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El Chueco Perdomo se ejercita todos los días con gimnasia de boxeo

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Jugó con el padre de Cavani, en Peñarol se crió a refuerzos de mortadela y le ganó a Maradona: la vida del Chueco Perdomo

Jugó con el padre de Cavani, en Peñarol se crió a refuerzos de mortadela, ya en Primera, el Indio Olivera le dijo "traeme un café", jugó desgarrado la Copa América 1987 y fue el capitán campeón: la vida del Chueco Perdomo

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07 de agosto de 2021 a las 05:03

Palmitas y Los Náufragos fueron los primeros clubes de baby fútbol en los que mostró su desfachatez en las canchas, sus primeros duelos levantando tierra del piso. Es la historia de José Perdomo, el chueco más conocido del fútbol uruguayo.

Era tan bueno que con solo 13 años se lo llevó Ferro Carril de Salto, su ciudad, cuando estudiaba para ser mecánico tornero. “Cuando venían los trabajos de mecánica no faltaba nunca a la Escuela Industrial (hoy UTU), me encantaba. A las demás materias faltaba porque no me gustaban mucho”, cuenta Perdomo a Referí.

El Chueco Perdomo en sus inicios en Peñarol; entre otros, aparecen en esa foto Néstor Goncálvez, Domingo Cáceres, César Pereira, el arquero Enrique Carreras, José Luis Zalazar y Miguel Peirano

Y explica: “Andábamos cortos de plata, mi familia era de mitad de tabla hacia abajo. Mi padre cortaba caña para El Espinillar, se iba a las 4 de la mañana y llegaba a las 17. Traía panes, leche y a veces teníamos que esperar que trajera la comida para comer. Igual, mis viejos nunca nos dejaron sin comer, eran unos fenómenos”.

Cuando los dirigentes de Ferro Carril de Salto hablaron con sus padres, “yo les pedí un trabajo. El presidente Varese tenía una joyería y me dieron el trabajo de repartidor de la joyería en bicicleta, y dejé la UTU en tercer año”.

Perdomo aportaba un sueldo a la casa a la vez tenía que jugar en Ferro Carril. "Me subieron a Primera, jugué seis partidos en una Liguilla con unos fenómenos: el Indio Gularte, Lucchini, el padre de Cavani. El golero era el Loco Ribas que jugó en Danubio. Teníamos tremendo equipo. Me fue a buscar Julio Guerra, dirigente de Peñarol, con el Tito Goncalves y el Maño Ruiz. Me vieron en esa Liguilla y fueron a hablar con mis padres. Ida, mi mamá, no quería que me fuera. Mi padre, todo lo contrario: ‘Te pego una patada en el culo si no te vas, porque tenés la oportunidad de ir a Peñarol’. Fue todo tan rápido que no tuve la oportunidad de jugar en la selección (de Salto)”.

El Chueco arriba del ring, cuenta que le gusta y que se defiende bastante bien

Nunca había viajado, ni siquiera a Montevideo y con 14 años, llegó a la capital viajando en la Onda. “Vomité durante todo el viaje porque los ómnibus eran herméticos". 

"Armaron una concentración dentro de Los Aromos y estuvimos un año viviendo ahí, nos pusieron cuchetas y venían todos los pibes del interior. El coordinador era el Tito Goncalves, el gran Néstor, padre de Jorge, con quien después ganaríamos la Copa Libertadores, y andaba en un Fusca. En Los Aromos había una campana al lado del comedor. A veces jodiendo, yo tocaba la campana y el viejo me decía: ‘Chueco, yo paso el puente que está a 100 metros de la entrada y ya te veo que les avisás a todos que venía. Mirá que te tengo calado’. Porque él nos controlaba, si teníamos la cama hecha, que no durmiéramos de más, que hiciéramos actividades dentro de Los Aromos, como barrer, limpiar. Era un fenómeno”.

Al siguiente año los llevaron a la pensión de Ejido y Durazno. "no teníamos la atención de Los Aromos, en donde Gladys era como una madre, nos hacía la comida. En cambio en la pensión, fuimos al centro de Montevideo y por suerte nos apoyábamos entre nosotros”, explica.

Dos grandes de Nacional, Santiago "Vasco" Ostolaza y Jorge Cardaccio, marcan al Chueco Perdomo en un clásico; con el Vasco hizo una gran amistad en la selección, la que dura hasta hoy

Y agrega: “Comíamos en el restorán del Bebe, solo almuerzo y cena, no teníamos desayuno hasta que un día se arregló con el boliche La Explanada e íbamos a las 6 de la mañana a comer porque teníamos un hambre bárbara. Para la merienda, arreglamos con el dueño de un almacén de los de antes que estaba en Ejido y Durazno y el dueño nos hacía refuerzos de mortadela. No teníamos sueldo, eran viáticos, y lo bueno que teníamos era que, si el equipo ganaba, teníamos $ 300 y sábado o domingo, te ibas a tomar una Coca Cola. Ahora es solo viático. Era un incentivo. Jugabas y guerreabas para tener esos $ 300”.Con el primer viático que cobró, le compró un televisor en colores 14 pulgadas a su mamá.

José Batlle Perdomo ante Adolfino Cañete de Paraguay en la Copa América de Brasil 1989 que los celestes terminaron segundos tras perder 1-0 la final contra Brasil

Eran otros tiempos y el Chueco no tenía otra que comunicarse a través de cartas con sus padres, quienes vivían en Salto.

Aquí se pueden ver dos golazos en sus primeros partidos en Peñarol:

“Nunca hubo teléfono en casa y nos comunicábamos por carta con mis viejos. Una señora vivía frente a casa y yo me iba al correo debajo de la intendencia de Montevideo donde había cabinas para hacer llamadas y llamaba a esa vecina. No había otra”.

Dice que es “una lástima” que su padre José, que le enseñó a jugar al fútbol y lo mandaba a pegarle a la pelota contra un muro, no lo haya podido ver en mayores, ya que falleció antes de un ataque al corazón. “Jugó al fútbol y era muy bien visto. Jugaba con sus hermanos: el Matón, el Grillo, la Yegua, la Vaca. Jugaba bien de zaguero y lo vi jugar”.

Perdomo en familia con sus hijos Gonzalo (parado) y Stéfano (arquero de Sud América), sus parejas Daiana y Stefanía, su esposa Susana y su cuñada Graciela (de rojo)

Vivían frente al Parque Solari. “Iba de mañana a la escuela, nos daban un desayuno con un vaso de leche y una galleta de campaña. Yo era el encargado de pasar por la panadería y llevar una bolsa para la escuela. Por supuesto que tenía marcada la galleta más grande, que era para mí”, cuenta a las risas.

Tuvo siete hermanas, una ya fallecida, (“pero sigue viviendo en mi corazón”, dice), y dos varones.

Aquí otros dos golazos del Chueco, esta vez, en un clásico ante Nacional:

El primer año ya fueron campeones con la Quinta de Peñarol. Hacían pretemporada en las dunas de Shangrilá, “seis kilómetros por arena blanda y seis por arena dura. Llevábamos a caballito al compañero, nos ponían cubiertas para subir las dunas. Era tremendo. El último día de pretemporada tuvimos que ir corriendo desde la Turisferia en el Parque Roosevelt, al Palacio Peñarol: 18 kilómetros. Era fatal. Hoy son totalmente distintas”.

Con 17 años debutó en la Primera de Peñarol con Hugo Bagnulo en un plantel de nombres tremendos como Fernando Morena, el Indio Olivera, Diogo, Bossio, Saralegui… Pero pasó una semana en la que no pudo dormir por cómo se dio ese debut. En aquella época, el equipo principal iba una vez por semana a entrenar a Las Acacias y él, como los demás juveniles, se sentaban a mirar a las estrellas.

El grupo que hace boxeo con el Chueco Perdomo

“Me acuerdo que un día le pregunté a Jair cómo hacer para pegarle en los tiros libres (yo estaba con el Cabeza Zalazar) y me dijo en portugués: ‘Usted tiene que mirar’. Le pegaba con tres dedos y después nos enseñó a poner el pie de apoyo cerca de la pelota”, recuerda.

¿Pero cómo fue su llegada al equipo principal de Peñarol? “Luis Prais me dijo: ‘Chueco, mire que Hugo Bagnulo le quiere hablar’. Ellos llegaban después de nuestro entrenamiento. Lo esperé. Nos íbamos en el 156 de Cutcsa de regreso a la pensión y mis compañeros me hicieron el aguante. Yo estaba nervioso porque pensaba, ‘¡qué habré hecho!’. El Hugo me dijo que quería hablar con mi padre. ‘¡A la mierda, ¡¿qué habré hecho?!’, me seguía preguntando”.

Perdomo, capitán de Uruguay, y Maradona, de Argentina, previo al partido por la Copa América 1987

Perdomo le envió una carta a su padre para contarle. “Me cagó a pedos. ‘¿Qué hiciste?’, me decía. ‘Papá, yo no hice nada’, le contesté. Le preguntaba a mis compañeros de la pensión para ver si había hecho algo malo. Pasé una semana pensando qué había hecho y si me iban a echar. Llegó mi viejo el lunes, lo fui a buscar y él estaba como un ogro conmigo. Era de esos gauchos con la mano bien pesada. ‘No me pegues una cachetada’, le dije”.

Entonces fueron juntos a Las Acacias y estaba el Hugo. “Mire, quería hablar con usted porque voy a ascender a dos jugadores, uno es su hijo y el otro Zalazar. Quiero que me dé la autorización porque va a trabajar con grandes, y si tiene una lesión, quiero que usted considere que es parte del fútbol”, le dijo Bagnulo al padre del Chueco y este le dio el Ok. “Ahí me desinflé. El viejo Hugo era un fenómeno, un adelantado. Todo eso lo había hecho para pedir permiso que yo iba a trabajar con hombres. Ahí nos distendimos más con mi viejo que había viajado ocho horas en la Onda con la incertidumbre de que no sabía por qué lo hacía”.

Así recibió Perdomo la Copa América en 1987 como capitán:

Perdomo debutó en Primera fuera de su puesto. Se había ido el brasileño Jair por aquel problema que hubo en el plantel tras ganar la Copa Intercontinental al no querer compartir el auto. Bagnulo entonces lo puso de “10”, en el puesto de Jair, nada menos. Fue por la Liguilla contra Wanderers y en el rival jugaba Alcides Fagúndez quien era primo del Chueco.

El día que el Indio le puso un examen

Como sucede con las nuevas generaciones en un plantel, hay que pagar derecho de piso. Y fue nada menos que el Indio Olivera quien le puso una prueba para ver cómo se manejaba.

“Estaban jugando a las cartas, yo miraba. Había una mesa de cartas redonda, grandísima, donde está la sala de musculación ahora, y el Indio me probó: ‘A ver, Perdomo, vaya y tráigame un café’. Había dos opciones: ser irrespetuoso con él y decirle ‘andá vos’, y la otra, quedar como un alcahuete. El Indio era el capitán, el ídolo, el caudillo. ‘¿Qué hago?’, pensé, mientras le contesté enseguida ‘ya le traigo uno’. Había un mozo que era un fenómeno, servía las mesas. Fui a la cocina y le comenté: ‘El Indio pidió un café. ¿Se lo podés llevar?’ y lo acompañé a él mientras se lo llevaba. ‘Muy bien Perdomo, pasó el examen’, me contestó el Indio. Fue una época hermosa en la que mamé todo del Indio, de Diogo, Saralegui, el Lagarto Morales, Vargas, Falero, Morena, el Tato Ortiz”.

Aquel juvenil no podía creer que estaba jugando con Morena, en el mismo equipo en el que en el mediocampo jugaban Bossio y Saralegui, “que si eras rival los tenías que pasar tres veces para llegar a nuestro arco”. Pero claro, a Bossio y Saralegui, que eran de sus características “no les sacabas el puesto ni loco”. Esperó la oportunidad en el puesto que quería, que era de “5”. Hasta que en determinado momento se fue Saralegui a España y pudo jugar “de 8, y jugábamos Bossio, yo y el Cabeza Zalazar”.

Con Gustavo Matosas cuando recibieron una distinción por ser campeones de América

Pero muy poquito antes, estuvo por ir a Liverpool porque no tenía lugar. Otro grande de Peñarol como Roque Gastón Máspoli le pidió que no se fuera.

“Me habían operado de meniscos y estaba con Susana, mi novia, que después fue mi esposa, y vino el presidente de Liverpool, Di Candia, a verme a Casa de Galicia. Me dijo que me quería. Yo le contesté: ‘Yo me estoy por casar y no tengo nada. Necesito cocina, heladera’, le pedí todos los electrodomésticos y me dijo que sí, que no había problema”, explica.

Sin embargo, cuando volvió a Peñarol a hacer la rehabilitación, Roque le dijo que no se iba. Fue una orden. “Roque era otro fenómeno, de esos técnicos que te dejan mil cosas. Me dejó todo, no solo la parte futbolística, sino cómo comportarte en la vida. Le gustaba el tute y jugábamos y como que siempre quería ganar. Él armó una cancha de vóleibol y jugaba muy bien el viejo, no sabés lo que era. Terminaba caliente porque tratábamos de ganarle y se enojaba mal. ¡Las manos que tenía! Te pegaba y era tremendo”.

Hace un par de años en el Centro de Alto Rendimiento de Peñarol junto al fallecido Robert Lima y Gabriel Cedrés

Se quedó en Peñarol y poco después jugó el clásico de los ocho contra 11 que ganaron los aurinegros. Justo uno de los expulsados fue él. “Me quería morir, pero por suerte teníamos un equipo que a la larga lo pudimos disfrutar. Festejamos eso porque era algo increíble”, cuenta.

En la Copa Libertadores de 1987 debutó en el 3-2 contra Progreso, pero también lo expulsaron. Peñarol viajó a Perú para enfrentar a los otros rivales del grupo, San Agustín y Alianza Lima. Juan Carlos Paz entró por él y anotó los goles que le dieron al club un empate y una victoria. Entonces, al regreso del plantel, perdió el puesto.

Entre Peñarol y Old Boys, al que también dirige, Perdomo se toma tiempo para ejercitarse

“Juan Carlos Paz era mi suplente y en Perú hizo los dos goles. Cuando volvieron quedé de suplente, hablé en una buena con el Maestro (Tabárez, que era el técnico). ‘Mire, yo tengo una trayectoria en Peñarol y hasta este viaje era el titular’, le comenté. Claro que ahora lo entiendo porque soy técnico, pero como jugador quería que me respetaran. El Maestro me dijo: ‘Quédate tranquilo, yo te tengo en cuenta, pero el hombre (Paz) hizo los dos goles, anda bien y se ganó el puesto también’. Hubo un parate en la Copa porque venía la Copa América y me citó (Roberto) Fleitas y me puso de titular”.

Jugó la Copa América desgarrado

Las ganas de no perderse nada muchas veces lleva a los jugadores a hacer cosas increíbles. Y Perdomo no estuvo exento de eso. “Una semana antes de ir a la Copa América de Argentina hicimos un entrenamiento con la selección de Maldonado. Fui a patear una pelota y me desgarré el cuádriceps de la pierna derecha. Me dolía y me agarró (Alberto) Ganeglus (el kinesiólogo): ‘Chueco tenés un desgarro, no podés jugar así’. ‘¡Qué no voy a poder jugar! Yo viajo igual’, le contesté. ‘No, no podés. Tenemos que pasar el informe con el médico (Walter Demarco)’, siguió Ganeglus. Entonces ahí bajé un cambio y casi que le imploré: ‘No, por favor, no voy a decir nada, es mi oportunidad, estoy de suplente en Peñarol y quiero jugar’. Y Ganeglus me dijo: ‘Pero mirá que nosotros corremos el riesgo’. Y se la jugaron por mí, lo que siempre agradecí”, sostuvo.

Aquí se puede ver el sorteo de los capitanes antes de enfrentar a Argentina por la Copa América 1987: Perdomo y Maradona:

Se venía Argentina, el vigente campeón del mundo y en su casa. Y Perdomo no solo estuvo allí, sino que fue el capitán. Era su tercer partido con la celeste, el primero por un torneo, y Fleitas le vio la pasta de caudillo para darle el brazalete.

“Jugué desgarrado el clásico contra Argentina y empecé a formar mi zurda porque como no podía pegarle de derecha, le pegaba con la otra pierna. Después que terminó el partido, no podía pararme del dolor. Se me cortó el cuádriceps y tengo una cicatriz. Jugué los dos partidos, y en el gol de Bengoechea en la final contra Chile, si ves la jugada, le pegué de zurda. Ganeglus me ponía unos imanes antes de los partidos, pero creo que era más un trabajo psicológico que otra cosa. El doctor era otro fenómeno, me hicieron el aguante”, recuerda.

Así marcó el Chueco Perdomo a Maradona en el partido de la Copa América 1987 jugado en el Monumental de River de Buenos Aires; en el fondo, aparece Enzo Francescoli

¿Y cómo fue marcar a Maradona? Dice que al no tener celulares o computadoras como los futbolistas de hoy, se juntaban antes y hablaban mucho. “Le pregunté el día antes a (Gustavo) Matosas, ‘¿cómo vamos a hacer para marcar a este fenómeno? Vamos a hacer una marca escalonada, vos salís y yo te cubro, te pasa y estoy yo, o si no, corto’. En pleno partido, en una jugada, salió Gustavo, se la jopeó, a mí también y casi terminamos en la pista de atletismo de la cancha de River con el envión que llevábamos. Era un fenómeno. Ellos eran superiores y campeones del mundo, un rival dificilísimo, pero planteamos bien el partido”.

Le agradece “la vida a Fleitas” por haberlo llevado como capitán. “Tenía 22 años y estaban el Tano (Gutiérrez) y Francescoli que había jugado el Mundial de México, pero me eligió a mí”.

Así fue el gol de Bengoechea ante Chile en la final de la Copa América 1987 luego de un remate (de zurda, por la lesión) del Chueco Perdomo:

El Chueco agrega: “Ahí le compliqué la vida a Tabárez también, porque volvía a Peñarol siendo capitán de la selección. Salió una gira por México y yo venía con esa lesión y pedí para hablar con el Maestro. Le dije que había jugado desgarrado, que necesitaba reposo, pero si estaba la oportunidad de ser titular yo hacía el esfuerzo e iba. ‘Yo quiero contar contigo’, me dijo y salió esa gira por México. Y allí contrataron a Juan Carlos Paz y se armó el mediocampo conmigo de 5, Dito (Da Silva) o Matosas por derecha y el Zurdo Viera por izquierda”.

Perdomo en la final ante Chile, en la que fue decisivo en la jugada del gol celeste que dio el título a los dirigidos por Roberto Fleitas

Admite que Peñarol tenía muy buen equipo y que arriba había dos punteros que volaban como el Pollo Vidal y Jorge Cabrera, con Diego Aguirre de centrodelantero y jugaban siempre con un 4-3-3.

El partido que mejor jugó Peñarol para Perdomo fue la goleada 3-0 contra Independiente en el Centenario. “Algunos hinchas me hablan del 4-2 en Avellaneda o de la final, pero yo recuerdo ese 3-0. Enfrentamos a un equipazo con Marangoni, Clausen, Bochini, un equipo con gente experimentada, y nosotros teníamos casi todos 21 o 22 años. No la tocaron. Ese fue el partido que más recuerdo de aquella copa. Fuimos agresivos en el juego, con una gran presión alta y no la tocaron. Por supuesto que el de Avellaneda fue un buen partido, pero jugamos más de contragolpe”.

El capitán uruguayo, el Chueco Perdomo, levanta el trofeo de la Copa América 1987 ganada en Argentina

Durante la final contra América de Cali en Chile, tuvo un esguince de tobillo muy grande “por una plancha que me metió Sergio Santín, y entró Jorge Goncálvez de 5. La vi con el Tuqui (Amadís) Errico, desde el túnel. Mi tobillo tenía una inflamación bárbara”.

Cuenta que tenía “una bronca bárbara, porque ellos eran babosos, tiraban la pelota para adentro y empezaron a contar 10, 9, 8, cuando se terminaba el alargue. Diego (Aguirre) fue el tocado por Dios ese día, con virtud de él que cruzó la pelota al gol. Lo que más mérito veo es que en ningún momento Peñarol dio por perdida esa final, luchó hasta el último segundo. Con el Pepe Herrera, Rotti, el Tito, Ferro, el Bomba Villar, la Guacha Domínguez, Miguel Santos, el Tío Sánchez, éramos casi todos botijas, lo que le da más trascendencia a ese título. Y el fútbol del Zurdo Viera nos hizo ganar la Copa. Evolucionamos grupal colectiva e individualmente. Al Bomba le puse yo el sobrenombre por cómo le pegaba a la pelota, y nos permitió jugar esa tercera final”.

Peñarol 1987 campeón de la Copa Libertadores; Perdomo fue titular y puntal del equipo

¿Quién no recuerda el golazo que le hizo a Inglaterra en Wembley? Fue en un amistoso previo al Mundial de Italia 90. Uruguay ganaba con un gol del Vasco Ostolaza de cabeza, pero empató John Barnes. Sin embargo, llegó un tiro libre por una falta a Ruben Sosa a 30 metros del arco.

Así fue el golazo de Perdomo en Wembley ante Inglaterra para la victoria por 2-1:

“Hicimos una de las mejores preparaciones para afrontar un Mundial. Habíamos jugado contra Alemania e Irlanda del Norte y luego llegó Inglaterra. Andábamos muy bien. En ese tiro libre teníamos dos pateadores que eran Pepe Herrera y Enzo (Francescoli). Pero yo me acerqué y les dije: ‘Está muy lejos para colocarla. Déjense de embromar, déjenmelo a mí que le pego con fuerza’, y fue ahí, donde quise. A veces paso ese gol y algunos me dicen que (Peter) Shilton, el arquero, estaba viejo. ‘Yo no veo quién está en el arco. Por mí que estén Mazurkiewicz, Álvez o el Gallego Ferro. La pelota entró. Además, ¿Shilton después no fue el arquero en el Mundial?”, comenta sonriendo.

Boskov lo comparó con su perro

En el Mundial de Italia 90, Uruguay fue muy superior a España en el debut. Sin embargo, no pasó del 0-0 luego de que Ruben Sosa marrara un penal. “Ruben dice que no, que esa jugada no lo bajoneó para el resto del Mundial. Lo respeto mucho, para mí es un fenómeno, pero creo que es jugada sí le pegó psicológicamente. El grupo lo alentó, pero a partir de ahí, creo que lo sintió. Venía de un rendimiento notable en las Eliminatorias y en la Copa América que perdimos la final 1-0 con Brasil. Para mí, debería haber pateado Enzo, pero Ruben agarró la pelota y quiso patearla él. La responsabilidad debería haberla tomado Enzo, no sé qué pasó, nunca pregunté. Contra Bélgica nos hicieron un gol tempranero, se pusieron 3-1, nos madrugaron y reaccionamos un poco al final. Salimos a arrollarlos a ellos porque necesitábamos la victoria y nos sorprendieron. Nos conocían a nosotros. No éramos el equipo a ganar, pero se cuidaban ellos. Contra Corea tuvimos chances y no pudimos hasta el último minuto. Le jugábamos de igual a igual a todos y algunos nos temían, y a nosotros nos cuesta ser dominadores del juego”.

De la Copa América de Brasil 1989, se fue directo a Italia contratado por Genoa; allí jugó con el Pato Aguilera y con Ruben Paz; los tres aparecen en la foto

El año anterior, tras perder la final de la Copa América con Brasil, se fue desde Río hacia Italia para firmar con Genoa, junto al Pato Aguilera y Ruben Paz. Le pidió a Francescoli que lo ayudara a comprarse un buen saco para llegar con otra pinta. Pero cuando llegó, el delantero Fontolán, le vio el saco, lo tocó y le dijo: “¡Pero esto es cartón!”. Y cuenta Perdomo: “¡Y eso que me lo había comprado en un buen lugar de Río y me había llevado el Enzo! Si estaríamos lejos”.

Allí fue cuando antes de un clásico ante Sampdoria, el técnico rival, dijo: “Si soltara a mi perro en la cancha, jugaría mejor que Perdomo”.

Perdomo y los guantes de boxeo; el exfutbolista se ejercita para quitarse el estrés

Así lo recuerda el protagonista de esta historia: “Le habíamos ganado un clásico 1-0. Ellos tenían un gran equipo con Mancini y Vialli (los actuales técnicos de la selección italiana) y yo los cagué a patadas. Los italianos no son bichos, tienen un orden, una planificación, pero no la viveza criolla, entonces nosotros les levantamos un poquito el codo y se lo comen. Yo entendí que había dicho que yo era como su perro ovejero alemán, fuerte, agresivo. No le di trascendencia. Todavía pensé: ‘Si soy como un perro ovejero alemán, es que soy bueno, porque son perros importantes. Para mí es una satisfacción’. Pero se me acercó un abogado para decirme si quería hacerle un juicio. ‘Si no gasto plata, vamos a hacerle un juicio’, le contesté. Le ganamos US$ 100.000 más US$ 50.000 que debió pagar de multa a la Federación Italiana”.

Tras un buen pasaje por Coventry City de Inglaterra en el que no se pudo quedar tres años más porque Paco Casal llegó tarde a la reunión con los dirigentes a la hora de renovar, defendió a Betis de España y debutó en un clásico ante Sevilla.

Perdomo supo jugar en el fútbol inglés; aquí, defendiendo la camiseta de Coventry City

“Se dio una situación increíble. Debuté contra Bengoechea jugando de 5 y yo de 10. ¡Él me tenía que marcar a mí!”, recuerda y se ríe. Y añade: “Los clavé, les hice un gol. Vivía en un hotel con mi familia y Pablo jugaba en Sevilla y venía a la piscina con su familia y compartíamos toda la tarde. Pasábamos divino”.

Su pasaje por Gimnasia y Esgrima La Plata de Argentina también tuvo ribetes interesantes con Gregorio Pérez como técnico. Es que debutó en un clásico ante Estudiantes el 5 de abril de 1992 y lo hizo, al igual que con Betis, con un gol. Ese día también debutó el Mellizo Guillermo Barros Schelotto.

Gimnasia y Esgrima La Plata también supo tener a Perdomo en sus filas; aquí, en el clásico contra Estudiantes

Su golazo de tiro libre se recuerda como “el clásico del terremoto”, porque como dice hasta Wikipedia, y lo refrenda el propio Chueco “hubo un movimiento de tierra porque ahí cerca había un sismógrafo y lo registró. Fue tal la explosión del grito de los hinchas, que se movió la tierra. No fui un jugador como Enzo (Francescoli), pero tuve lo méritos”.

Así fue el golazo de tiro libre de Perdomo para Gimnasia en su debut contra Estudiantes:

Volvió a Peñarol en 1993 para terminar con la racha de no  poder ganar el Uruguayo, y no solo lo consiguió, sino que fue uno de los que comenzó el segundo quinquenio de la institución. Gregorio fue a su casa y le dijo que lo quería en su equipo, y así se dio.

José Batlle Perdomo en su segundo pasaje por Peñarol cuando comenzó lo que luego sería el segundo quinquenio de la institución

Hoy hace 16 años que está en Peñarol fuera de la cancha. Fue técnico de las juveniles, tuvo un interinato en Primera incluso, y ahora está de técnico de Preséptima y es scouter en la captación, “porque me destaco en traer a los mejores jugadores del interior. Néstor Goncálvez me pidió para estar dentro del proyecto que él hizo".

Fue técnico de Federico Valverde, Diego Rossi, Santiago Bueno, Brian Rodríguez, el Canario Álvarez y tantos más.

José Batlle Perdomo junto a Gustavo Da Silva, Andrés Martínez y Darío Silva en Los Aromos, en 1993

“Todos salieron campeones conmigo. Que hayan subido a Primera de Peñarol y algunos ya se hayan ido, es un complemento de todos los técnicos, no es un mérito solo de (Fernando) Curutchet (ahora en Nacional), porque hay captadores que trajeron a estos botijas y entrenadores que hicieron el proceso como para que llegaran a Primera. No es que el coordinador solo hace todo el trabajo”, explica. También es el técnico actual de las categorías de 18 y 19 años de Old Boys, en la Liga Universitaria.

Dirigiendo a los jóvenes en Peñarol en una gira por Ecuador en 2019, con el Canario Álvarez como capitán

En los ratos libres le gusta hacer gimnasia de boxeo. Casi todas las mañanas hace dos horas allí en un club pegado al Lago Calcagno. “Te da disciplina, tranquilidad, te limpia la cabeza. Cero estrés, le pego a la bolsa y hago guantes con algún botija”, cuenta.

José Perdomo y su hijo mayor, Gonzalo, junto a Diego Maradona, luego del partido despedida del Pato Carlos Aguilera

Con Susana son padres de Gonzalo y de Stéfano, el actual arquero de Sud América.

En su etapa de director técnico de las inferiores aurinegras

El Chueco Perdomo tiene su historia y él es un pedazo del fútbol uruguayo.

 

 

 

 

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