16 de abril 2021 - 21:42hs

Si es cierto que los períodos de crisis pueden ser también momentos de oportunidad, sin lugar a duda los cambios estructurales de la educación deberían estar entre los asuntos centrales de la agenda reformista del país.

El covid-19 afectó a la inmensa mayoría de los sectores de la actividad económica, pero, seguramente, muchos de ellos tendrán la ocasión de mejorar a medida que aumente la inoculación de la población y se empiece a recuperar buena parte de la vida prepandémica.

Pero las consecuencias adversas en la enseñanza –más aun en los niveles de formación básica– se harán sentir más allá de la pandemia. Estamos hablando de deficiencias en conocimientos adquiridos, por dificultades en el cambio brutal en los procesos de aprendizaje que impuso el coronavirus – que no se resolverán así nomás–,y de la profundización de problemáticas preexistentes que agravaron el estado desastroso de una enseñanza archidiagnosticada desde el gobierno de Luis Alberto Lacalle (1990-1995).

Las autoridades tuvieron que poner mucha energía en una gestión de emergencia por una calamidad para la que obviamente no estaban preparadas: organizar y adecuar el sistema educativo a intermitentes clases presenciales y virtuales, en función de la evolución del virus, un reto descomunal que ha involucrado a una comunidad enorme y heterogénea.

Aunque el Plan Ceibal y los cambios en la gobernanza de la educación, aprobados en la LUC, fueron dos armas muy potentes para evitar daños mayores, lo cierto es que la pandemia hizo más visible la crisis de la educación.

Hubo inequidades en la conectividad de los alumnos y dificultades en el acompañamiento a estudiantes que, en los casos más graves, perdieron el vínculo formal con el establecimiento educativo, según reconocieron jerarcas de la ANEP en un conversatorio virtual organizado por el Partido Independiente (PI), el miércoles 14.

Aunque existe un importante desarrollo tecnológico y hubo en los últimos meses un franco aumento de los usuarios de las plataformas virtuales, todavía se está lejos de aprovechar todo su potencial. Un problema adicional, como se planteó en el coloquio del PI, es la ausencia de la tecnología en la formación de los docentes, que, además, arrastran problemas académicos.

La “nueva normalidad” mostró descarnadamente la necesidad de fijar mejor las prioridades de aprendizajes, una carencia que, en parte, se ha podido subsanar en el escenario de la virtualidad. A ello habría que sumar la inviabilidad de un modelo enciclopédico que es imposible en el mundo de hoy.

Ninguna de las problemáticas mencionadas incluye el flagelo curricular, que es tan o más grave, pero de difícil abordaje sin los cambios institucionales en marcha, pues es el plan de estudio, junto a la calidad docente, lo que, en definitiva, coadyuva a una mejora de la calidad de la enseñanza.

En ese sentido, la ANEP tiene en ejecución, en modo experimental en la enseñanza media, los centros educativos María Espínola, que plantean un modelo de enseñanza bien interesante para atacar males largamente diagnosticados.

No obstante, nos preocupan los tiempos de la educación y los antecedentes en torno a las experiencias piloto que, por lo menos en los últimos 30 años, no todos terminan consumándose. Otro desafío a tener en cuenta.

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