inundación, goza de un recurso abundante en la zona y de una infraestructura muy importante. Regar cultivos y pasturas es otro mundo, otra tecnología. Para hacerlo bien, esto es darle a las plantas la cantidad necesaria de agua, oportunamente, de la forma más fácil y económica posible, y con el menor impacto en los recursos naturales involucrados, debe recorrerse un larguísimo camino. El potencial es atractivo tanto por la oferta disponible (apenas usamos una pequeña parte del agua) como en las opciones de cultivos y pasturas.
La intensificación productiva y la suba del precio de la tierra explican, en buena medida, que tengamos cada vez más el tema en discusión. En el pasado, cuando uno quería expandirse, compraba más tierra ya que solía ser menos costosa que invertir en riego. Pero hoy, una hectárea agrícola vale cuatro o cinco veces más. Por lo tanto, la expansión a través de adquisición de más tierra en determinadas zonas está restringida. El buen marco externo que hubo y las promociones fiscales para la inversión en riego también han sido grandes alicientes.
Por otra parte, el capital invertido y la facturación por hectárea son mayores. Es decir, el productor invierte más en cada siembra, redobla la apuesta. Los suelos del Uruguay tienen escasa capacidad de retener agua, alta dependencia de las lluvias para recomponer la humedad, y las precipitaciones son variables. En los cultivos, el riego contribuye a estabilizar la producción o aumentarla. Por lo tanto, en un sistema con más capital invertido por hectárea, esta herramienta pasa a ser clave para gestionar el riesgo (variabilidad). Hoy tenemos un menú de herramientas para gestionar el riesgo precio en la agricultura y cubrirnos. Si llegamos a controlar en algo la producción, estamos a un paso de un gran salto cualitativo.
Incorporar esta tecnología carga desafíos: aprendizaje, costos operativos altos y particularmente el impacto que genera en todo el sistema. Cambia la planificación y la gestión del predio agropecuario y de sus recursos.
En el Anuario 2014, la Oficina de Programación y Política Agropecuaria (Opypa) simula el impacto de la introducción del riego en Uruguay. El escenario de alta incorporación significaría 300 mil hectáreas más de superficie, con mayor producción de granos y aumentos en el PIB nacional del 0,3%. Y lo que es muy claro: son inversiones multiplicadoras, con un retorno importante. Para cristalizarlo, la generación de conocimiento y de una cultura del riego será la clave.
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