27 de julio 2012 - 20:51hs

El drama está servido. El poeta muere en 2005 y deja entre sus pertenencias una serie de escritos. La viuda y los hijos de sus últimas dos esposas deciden ponerlos en custodia de la biblioteca estatal, contra la opinión de los hijos de la primera esposa. El director de la biblioteca estuvo preso junto con uno de los hijos mayores, en épocas de militancia clandestina en un movimiento guerrillero que desafió el orden establecido. Las acusaciones del heredero son muy duras: contra la persona del director, contra la institución que dirige y contra el acto de desatender la voluntad de esa parte de la familia. El director replica que el único interés que lo mueve es el de preservar un acervo que se perdería o se dividiría en manos de una familia enfrentada.

El drama sucede hoy en Montevideo,Uruguay. El poeta es Sarandy Cabrera; su hijo, el litigante, se llama Daymán; la biblioteca es la Biblioteca Nacional, su director es Carlos Liscano y el grupo guerrillero es el Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros.

Sarandy Cabrera fue poseedor de una personalidad avasallante, de un espíritu libertario feroz y de una capacidad de trabajo legendaria. Publicó decenas de volúmenes de poesía y prosa, tradujo innumerables poetas y escritores del francés, inglés, italiano y latín. Manejaba también el sueco y el portugués. Y hasta ofició como arquitecto, aunque no tenía el título, con la firma de un diplomado.

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Cabrera murió en 2005 y dejó una vasta obra publicada y también una obra inédita importante. Además de su labor como autor, traductor y periodista de las legendarias publicaciones Número y Marcha, fue un militante de sus convicciones políticas y sociales y dejó un epistolario muy interesante con figuras destacadas de la intelectualidad de la región, entre las cuales resalta Pablo Neruda. Además, hay ocho cuadernos de un diario personal que escribió hasta poco antes de morir.

Desconfianza

Daymán Cabrera esgrime una serie de razones para rechazar la idea de que la colección de su padre vaya a parar a al Biblioteca Nacional. Para empezar, la desconfianza en la institución y en el Estado en general, y la desconfianza sobre la visión académica, que codificará la obra de su padre según cánones impropios, “como lo ha hecho en vida mi padre”, sostiene.

Daymán también se siente con más derechos que nadie para el cuidado y estudio de la obra de su padre, ya que fue el editor de gran parte de su obra: “Edité los libros de mi padre durante 27 años”. Y esa edición no tenía que ver solo con una curaduría de la obra sino que fue ilustrador y encuadernador de los volúmenes.

Una vez que se consumó la cesión en custodia de las fotos y escritos a la Biblioteca Nacional hace tres meses, Daymán Cabrera redactó una carta abierta, firmada también por los otros tres hijos del primer matrimonio del poeta con Bárbara Sureda, en la que critica con dureza inusual la actitud de Liscano: “La maniobra fue llevada a cabo por el director de la Biblioteca Nacional, Carlos Liscano, en contubernio con tres de los herederos de una nómina de siete, entre quienes se encuentran los Cabrera-Sureda, redactores de esta denuncia, alevosamente desposeídos de sus derechos”.

La carta es un manifiesto contra un Estado “corrupto, voraz y angurriento” y contra su director, quien “piensa que todo se resuelve quedándose con la parte del león en un pleito extra jurídico, porque él es el Estado de derecho, la autoridad que gobierna sobre vida y hacienda de los poetas muertos”.

Daymán también teme que actúe la higiene intelectual en forma de censura: “Va a funcionar la censura, van a publicar lo más inofensivo”, augura.

La tercera esposa de Sarandy, María Inés Capucho, y los dos hijos menores del poeta, Yamandú y Nandy, lo ven de otra manera. Nandy respondió a la carta estableciendo que los bienes fueron puestos en “custodia” de la Biblioteca Nacional con el objetivo de conservarlos en “indivisión” en un lugar “neutral”.

El hijo menor del poeta asegura que “de ningún modo hubo un secuestro ni tampoco una donación ni una cesión de derechos”. Y agrega: “La hostilidad de la que hemos sido víctimas en estos últimos años de parte de mis hermanos mayores, nos llevó a la búsqueda de una solución que contemplara la estadía y permanencia de la obra en un ámbito académico neutral”.

La ilustración de la tapa del libro Poemas zoológicos es autoría de Nandy, a los siete años de edad, en su suecia natal.

El director

Liscano dice que el proceso de custodia de la biblioteca de Sarandy Cabrera es transparente y altamente especializado: “Desde que la doctora Inés Capucho me dijo que buscaba un lugar seguro y neutral donde guardar las cosas, porque la casa se iba a rematar, nos pusimos a trabajar, con la dirección de la responsable de los archivos de la Biblioteca Nacional, Virginia Friedman”.

Se hizo un inventario, que ahora está en proceso de digitalización, y se armaron unas 70 cajas, que serán el objeto de estudio de un investigador asociado, Luis Bravo.

Bravo tendrá la exclusividad en su investigación por un lapso de dos años, pero Liscano aclara que “cualquiera de los herederos podrá revisar la obra en el momento que lo desee previa solicitud a la Biblioteca”. Al cabo del trabajo académico de Bravo, se publicará “si se lo considera apropiado”.

Para Daymán Cabrera eso es poco menos que ponerle una nueva lápida a la tumba de su padre y lo de la autorización previa lo considera un insulto: “Queremos seguir siendo libres y no caer bajo la tutela del Estado”.

Liscano entiende que él está haciendo su trabajo, de la manera más escrupulosa posible: “La biblioteca tiene los archivos de 130 escritores nacionales, con el máximo cuidado por parte de los mejores profesionales. El de Sarandy Cabrera está en custodia. La potestad legal debe ser dilucidada por la Justicia”.

Parte del conflicto tiene que ver con que el interés de Liscano por los escritos de Cabrera es anterior a esta cesión de custodia. En la página web de la Biblioteca Nacional, en un escrito firmado por él y fechado el 23 de diciembre de 2011, admite no haber tenido fortuna con la familia Cabrera en su pretensión de manejar el acervo del poeta.

Liscano dice que eso fue así, pero cuando no hubo éxito, dejó de insistir. “Me olvidé del tema hasta que vinieron a pedirme que la Biblioteca se hiciera cargo, hace tres meses”, afirma.

El director de la Biblioteca Nacional insiste en que en el caso de una sucesión, la custodia del conjunto de los materiales es muy importante y cita como ejemplo el hecho de que el original del Himno Nacional esté en Estados Unidos. También quiebra una lanza por la seriedad de la institución que dirige: “No hay mejor lugar para guardar un acervo de ese tipo, por razones de seguridad, de preservación y de accesibilidad”.

Daymán Cabrera lo pinta con una paleta un poco más oscura: “En sus húmedos depósitos se encuentran archivos de todas las épocas, abandonados y sujetos a robo por el tránsito sin control dentro del recinto”.

El final de la batalla por la herencia del poeta no está escrito, pero continuará, sin dudas.

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