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Héctor Molina y su cancha de fútbol

Fútbol > LA HISTORIA DEL INDIO MOLINA

"La gente me dice: 'fuiste dos veces campeón del mundo y no tenés un mango'"

Integró los planteles de Nacional que ganaron las copas Libertadores e Intercontinental en 1980 y 1988

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17 de octubre de 2021 a las 05:04

Héctor Molina comparte con Julio César Morales, Víctor Espárrago, Juan Carlos Blanco y Hugo De León, el mérito de ser dos veces campeón de la Copa Libertadores de América con Nacional: 1980 y 1988. El Indio Molina también, así como Espárrago, Blanco y Morales, fue dos veces campeón de la Copa Intercontinental. Además, dio vueltas olímpicas con la selección juvenil y con Basáñez. Un predestinado para ganar. 

Cuando jugaba en la Sexta división de Nacional, un compañero lo bautizó Indio y le quedó para siempre. “Yo usaba el pelo largo y principalmente me puso así porque iba sin freno a la pelota. El freno lo dejaba en el vestuario. Me tiraba a los pies y tenía que ser hábil para sacar el cuerpo. Mi juego era hacerme sentir. Este es un indio dijo, y me quedó”, contó a Referí el exfutbolista, que hoy tiene 61 años. 

Molina vive en la zona del Cerro

Ese apodo borró el anterior, el de Chango, porque jugaba parecido a su ídolo, Jorge “Chango” Laclau. En esta nota repasa momentos de emoción y anécdotas imperdibles de su historia en el fútbol. 

De la Extra a la Sexta tricolor 

Molina nació en La Teja y en el horario de la siesta se escapaba de la casa para ver a Progreso en la cancha de Ancap. Su abuelo jugó en ese equipo y su padre era hincha. Después la familia compró un terreno en el Paso de la Arena y fue a vivir allá. 

A los ocho años empezó a jugar al baby fútbol en El Ceibo y luego continuó en Huracán del Paso. Debutó en Primera a los 14 años, en la divisional Extra. “Era la época en que los hinchas llegaban en camiones a la cancha. Se jugaba muy fuerte, con uñas y dientes. Había equipos famosos de la época: Boca, Fraternidad, Lavalleja. Cuadros de barrio pero bravos, que competían por subir a la C”. 

Así fue moldeando la personalidad. “Tenía de técnico a Esteban Álvarez que jugó en Defensor, un moreno gigante. Me ponía más bien de defensa porque tenía miedo que arriba me lastimaran; prefería que yo marcara a que me marcaran. Me enseñó a marcar, a pararme, me enseñó todo. Un sabio del fútbol”. 

El plantel de Nacional de 1980: Molina está entre Cacho Blanco y Daniel Enríquez

Después de jugar un campeonato con La Rinconada, lo invitaron de Nacional para entrenar en la Sexta división. De 700 jugadores que se presentaron, quedaron 10, de los que solo dos llegaron a Primera: él y Wilmar Cabrera. 

El técnico era el argentino Miguel Ignomiriello, quien marcó una época en los tricolores. “Fuimos los últimos que fichó Ignomiriello en Nacional. En la Sexta jugaban Alfredo Arias, Alberto Bica; en la Quinta estaban Carrasco, Revetria, Caillava, De Los Santos, Adán Machado, Pagola, Muniz. Salieron campeones de Quinta, jugaban en la selección juvenil y el mismo año debutaron en Primera”. 

A la selección en taxi 

En su barrio no entendían cómo dejaba de jugar en el primer equipo de Huracán para irse a la Sexta de Nacional. Estaban todos enojados y él les repasaba el plantel que había. 

En 1977 la selección juvenil dirigida por Raúl Bentancur y Esteban Gesto entrenaba en el Complejo Militar de la calle Garibaldi y cuando le faltaban jugadores, pedían a Nacional que les enviaran desde el Parque Central. 

“El técnico elegía según los puestos que precisaban y nos mandaban en taxi desde el Parque”, recordó Molina. Él concurrió varias veces y cuando la selección regresó del Mundial de Túnez en 1977, fue citado formalmente para integrar el siguiente seleccionado juvenil. 

Así lo recordó Molina: “Cuando salió la preselección compré el diario para ver mi nombre publicado. Yo estaba en el Parque Central y me tomé un ómnibus para ir a contarle a mi padre. Él trabajaba en la calle Buenos Aires en un taller de fotomecánica. A la entrada de la Aduana me desesperé porque iba demasiado lento, me bajé y me fui corriendo. Estaba deseando decirle a mi padre. Cuando llegué y entré al trabajo, fue un momento emocionante. Le dije: ‘Papá, me citaron para la selección juvenil y él se ahogó de la emoción y se fue para el baño’”. 

Molina, dos veces campeón del mundo

En 1979 integró el equipo que fue campeón Sudamericano juvenil en Montevideo y fue al Mundial de Japón. Cuando regresó a Nacional jugó algunos partidos en Tercera división, sufrió un esguince de rodilla y dejó de ir al club: “El técnico no me tenía mucho en cuenta y en Primera había 56 jugadores. Pero justo sacaron a los técnicos y quedaron Mujica y Gesto. Entonces me llamó Gesto a mi casa y me preguntó cómo andaba y si yo pensaba seguir jugando al fútbol. Me dijo: ‘Si usted piensa seguir jugando al fútbol, el lunes a las 9 hay una práctica en el Parque Central’”. 

Campeón de todo 

Cuando terminó el entrenamiento los técnicos dieron una lista de 18 jugadores que tenían que presentarse al día siguiente y ahí estaba Molina: “No tiene nombre lo que jugué”, contó. 

En 1980 fue campeón de la Libertadores y luego campeón Uruguayo. “No me olvido más cuando dimos la vuelta en el Parque. Le ganamos 1-0 a Defensor con gol de Cascarilla Morales y fui titular. Dar la vuelta en el Parque era lo máximo”. Recuerda la final de ida de la Copa contra Inter en Porto Alegre como uno de los mejores partidos que jugó Nacional. “Fue espectacular, de siete puntos para arriba todos”. De la revancha en el Centenario rescató una anécdota propia de aquellos de convulsión política en el país. “Los suplentes siempre nos quedábamos en la platea. Cuando había un cambio tenías que entrar al vestuario y salir a la cancha por el túnel. Terminó el partido con Inter y quisimos entrar a la cancha para festejar, pero los milicos no nos dejaron. Era plena dictadura. No pudimos dar la vuelta olímpica”, señaló. 

También se acuerda de una broma que le hizo al profesor Gesto: “Él había hecho un diagrama en la pared del chalé de los técnicos en Los Céspedes, donde marcaba hacia arriba cada vez que pasábamos un escalón en la Copa. Le dije, profe, si seguimos ganando vamos a llegar hasta el techo. Y así fue”.

Nacional campeón del mundo en 1988: Molina aparece a la izquierda de De León

Después de ganar la Copa Intercontinental en febrero de 1981, Nacional tuvo un mal año: “Hubo problemas porque sacaron a Waldemar Victorino y a Washington González. Estos hicieron presión con la gente y la directiva no aguantó. Entonces se tuvieron que ir los técnicos. Llegó Castelnoble, trajo algunos jugadores para sacar gente, jugamos la Liguilla y el equipo fue un desastre. Victorino jugó porque lo querían vender y lo hicieron en US$ 180.000”. 

Molina dijo que en 1988 pasó algo similar: “Volvimos de Japón campeones del mundo en enero, llegó Héctor Núñez que hacía 20 años que no estaba en el país y dijo que los que no habían jugado el año anterior con él tampoco lo iban hacer y los sacó a todos. Había una camada en la Tercera que metía presión: Saralegui, Fonseca, José García”. 

El gesto de Dely Valdés 

En enero de 1989 apareció a practicar Julio Dely Valdés de Argentina. “Volaba, me acuerdo que las prácticas las hizo Escalada porque era amigo de Núñez, y Dely hizo cualquier cantidad de goles. Ninguno de nosotros le jugó fuerte, jugó libremente, no le hicimos boicot y lo tratamos como cualquiera. Después que terminó la carrera, Dely Valdés me invitó un día a su casa en Punta Gorda y me agradeció por como lo habíamos tratado, que éramos campeones del mundo y le abrimos las puertas. Podíamos haberlo matado a patadas, no tocaba una y se hubiese ido a Panamá”. 

Molina tuvo un problema con el técnico Fleitas en 1988 y este no lo tenía en cuenta, pero viajó a Japón al partido con PSV Eindhoven gracias a Hugo De León: “De León se puso firme y dijo que los jugadores íbamos todos y que los dirigentes se pagaran el pasaje si querían ir. Les metió la pesada y fuimos todos. Creo que yo no viajaba. Fleitas dirigió hasta el alargue, dejó una lista de los cinco que tenían que patear los penales y se fue al vestuario. ‘Yo no perdí’, dijo. Entre los jugadores decidimos quién iba pateando y a Revelez lo puse yo para que pateara. Para mi que nací en la tierra de Nacional, lo más grande fue haber gritado campeón del mundo dos veces”. 

Molina en su casa, El rincón del Indio

Tiempos de gloria deportiva, pero no tan redituable económicamente: “¿Sabes cuánto ganamos de premio por salir campeones del Mundo? US$ 8.000. Y el sueldo en 1988 eran unos US$ 3.000. La gente a veces te ve trabajando y te dice ‘sos campeón del mundo y no tenés un mango’. Yo trabajé siempre porque la plata del fútbol era segura, pero nunca te pagaba al día. Si no trabajo quien me va a dar de comer. La gente no entiende”. 
De todas formas, “futbolísticamente estoy lleno por dentro; cuando yo apagaba la velitas en los cumpleaños, el deseo que pedía era salir campeón, no pedía plata ni nada más. Por suerte salí campeón hasta en la bolita”. 

Los roces de su tiempo 

Molina pertenece a una época del fútbol donde decirle al juez “mirá donde me pegó” no era bien visto. Recordó a Fernando Morena, a quien enfrentó en los clásicos, y dijo: “Cuando le pegaban un par de latazos se levantaba el pantaloncito corto y mostraba donde le habían pegado. Dejate de joder, que vas a andar mostrando. Quedaba horrible ir a mostrarle al juez como un gurí chico. Guapo era el que aunque le pegaran seguía para delante y quería más”. 

De esos tiempos rescata a Juan Tejera que jugaba en Sportivo Italiano en la Segunda división como un futbolista duro y a Elio Rodríguez. “Había muchos jugadores fuertes que se hacían sentir, era darse contra una pared. Cada cual defendiendo sus colores y al límite del reglamento y nada de andar quejándose, al contrario, tratabas de levantarte lo más rápido posible. Yo era aguerrido, pero también tenía técnica, si no no podía jugar”. 

Disputó varios clásicos contra Peñarol y hasta marcó un gol en uno de ellos: “Jugué de jas (half) derecho, de jas izquierdo y tenía que marcar a cada nene: Ruben Paz, Venancio Ramos, Pinocho Vargas, no era fácil. Me tocó jugar varios clásicos, algunos se lesionaban, se hacían echar, o no querían jugar. Por suerte me fue bien. También me tocó jugar la Copa Interamericana 1981 contra la Unam de México en Montevideo y marqué al Tuca Ferreti, el brasileño, que hacía todas las jugadas y tiraba los centros a Hugo Sánchez. Allá perdimos 3-1 y acá le íbamos ganando 3-0. Con ese resultado éramos campeones y en la hora nos hicieron un gol bobo porque perdimos una marca. Fuimos a jugar la final en Los Ángeles y perdimos”. 

Se retiró en Basáñez 

Además de Nacional en dos oportunidades, jugó en Rampla, cinco años en Bella Vista, en Quilmes de Argentina, en Sud América y el final de su carrera fue en Basáñez, donde jugó cinco años. “Un cuadro con una hinchada brava. Yo le decía a los muchachos, traten de saltar y correr más que todos, si se caen se levantan rápido y no den una pelota por perdida porque se abrían las puertas del vestuario y te decían ‘a este sacale la camiseta no juega más acá, le pago todo el año pero no juega más’”. 

En Basáñez también fue campeón

A fin de año, cuando tenía que renovar el contrato, le hacía una broma a los presidentes: “Les daba un pedacito de papel, tan chiquito que no entraba ni un número y les pedía tanta plata. ‘No Indio, estás loco’ me contestaban. Bien, entonces apuntá en este papelito la plata que te robé el año pasado porque no rendí. Se mataban de la risa, porque no entraba ni un número”, recordó.

La carrera 
Jugó en Huracán del Paso de la Arena en la divisional Extra. Debutó con 14 años y luego se incorporó a la Sexta división de Nacional. Debutó en el primer equipo tricolor en 1980 y en 1982, tras salir campeón de todo pasó a Rampla Juniors. Luego jugó cinco años en Bella Vista. El equipo papal lo dio a préstamo a Quilmes de Argentina, donde jugó con Pinocho Vargas y Carlos Torales. Continuó en Sud América en la divisional B y en 1988 regresó a Nacional. En 1989 pasó a Basáñez, fue campeón de la Segunda división y en 1994 ascendió a Primera con el equipo de Malvín Norte: “Fuimos primeros hasta la décima fecha con 11 jugadores, porque los demás eran botijas de Cuarta B”, contó el Indio, quien se retiró con 35 años de edad. 
Una cancha y un salón 
Molina está alejado del fútbol y no concurre a los estadios. “Me jubilé con poca plata, tengo una canchita de fútbol 7 y un salón que con la pandemia estuvo parado casi dos años y ahora se empezó a mover. También estuve entrenando a algunos jugadores de inferiores, que los padres quieren que los vea, como si fuera un maestro particular. Les trabajo algunas deficiencias que les veo y eso hice durante este tiempo de pandemia”. 
Nunca lo llamaron de Nacional 
“Desde el año 2000 soy entrenador, pero nunca tuve la oportunidad de trabajar en Nacional. El fútbol en ese sentido es como la política, tenés que ir a los partidos, a la sede, todo un acercamiento por interés. En Nacional te dicen que está bravísimo, que tendría que acercarme, pero yo no soy así. Estaría agradecido y orgulloso si se hubieran acordado de mí, pero si así fuera es lógico que me quedara con una directiva y no esté mas. Sería un abuso que yo estuviera trabajando 20 años por haber salido campeón”, señaló el Indio. 
Amigos del fútbol 
Molina destaca a Santiago Ostolaza y Gustavo Ferrín como compañeros de aquellos años. “Lo máximo como compañero que tuve fue ‘El Vasco’ Ostolaza. Jugué casi 16 años y conocí mil millones de jugadores, estuve en Bella Vista con él, un pedazo de pan. Una de las últimas satisfacciones que me dio el fútbol en los últimos años, es que yo estaba trabajando con un amigo en el montaje de paneles solares en Solís de Mataojo, y fue a mi casa a buscarme para dirigir las inferiores de Bella Vista. La otra persona que vino a mi casa a buscarme para docente de técnica y táctica en la Asociación Uruguaya de Entrenadores fue Gustavo Ferrin”. 

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