21 de febrero de 2013 19:51 hs

Fue a comienzos del siglo pasado que, mediante la creación de estaciones agronómicas en 1911, comenzó a prosperar la investigación y a formarse en el país el complejo científico agropecuario.

Un hecho ocurrió casi de inmediato, que es referencia a la hora de repasar los orígenes de las estaciones experimentales del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA): la contratación del científico alemán Alberto Boerger, descendiente de una familia de productores agrícolas.

El científico alemán tuvo una formación multidisciplinaria, que encauzó a la fitotecnia y la genética agrícola. Boerger llegó a La Estanzuela el 5 de marzo de 1914, donde el gobierno uruguayo había decidido instalar el semillero nacional, según el libro INIA 20 años y hacia un siglo de vida (1989-2009).

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Fueron tiempos fundacionales en los que fue necesario aprender de otros y la presencia del científico alemán en Uruguay fue decisiva.

Otro acontecimiento se recuerda en la publicación de INIA: la visita de Nikolai Vavilov en 1932. En esa época, se habían entablado importantes relaciones con el Instituto de Investigación de Plantas Industriales de Leningrado, el más importante centro de estudios fitogenéticos del mundo, que dirigía el botánico y genetista Vavilov.

De esa forma, “La Estanzuela se había convertido en una pista de despegue y aterrizaje científico: sus investigadores viajaban para aprender y comparar experiencias, pero también se había convertido en una escala obligatoria para quienes lideraban las investigaciones en el mundo y para quienes querían profundizar sus estudios fitotécnicos y genéticos”, reseña la obra.

Un siglo después, el vicepresidente del INIA, José Luis Repetto, y el director nacional, José Silva, recorrieron días atrás un camino similar al que prestigió a la investigación agropecuaria uruguaya al visitar dos instituciones, una en Alemania y la otra en la Federación Rusa.

En Alemania visitaron Max Planck, el principal instituto de investigación, ganador de 18 premios Nobel a lo largo de su trayectoria, donde dejaron plantada la semilla de un futuro intercambio.

En la Federación Rusa el encuentro fue en la Academia de Ciencias Agrícolas, donde los representantes uruguayos intercambiaron documentos con sus pares rusos para reverdercer viejos laureles de intercambio.

Al intercambio de documentos y voluntades de fortalecer las relaciones institucionales siguió un encuentro entre el ministro de Ganadería, Tabaré Aguerre, quien encabezó la semana pasada una misión oficial en Rusia, y el presidente de la Academia de Ciencias Agrícolas, Gennady Romanenko.

En determinado momento de la conversación, de la que fue testigo El Observador, Romanenko le dijo a Aguerre que “estamos muy atrasados en el desarrollo de la ganadería de carne” y solicitó que Uruguay les ayude en la producción y la genética, así como en pasturas.

Se trata de una institución que tiene 166 estaciones experimentales en 1,5 millones de hectáreas, 1.587 doctores en ciencias (y 5.000 candidatos a serlos) y 144 miembros en la Academia de Ciencias. Todo lo que tienen, el Ministerio de Agricultura ruso “lo tiene en pequeño”, dijo Romanenko.

Tal vez como los pioneros del INIA, uruguayos y extranjeros, un siglo después pueda la investigación agropecuaria uruguaya seguir jugando en la cancha grande.

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